Capítulo 19.
Los repentinos crujidos de la madera en rincones insospechados de la cabaña habían llevado a Abi hasta el exterior.
El zumbar de las abejas y los movimientos desconocidos entre los matorrales eran igualmente mortificantes.
El aleteo de un cardenal sobre las ramas de un arce plateado cercano puso la gota final para la serenidad de Abi.
El té derramado en la hierba fue la prueba de su sobresalto y colofón a su descanso bajo el sol.
Llegó a la conclusión de que la cabaña a solas era un lugar hostil para ella cuando la puerta del jardín se atrancó y tuvo que desistir tras varias embestidas y un hombro magullado.
Afortunadamente, el cerrojo de la puerta principal estaba sin echar.
Abi supuso que Kelsey mantenía la confianza en sus vecinos y rara vez utilizaría pestillo.
La vida rural era así de sencilla. ¿Quién iba a molestarse en robar en una cabaña perdida con apenas cosas de valor?
El mismo motivo por el que Kelsey vivía en un lugar remoto y de manera tan simple hacía temblar a Abi.
¿Quién acudiría en su ayuda si quien atacó a Erin venía a por ella?
Sacó la navaja escondida en su mochila y la estudió con detenimiento.
Erin había sobrevivido a la encarcelación de su hermano por sus propios medios contra todo pronóstico.
Debía haber conocido a los clientes habituales que rondaban su casa a cualquier hora del día y la noche.
Una navaja extensible era un arma ideal de autodefensa.
Las fotografías que envió a Daniel por la noche habían sido recibidas, sin embargo, no había respuesta de su parte. Aún tenía tiempo antes de salir de expedición con Kelsey; recogió y se dirigió al pueblo.
* * *
La oficina de correos, convenientemente localizada en el cruce de la calle principal, era una coqueta casa reconvertida a establecimiento público.
La puerta roja sobre la que ondeaba la bandera canadiense se complementaba con una franja roja y azul en el lateral sobre el blanco de los listones de madera.
En el porche dos bancos flanqueaban la entrada.
Uno de ellos ocupado distraídamente por dos chicas jóvenes disfrutando de un helado en pantalón corto, sandalias y tops minúsculos.
Abi desabrochó la chaqueta ligera que llevaba puesta. La temperatura sensiblemente inferior de septiembre era más notable en esta zona de la provincia que en la ciudad. Su falta de adaptación al clima local era otro indicio visible a leguas de que era una intrusa.
La campanilla de la entrada tintineó y, antes de que Abi llegase al puesto de sobres al comienzo del pasillo central de la tienda, una amable voz femenina saludó desde el fondo sin manifestarse. Abi respondió educadamente intentando identificar la ubicación de la empleada de correos.
—¿Puedo ayudarte en algo? —Una mujer de pelo canoso preguntó a su izquierda. Abi dio un respingo y se llevó la mano al pecho— ¡Uy! ¡Perdona, corazón! No pretendía asustarte.
—Gracias —Abi vaciló—. Estaba buscando paquetes pequeños para un envío urgente.
—Allí al fondo, pasando las pegatinas y tarjetas de felicitación —señaló al final del pasillo y se marchó hasta el mostrador.
Esperando a que la mujer le diese la espalda, Abi se hizo con la caja que buscaba y la selló pendiente de ocultar el traspaso de la bolsa zip con la navaja de la mochila. Estaba asegurándose de que el cierre era correcto cuando la campanilla de la entrada sonó.
—¡Buenos días, Doug! Me lo acaban de decir. ¿Vamos a tener que dejar de llamarte ‘sheriff’? —preguntó la dependienta en voz alta.
Abi alzó la vista escondida tras la estantería. El notorio jefe de policía se acercaba al mostrador sorbiendo un café helado con sonoridad y una cadencia altamente irritante.
—Ya queda menos, Maude —sorbió nuevamente—. Pero por lo que más quieras, si os oigo decirme “super” me encargaré de que remolquen vuestro coche en cuanto piséis mi jurisdicción.
Maude se rio brevemente mientras situaba su correspondencia sobre el mostrador. Abi trataba de hacer funcionar el bolígrafo que llevaba en vano, solo había conseguido escribir el nombre de Daniel Park. Se acercó hasta ella para tomar uno prestado.
—Esta señorita debe ser la turista que se aventura sola por los bosques —el Sheriff se dirigió a Abi.
—Señora —respondió abruptamente—. Supongo que las noticias viajan con celeridad en una población pequeña. ¿Cómo lo supo?
—Disculpe, señora. Como bien ha dicho, las noticias llegan rápido.
Sobre todo, cuando una forastera ocupa una radiofrecuencia durante toda una hora para que la guardabosques la saque de allí para meterla en la cabaña de su madre —Abi se puso rígida y Doug continuó con una falsa sonrisa—.
Me pregunto qué pensaría la pobre Patty de tener desconocidas hurgando entre sus cosas.
—Patty Harvey era un amor, ¡no le hagas caso! —Maude intervino— Kelsey ha heredado la generosidad de su madre y el aire ermitaño de su padre. Un poco de compañía le viene fenomenal.
Abi estaba clavada en el extremo del mostrador, con un nuevo bolígrafo en mano y sin atreverse a escribir y desvelar el temblor en su mano. En dos frases el jefe de policía había descrito sus últimos movimientos de una siniestra forma.
Aprovechó que el hombre firmaba sus recibos de entrega para estudiarlo.
Estaba concentrado en delinear cada letra con sumo esfuerzo, con la otra muñeca sujetaba el papel.
Una venda rodeaba la palma de la mano. Era evidente que estaba escribiendo con su mano no dominante.
Entregó de vuelta el bolígrafo y Abi rápidamente disimuló escribiendo la dirección personal de Daniel en lugar de comisaría.
Primero debía convencerle de investigar oficialmente el arma.
Además, se ahorraría levantar sospechas.
Había prometido mantener un perfil bajo.
El Sheriff recogió su correo y miró fijamente a Abi.
—¿Sabe una cosa, señora…?
—Sood —respondió Abi.
—Señora Sood, la zona al sur de la Reserva es tan peligrosa que hasta los nativos prefieren evitarla. Una excursionista inexperta no debería andar por ahí sola.
Abi dudaba entre interpretarlo como una advertencia o una amenaza velada. Su mente reaccionó más rápido que ella.
—Lo tendré en cuenta, gracias. Sin embargo, quizá debería saber que en mi paseo me encontré con un cazador y, según tengo entendido, la temporada de caza aún no ha comenzado. Es posible que sea furtivo. Entiendo que le gustará saber ese tipo de cosas en su línea de trabajo.
—¿Vio si había cazado alguna presa? —Abi negó con la cabeza— ¿Disparó en algún momento?
—Abi negó de nuevo— Debe saber que fuera de la ciudad es común que haya decentes ciudadanos que poseen armas de fuego y las llevan como protección.
La zona al este del lago Manitowabi es famosa por sus animales salvajes.
Probablemente ese hombre le hizo un favor.
Doug dio la conversación por terminada, se despidió y salió empujando la puerta con el hombro cargando con su correspondencia. Maude se aclaró la garganta y Abi le pasó el paquete.
—Quieres enviarlo urgente, ¿no es así? —Abi asintió— ¿Necesitas algo más? ¿Una postal del condado? Las de la torre de vigilancia son muy populares.
—No, gracias, eso es todo.
Con la transacción efectuada, Maude reparó en el envase de café vacío sobre el mostrador.
—¡Qué desastre de hombre! ¿Te importa tirarlo en la papelera de fuera, corazón?
—Sin problema.
Abi se detuvo en uno de los bancos del exterior estudiando la bebida, con particular interés en la pajita mordisqueada. En un impulso repentino, Abi extrajo una bolsa zip de la mochila y, cuidadosamente, guardó la pajita.
—¡Perdone! Se me ha olvidado añadir una cosa a mi envío —exclamó dirigiéndose a por los sobres al atravesar la puerta de nuevo.
* * *
Caminando bajo el sol, finalmente en manga corta, Abi consiguió recepción en su teléfono.
Era la única transeúnte que se atrevía a continuar por la precaria acera más allá del instituto.
El excesivo bullicio a la entrada principal llamó su atención.
Además de adolescentes ansiosos por disfrutar del descanso entre clases, muchos adultos conversaban en la puerta y el aparcamiento.
El tono de la llamada se cortó y Daniel respondió alterado.
—¡Abi, al fin! ¿Cómo te encuentras? Deberías mandar algún tipo de explicación antes de desaparecer. ¿Qué haces con una navaja cubierta de sangre?
—A decir verdad, ya no está en mi posesión —escuchó a Daniel a punto de protestar—. Debe llegar a tu casa en un par de días.
—¿A mi casa? ¿Por qué?
—Nadie iba a comprender en comisaría de qué se trata. Con la navaja tendrás pruebas de que Erin está en peligro.
—Hasta ahora son todo suposiciones tuyas, Abi. El arma puede pertenecer a cualquiera. La sangre podría ser animal.
Abi se apoyó contra un árbol, manteniendo la mirada en el instituto reconoció la melena inconfundible y el uniforme de Kelsey, que se alejaba hacia su camioneta cuando un hombre alto la interceptó.
—Precisamente es un test rápido que puedes realizar en comisaría, Daniel. Si la sangre es de origen animal, aún podría pertenecer a Erin. Quizá se defendió de algún lobo…
—No hay lobos en esa zona, Abi. Sería un caso muy excepcional.
—Coyotes. Un oso. No sabemos en qué condiciones pudo estar en ese momento.
—¿Por qué crees que pertenece a esa chica? ¿Llegaste hasta las coordenadas?
—No, Daniel. Tuve que desviarme antes de alcanzarlo.
Pero la navaja estaba justo en el trayecto.
El punto que señalan está más alejado de lo que pensaba.
Voy a ir en travesía. Estaré fuera… —Kelsey hablaba con el gesto serio y brazos cruzados.
Su acompañante indicó hacia un SUV en el aparcamiento.
Al girarse, Abi reconoció al hombre del rifle— ...
un par de días. Tengo que dejarte, Daniel.
—¿Ya? Abi, cuéntame algo más. No me has dado mucho para redactar la denuncia.
Kelsey y el cazador llegaron hasta el vehículo. El hombre realizó una breve llamada de teléfono desde el interior mientras la guardabosques se alejaba y, al colgar, se puso en marcha. Abi siguió el todoterreno a pie.
—Una cosa más, Daniel. Te he enviado un segundo sobre. Podría encajar con el ADN de la sangre. Entrégaselo a Leonard en el laboratorio, él lo pondrá a buen recaudo.
—¡Abi! —Daniel exclamó antes de que Abi terminase la llamada.
Afortunadamente, el SUV mantuvo poca velocidad e hizo una parada familiar para Abi.
Al girar a la derecha, el vehículo aparcó en el taller de los Campbell.
Abi aligeró el paso hasta situarse frente a la entrada.
El hombre accedió a la oficina. Abi sacó su teléfono para tomar una fotografía cuando una llamada entrante vibró.
—No es un buen momento, Lavindeep.
—¡Contigo nunca lo es! No puedo contener a mamá con mensajes que parecen sacados de telegramas de la guerra. ‘Sigo viva’ deja mucho que desear, aunque te parezca lo contrario —le reprochaba su hermana al otro lado.
La puerta de la oficina se abrió repentinamente.
Abi se encontraba en la línea frontal de visión.
Miró a su alrededor y se metió en el establecimiento detrás de ella.
La tienda de licores disponía de un gran ventanal.
Atravesó hasta situarse tras la estantería de bebidas espirituosas con la mejor visibilidad para vigilar el taller.
—Es lo mejor que puedo darte.
—¿En serio? Y qué tal un poco de información sobre cómo te va, qué estás haciendo, si te gusta acampar, si estás descansando en tus vacaciones…
—Todo es estupendo, Lavin. ¿Ves? Ya tienes todo lo que necesitas.
El cazador gesticulaba mientras hablaba con otra persona, tapada por una torre de neumáticos.
—Bey bey —su hermana suplicó—, ¿cómo estás realmente? No has mencionado ni una palabra sobre…
—¿Candace? ¿El divorcio? ¿Por qué iba a hacerlo? ¿No es eso indicativo de que lo estoy superando?
—¡No necesariamente!
—Tenemos un ron local de oferta, aunque yo recomendaría el whisky de la destilería de Trenton —una joven dijo a su lado.
Abi se giró hacia ella. La dependienta señalaba hacia una botella a su derecha. Lavindeep continuaba hablando en el móvil y el cazador se montaba en su coche.
—Gracias por la recomendación. Supongo que a Kelsey le gustará —murmuró Abi.
—¿Kelsey Harvey? ¿Key? —La chica preguntó con demasiada excitación.
—La guardabosques, sí —de reojo comprobó que el SUV había desaparecido.
—No te preocupes, es una de sus bebidas favoritas —aseguró Christine con una amplia sonrisa.
—Genial —Abi trató de imitar su sonrisa inútilmente.
El rugido de motores hizo temblar el cristal del escaparate de la tienda. Dos quads salieron del taller y tomaron rumbo al norte. Abi llegó demasiado tarde a la calle para tomar la foto.
—Abi, ¿estás escuchando algo de lo que he dicho? ¿Quién es Kelsey? —La voz de su hermana preguntaba.
—Lo siento, Lavindeep. Tengo que terminar los preparativos. Me voy de acampada un par de días. Te escribiré a la vuelta.