La cacería de las bestias salvajes Capítulo 17.
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Capítulo 17.

El sabor ahumado del bourbon quemaba ligeramente la garganta.

Abi apreció los tintes de roble y nueces de la bebida mientras se recreaba en su vaso sentada sobre sus piernas frente al fuego en una silla Muskoka.

La luna asomaba sobre la copa de los árboles y la brisa se filtraba desde el arroyo en una noche lo suficientemente fresca para agradecer el confort de la hoguera.

Kelsey avivó las llamas y rellenó el vaso de Abi antes de tomar asiento a su lado.

—Soy consciente de que he descargado demasiada información —Abi mencionó mirando al fuego—. No me lo tomaré como algo personal si no me crees. A fin de cuentas, mi mejor amigo piensa que estoy siguiendo una estela de humo con tal de no afrontar mi… crisis sentimental.

Tras la deseada ducha y cena para reponer fuerzas, le había contado a Kelsey sus pasos hasta Beaumont.

Desde la desaparición de Erin y sus sospechas sobre el posible responsable hasta el encuentro con el cazador furtivo.

Incluyó aquellos detalles relevantes para continuar la búsqueda, pero omitió la única pista que había conseguido.

La navaja debía permanecer en secreto hasta poder enviarla y consultar los resultados del análisis.

Kelsey había escuchado pacientemente cada detalle, realizando preguntas precisas y cortas sin juzgar las acciones de Abi y así habían llegado hasta este momento.

—Esa chica podría haberse perdido en el Parque —comentó Kelsey—. Es fácil desorientarse si no conoces el terreno. Coincido en que tenemos que llegar hasta esas coordenadas. Desde allí deberíamos poder encontrar su rastro.

Abi la miró brevemente hasta desviar sus ojos a la manga de su jersey, que estiraba entre los dedos.

—Gracias por tu apoyo. Es un principio. Y es más de lo que puedo pedirte. Lo entiendo, debes pensar que son delirios y alucinaciones. Puedo prometerte que no hay historial de esquizofrenia paranoide en mi familia —se rio con ironía y añadió en voz baja— que yo sepa.

—Es una locura, pero no creo que hayas perdido el norte por querer encontrarla, Abi. Quizá el motivo sea un tanto extravagante. Lo siento, pero no me imagino a nadie en el pueblo comiendo carne humana. Beaumont ya tiene suficiente con el Wendigo.

—Tú no crees en la leyenda —enunció sin preguntar. Se volvió hacia Kelsey y comprobó que tenía la vista puesta en el fuego.

—Yo he visto la maldad a la que pueden llegar los seres humanos. No necesito monstruos fantásticos en mis pesadillas —el tono de su voz era más grave y sobrio de cómo había sonado hasta ese momento.

Abi quedó en silencio, escuchando el crepitar de la leña.

Kelsey continuaba pendiente de las llamas, absorta en sus pensamientos y con el ceño arrugado.

Abi apreció su perfil iluminado con el fuego.

Inesperadamente, Kelsey giró la cabeza hacia ella y la pilló observándola. No dijo nada, solo sonrió levemente.

—Hace dos años un detective del departamento, Burke Donovan, investigaba las comunicaciones de un importante empresario —soltó Abi—.

Su exmujer se había esfumado. Antifraude pensaba que era una maniobra para cobrar el seguro de fallecimiento.

Sin embargo, Burke sospechó que había algo más.

Así que mientras vigilaban sus movimientos bancarios, él consiguió una orden para confiscar su ordenador y discos duros.

He de decir que sus métodos no eran muy ortodoxos, pero consiguió su objetivo.

—¿Y qué encontró?

—Nada. Sus correos eran relativos al trabajo, sin nada especial o ilegal que señalar. Igual de limpios estaban sus archivos, los actuales y los eliminados. No había nada incriminatorio.

—¿Entonces?

—Eso fue lo que le llamó la atención. La ausencia de cualquier contenido personal. Ni una foto, ni un mensaje intrascendente. ¿Qué trabajador mantiene un ordenador inmaculado? Más aún cuando era el propio dueño de la empresa.

—Ninguno. Te sorprendería saber lo que he llegado a ver en el ordenador de recepción…

—Exactamente. Por suerte el historial y los logs de navegación dieron con un giro inesperado.

Nuestro sospechoso era miembro de un foro en el submundo de Internet en el que se hacía apología del canibalismo.

Burke encontró conversaciones privadas con otros miembros sobre abastecimiento de materias primas.

Su intuición ató cabos e intentó demostrar que el empresario había utilizado a los caníbales para deshacerse de su mujer.

El caso reventó en las manos del detective cuando instigó al sospechoso para confesar.

Los abogados salieron a su defensa en manada y presentaron una captura del circuito cerrado de un banco de la supuesta esposa que la situaba en una isla del Caribe el día anterior.

Burke fue forzado a dimitir cuando lo acusaron de abuso policial e intimidaciones y todo acabó en la prensa como una gran broma por la que la policía había caído.

Sin embargo, hubo interrogantes que nunca se llegaron a aclarar —Kelsey aguardó en silencio a que Abi terminase su bebida y prosiguiese—.

¿Por qué había una transacción con su tarjeta de crédito en la gasolinera más cercana a Beaumont?

¿A qué hacía referencia la anotación “festín” en su agenda ese fin de semana y con quién se vio el empresario en el motel?

Abi le otorgó un tiempo prudencial para sopesar la información antes de continuar.

—Lo que yo recuerdo de aquellos mensajes e hizo saltar las alarmas cuando Leslie me describió la desaparición de Erin fueron varias palabras.

El seudónimo de uno de los ‘chefs’ con los que el sospechoso se comunicaba hacía referencia a Beaumont y entre sus decenas de conversaciones, una en concreto hacía mención a una cabaña apartada en la que nadie escuchaba los gritos de la matanza.

Otro de esos mensajes decía que las puercas jovencitas tenían mucho mejor sabor que los marranos, que solo servían para alimentar a sus perros.

—Joder… No quiero imaginarme lo que tuvisteis que leer en esas páginas.

—Creo que la excesiva exposición a ese contenido fue uno de los detonantes de la agresividad de Burke. Pero…

—Crees que estaba en el camino correcto.

Abi asintió.

—No puede ser casualidad que atrajeran a Erin hasta aquí con una serie de engaños, Key. En comisaría me dijeron que es habitual que mujeres jóvenes desaparezcan por la zona. ¿Por qué nadie lo investiga?

—Porque no te creerán. Culparán a sus situaciones económicas y familiares o simplemente lo tomarán como la típica escapada de una adolescente que solo busca llamar la atención.

Nadie en Beaumont va a buscar a una chica desaparecida que a nadie le importa.

Créeme —apretó la mandíbula y desvió la mirada hacia la hoguera.

—A mí me importa. A su novia le importa. Erin no merece ser un número más de una estadística.

Su indignación cubrió de amargor el último sorbo de bourbon. Kelsey la miró con remordimiento al comprobar su rostro endurecido y desafiante.

—No quería decir que Erin no importase. No es…

De verdad, no era mi intención. Sé lo difícil que es que no te crean.

Cómo te consume el que desestimen tus suplicas de que la busquen.

La rabia que surge dentro de ti cuando solo piensas en gritarles a la cara que está ahí fuera, que sabes que algo no va bien y que necesita ayuda.

El desconsuelo que mezcla las lágrimas de impotencia con las de dolor —sus ojos brillaban acuosos—. Sé qué se siente, Abi.

Kelsey eludió su mirada, inhaló y se restregó los ojos con el dorso de la mano.

Abi la observó sobrecogida por la revelación entre líneas de un suceso demasiado personal para compartir en la ligera y singular familiaridad entre ellas.

Prefirió recoger la mano que había extendido para reconfortarla y reprimir su curiosidad manteniendo la boca cerrada.

El leño superior cayó hasta las brasas al perder la base entre las llamas amenazando con extender el fuego hasta las zapatillas de Abi. Kelsey se inclinó rápidamente en su asiento para reposicionar la madera de nuevo en el centro con ayuda del atizador.

—A riesgo de sonar como un disco rayado —comentó Abi—. Gracias por haber ido a por mí hoy. No sé qué habría sido de mí si no llegas a intervenir.

—Es mejor que no pensemos en eso —esbozó una débil sonrisa—. La descripción de ese hombre es demasiado general para saber de quién se trata, pero daremos con él. Tratar con cazadores furtivos es muy delicado. Es posible que simplemente tuviese miedo a que pudieses denunciarlo.

—Podría ser —dijo Abi sin convicción—. De todas formas, no estoy solo agradecida por eso. Tus historias amenizaban el camino y me hicieron olvidar el cansancio y la sed que sentía.

—No hay de qué. Aunque no era el motivo por el que lo hice.

—¿No? ¿Por qué lo hiciste en ese caso? Pensaba que era una técnica profesional para reducir la ansiedad.

—Me alegro de que ese fuese el efecto secundario—se rio ante la sorpresa de Abi—.

Te adentraste sola en el bosque sin avisar de tu itinerario ni preguntar sobre las recomendaciones.

Di por hecho que no llevabas cascabeles ni ningún otro elemento que hiciese ruido.

Tenía que mantener ruido suficiente para alertar de tu presencia al oso que frecuenta esa zona.

—¡No puede ser! ¿Es eso cierto? —El rostro de Abi viajaba entre el estupor y el terror con gran velocidad. Kelsey la contempló entretenida.

—Está claro que eres una chica de ciudad que necesita de guía y protección en el bosque. No voy a permitir que vayas sola hasta las últimas coordenadas de Erin. Iré contigo. Además, para llegar necesitamos al menos una noche de travesía. Dos, si no mantienes el ritmo.

—¿Qué hay de tu trabajo? No me sentiría cómoda obligándote a tomar unos días por mí.

—Abi, el Parque es mi trabajo. Si Erin está ahí es mi responsabilidad. Si alguien está cazando ilegalmente, debo actuar. Voy a ir contigo.

—¿Y tus planes? Tu cita podría reaparecer… —Abi trató de morderse la lengua tras soltarlo.

Kelsey la miró extrañada hasta que recordó qué cita se había cancelado. Su mente había borrado el recuerdo de June con excesiva facilidad.

—Prefiero pasar el tiempo contigo.

Abi estudió qué decir ante eso, pero el sonido del teléfono de Kelsey irrumpió con ferocidad. Kelsey se levantó y, con un gesto de disculpa, se adentró en la casa para responder.

—¿Has recibido mi mensaje? —preguntó mirando hacia la hoguera, comprobando que Abi no podía escucharla y cerrando la puerta.

—¿Estás segura de que era su coche?

—Un Dodge rojo parado en un antiguo acceso al Parque. Nadie conduce ese tipo de coches fuera de la ciudad, Daniel. Lo sabes tan bien como yo.

El detective suspiró al otro lado del teléfono.

—¿Has comprobado el teléfono de la placa de Nick? —continuó Kelsey.

—Sí, es su número… Sigue desconectado.

—Entonces es algo bueno, ¿no? Puedes hacer la investigación oficial y enviar un equipo

—No es nada bueno, Rubi. Tengo un perro y un vehículo abandonados, lo que no constituyen indicios de delito. Y el coche ya fue retirado. Las piezas pueden estar repartidas por decenas de desguaces.

—¿Por qué te resistes tanto a la posibilidad de que Abi tenga razón y esa chica esté aquí? —Alzó la voz con frustración y miró por la ventana preocupada.

—Porque si es cierto la he puesto en bandeja como siguiente primer plato para esos psicópatas y no puedo hacer nada al respecto.

—No me creo que no puedas hacer nada.

—Yo… Voy a hacer todo lo que pueda, Rubi. De momento, mantenla al margen y avísame si encontráis algo más.

—Hay una cosa más… Creo que sé quién es la persona que Abi encontró en el bosque. Voy a mandarte sus datos, por si encuentras algo de información relevante.

—Del uno al diez, ¿cómo de mala podría ser la situación si está involucrado?

—Once.

Daniel suspiró resignado.

—Está bien. Dejemos esto entre nosotros mientras no tengamos nada más. Ni una palabra a Abi.

—Daniel, no me pidas que le mienta…

—Abi es una civil sin experiencia. Da igual que trabaje en comisaría, prefiero que no esté relacionándose con gente peligrosa ni interviniendo en un caso que podría terminar en su contra.

Kelsey gruñó en silencio. Al otro lado del teléfono su hermano se acercó hasta Daniel.

«¿Estás hablando con Rubi? ¡Pregúntale si ya sabe la hora a la que va a llegar el viernes!»

—¿Has oído eso? —inquirió el detective.

—Dile que tengo que posponer la visita. Me quedaré con Abi.

—¡Gracias! Prometo compensarte por ello —dijo en voz baja.

—Eso dices, Daniel, pero la deuda se va amontonando…

Se apoyó en el marco de la puerta tras guardar el móvil, mirando hacia la hoguera.

Abi continuaba en la silla, de espaldas a la casa.

Se atusó el pelo antes de salir y, al poner el pie en el porche, percibió una sombra serpenteando hacia la hoguera.

Avanzó cuidadosamente hasta reconocer la amenaza.

Abi escuchó sus pasos y se irguió en su asiento.

—Abi, no te muevas —anunció con seriedad.

Un escalofrío recorrió la espalda de Abi y se volvió dando un respingo hacia el frente.

—¿Qué ocurre, Key?

—Por lo que más quieras, no hagas ningún movimiento.

El miedo iba apresando los músculos de Abi con cada paso de Kelsey. Con el cuello agarrotado miró por el rabillo del ojo sin comprender el extraño comportamiento de su anfitriona.

—Me estás asustando. ¿Qué está pasando?

Un haz de luz proyectó su sombra en la hierba y, a un metro de distancia, una mofeta dio un par de vueltas y huyó entre los setos. Kelsey mantuvo la linterna del móvil apuntada al animal hasta que desapareció entre la maleza.

—Si la hubieses asustado habrías pasado la noche aquí fuera —comentó entre risas—. La peste de una mofeta se queda en todo lo que toca.

—Me has asustado, pensaba que…

—¿El Wendigo venía por ti?

«Me había equivocado al descartarte como sospechosa», respondió mentalmente.

Kelsey se paró a su lado y le ofreció una mano.

—Vamos, es hora de descansar.

Abi tomó su mano con timidez y la siguió hasta el interior de la casa, insegura sobre las expectativas de Kelsey y lo que pudiese ocurrir entre ellas.

Era el único tema de conversación que ambas habían evitado.

Cuando atravesaba hacia la habitación divisó las mantas sobre el sofá.

Kelsey reconoció la pregunta patente en su rostro.

—He preparado el cuarto para ti…

El intercambio de miradas fue vacilante y silencioso.

Esperaron que la otra hablase para romper la incómoda tensión y resolver la incertidumbre que flotaba en el ambiente.

Abi centró su atención en el logo desvanecido de la sudadera de Kelsey, inconscientemente recorriendo con el dedo el lugar en el que la alianza debía estar.

Kelsey aguardó buscando sus ojos en vano.

Sus respiraciones llenaban el vacío que se incrementaba entre las dos.

—¡Buenas noches, Key! —Se despidió Abi en voz baja.

Kelsey asintió clavada en el mismo sitio forzando la sonrisa hasta que Abi cerró la puerta de la habitación.