La cacería de las bestias salvajes Capítulo 16.
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Capítulo 16.

La brújula del teléfono móvil giraba demasiado rápido para ofrecer fiabilidad.

Abi extendió el mapa del Parque en el suelo tratando de reconocer la ruta hasta las últimas coordenadas de Erin.

En la cabaña había marcado con entusiasmo el área en el que debía buscar con un círculo de rotulador rojo.

Las distancias habían parecido considerablemente más asequibles sobre el papel.

Había recorrido unos cientos de metros desde la carretera por un antiguo sendero y apenas se había acercado a su objetivo.

La grava del camino junto al arcén de la carretera había dado paso a un tramo de tierra despejada entre los árboles en un breve respiro.

La maleza había reclamado el sendero difuminando su silueta hacia el espesor del bosque.

Los rayos de luz atravesaban las copas de los árboles a duras penas para convertirse en frágiles hilos.

La temperatura también descendía al avanzar, el rocío humedecía el ambiente, calando inadvertidamente los huesos.

Abi subió la cremallera de la sudadera que había tomado prestada de Kelsey y comprobó la ruta una vez más.

El sendero del Asiginaak o pájaro negro debía acercarse hasta el Lago Manitouwabi para continuar por el norte hacia la frontera con la Reserva. Al menos eso indicaba el plano.

Al comenzar el camino encontró un poste tumbado entre la maleza en el que supuso habría colgado en su día el cartel de inicio. Fue el único indicativo de que la senda comenzaba en ese lugar hasta que divisó las huellas de vehículos todoterreno que se perdieron entre el follaje.

Miró a su alrededor en busca de alguna señal para corroborar que avanzaba en la dirección correcta. La espesa vegetación y los árboles caídos dificultaban la visión y el paso. Su suspiro de frustración se extendió en la quietud del paisaje.

Abi tenía ciertas expectativas al aventurarse al bosque, y el inesperado silencio no estaba entre ellas.

Los momentos en los que se detenía y el crujido de pequeñas ramas a sus pies u hojas rozando su mochila cesaban, una calma artificial la rodeaba.

A pesar de sus agujetas, fruto de su ajetreada noche, había avanzado sin descansar hasta ese instante con tal de evitar esa exasperante apacibilidad de la naturaleza.

Probó la resistencia de un tronco caído y se sentó sobre él, la aguja digital dejaba el norte a su derecha.

Sacó su botella de agua y bebió con moderación.

El tapón se le escurrió de las manos antes de cerrarla.

Abi se agachó a por él gruñendo por la protesta de sus músculos al movimiento.

Apoyada en la parte inferior del tronco consiguió recuperarlo y colocarlo en su sitio.

La mano sobre la madera estaba pegajosa, Abi se restregó en el pantalón para deshacerse de la sustancia y se irguió para comprobar si la resina se había adherido a su ropa.

La sustancia parduzca había goteado sobre la madera, sin embargo, fueron las salpicaduras rojizas sobre las hojas del naciente roble a su lado las que llamaron su atención.

De cuclillas, inspeccionó la maleza alumbrando con la linterna del móvil hasta dar la vuelta completa al tronco.

Allí la mancha tenía mayor extensión. Alzó la vista y observó un orificio astillado recientemente en la madera.

Dirigió el haz de luz entre las raíces y la hojarasca y algo devolvió el brillo de vuelta.

Despejó la zona con un palo y halló el objeto culpable del reflejo: una navaja.

Abi reaccionó diligentemente, tomó varias fotografías y sacó una moneda de dólar para comparar el tamaño.

La cobertura era nula así que tendría que esperar a salir del bosque para enviárselas a Daniel.

Devoró su sándwich de mantequilla de cacahuete en tres rápidos bocados y capturó la navaja en la bolsa zip.

Estudiándola de cerca, tanto la hoja como la empuñadura tenían manchas de sangre.

La ausencia de óxido era buena señal, debía llevar poco tiempo a la intemperie.

Si pertenecía a Erin habría restos de ADN para el laboratorio de criminalística, aunque si había hecho uso del cuchillo su porvenir no era nada halagüeño. ¿A quién o qué pertenecía esa sangre?

Abi continuó rastreando el suelo aumentando el radio de batida hasta darse por vencida. Reorganizó sus prioridades y se dirigió hacia el punto marcado en el mapa. Si Erin necesitaba ayuda debía llegar a ella cuanto antes.

* * *

Un ligero rumor se colaba con la brisa entre los árboles.

La densidad del bosque se resquebrajaba frente a Abi.

Según el mapa, el lago debía estar cerca.

La quietud antinatural que la había acompañado en su camino se quebró en un instante.

El crujido seco de una rama tras el roble en el que descansaba la sobresaltó.

Un sonido amortiguado sobre la tierra le siguió. Un leve gruñido rasgó el silencio.

Abi estudió el paisaje ante ella vertiginosamente.

Tras un pequeño montículo rocoso había matorrales lo suficientemente densos y altos para ocultarla.

Agarró una piedra del suelo y la lanzó en dirección contraria.

Las ramas se doblaron bajo presión tras el impacto.

Abi contó hasta tres mentalmente y se lanzó hacia la elevación hasta ocultarse entre los arbustos y la roca de la otra cara.

Controlando la respiración, aguardó apretando las rodillas contra el pecho y cubriéndose la cabeza con los brazos.

Cubierta de sudor y agotada, reanudó su camino con vacilación, estudiando cada pisada para evitar delatar su posición.

El frescor de la mañana se había disipado y la sudadera ofrecía una protección antimosquitos a costa de su deshidratación.

Agotó el agua restante con avidez. Sus cálculos para el trayecto habían fallado, pero compensaría cuando volviese a la civilización y pudiese darse una ducha en casa de Kelsey.

Con Kelsey quizá. Su reconfortante olor en la sudadera había sido reemplazado por otro significativamente peor.

Una ráfaga de viento se levantó y Abi se giró para refrescarse la cara.

No obstante, al inhalar, un intenso hedor taponó su nariz.

Conteniendo una arcada, Abi se cubrió con una manga y se aproximó lentamente hacia la fuente de la podredumbre entre los arbustos.

El ambiente fétido se incrementaba exponencialmente al acercarse al claro en la maleza expuesto al sol.

La sangre sobre la piedra fue lo primero que Abi percibió.

La angustia se apoderó de ella y se abrió camino a toda prisa entre los matorrales hasta llegar al bulto sanguinolento que sobresalía entre la vegetación.

Su pie se enganchó en una raíz y trastabilló hasta caer a un palmo del cuerpo en descomposición.

Abi gritó. Las moscas revolotearon agitadas.

Sus manos salpicaron un charco aún fresco de sangre y entrañas.

La cuenca vacía del ojo del cervatillo la miraba con una mueca.

Abi reptó entre los arbustos hasta alejarse del cadáver del animal.

Al levantarse y darse media vuelta encontró un rifle apuntándola a la cara.

Se quedó paralizada y siguió el cañón con la mirada, levantando los brazos en señal de rendición hasta ver al responsable.

El viejo activó el seguro y bajó el arma.

La estudió unos instantes antes de hablar.

—¿Qué haces por aquí? —inquirió con sequedad.

—Estaba haciendo una ruta y no he encontrado las señales del sendero —una media verdad sería más convincente que una mentira en esos momentos, consideró Abi.

—¿No sabes que esta zona es peligrosa?

—¿Peligrosa? No tenía ni idea. Supongo que mi mapa es demasiado antiguo y no tiene ese tipo de información…

—¿Estás sola?

Era una simple pregunta efectuada en el mismo tono que las demás. No obstante, un escalofrío recorrió su cuerpo al darse cuenta de que era una mujer a solas con un desconocido armado en medio del bosque sin que nadie conociese su paradero. El miedo fue corrompiendo su seguridad sigilosamente.

—Por ahora. Me he adelantado a mis amigos —comentó con la confianza que logró aunar.

El extraño valoró su respuesta con recelo. Por el rabillo del ojo miró detrás de Abi y esta percibió su desvío de atención. Una pisada desveló movimientos entre la vegetación. Los latidos acelerados de su corazón martillearon su oído.

—¡Ya deben estar preguntándose qué estoy haciendo! ​​Cuando les cuente lo patosa que he sido se van a reír de mí —soltó Abi abruptamente—. Gracias por el aviso. Me aseguraré de notificarlo a los demás —se giró para emprender la vuelta.

—¡Espera! ¡No es por ahí! —exclamó el hombre poniéndose en su camino— Pode… Puedo acompañarte hasta la carretera.

—No es necesario, muy amable —forzó la sonrisa.

—Insisto —dio un paso hacia ella.

Abi trató de comprobar si acababa de quitar el seguro del rifle, pero su vista no alcanzaba. Las ramas tras ella se revolvían. El desconocido apretó la empuñadura.

«¡Abi! ¿Estás ahí? ¡Contesta! Estoy llegando a ti. Cambio.» El sonido del walkie-talkie irrumpió la tensión entre ellos. Abi extrajo rápidamente el transmisor y presionó para responder con la mirada clavada en su inquietante acompañante.

—Estoy bien, guardabosques. Esperando tu llegada con… —inquirió el nombre del desconocido con un gesto.

—Un vecino preocupado.

—... un amable lugareño. ¿Cuál es tu estimación de llegada? Cambio.

—Cuarenta minutos. Cambio.

Demasiado tiempo.

—Escucha, Key. Me he quedado sin agua y estoy muerta de sed. Voy a ir a tu encuentro. ¿Me copias?

—Copio. Me estoy aproximando desde el este. Si ves el risco que asoma, está justo a mitad de camino —hubo una pausa—. Abi, ¿cuánta batería tiene el walkie ? Cambio.

Abi tragó despacio temerosa de comprobar el porcentaje. Respiró aliviada al verlo. De reojo, vigilaba al desconocido.

—Ochenta y tres por ciento, ¿por? Cambio.

—Mantén la línea abierta y ve respondiéndome —Abi sonrió con alivio—. Voy a contarte una historia para amenizar el camino. Cambio.

—Recibido.