Capítulo 12.
El reflejo del sol entre los árboles comenzaba a deslumbrar y recalentar el salpicadero.
Abi redujo la marcha y abrió la guantera con la punta de los dedos antes de llegar al cambio de rasante.
Miró de reojo y localizó las gafas de sol.
Se inclinó a por ellas, pero estaban un poco más lejos de lo que había calculado.
Devolvió la vista a la carretera que seguía solitaria e inalterable.
Se acercó arrastrándose en el asiento y lo intentó de nuevo.
La yema de los dedos tocaba ligeramente la patilla de las gafas.
El volante viró un tanto a la derecha. Abi agarró las gafas en el momento en el que el neumático rechinó en la grava y superó un bache.
Abi recuperó el control y tras mirar por el espejo retrovisor, frenó inmediatamente en el arcén.
Una ardilla yacía en el borde de la carretera, aquellos restos de pelaje que habían soportado la presión del vehículo.
Abi forcejeó contra la arcada en su garganta que amenazaba con recuperar las galletas que le habían servido de desayuno.
Desvió la vista hacia el frente y reanudó la marcha.
No volvió a perder de vista las líneas de carretera.
Con las manos en tensión sobre el volante llegó hasta el cruce del pueblo.
El autobús giraba invadiendo su carril y ocultando las luces del semáforo.
Abi trató de leer el cartel con las direcciones y aprovechó la cobertura del bus para realizar su giro hacia la calle principal.
Según la aguja del depósito disponía de varios litros, sin embargo, la luz de reserva había aparecido tras encender el motor.
Continuó atravesando el pueblo en la dirección que ya conocía.
A la altura de la iglesia sonrió al ver la familiar camioneta de la guardabosques aparcando en la comisaría.
Se aproximó hasta detenerse tras ella para saludarla cuando la puerta del vehículo se abrió y un hombre de avanzada edad descendió con dificultad.
El uniforme era similar al de Kelsey, aunque le faltaba el chaleco antibalas.
Abi aceleró antes de que el hombre reparase en ella.
* * *
Tras descubrir decepcionada que había realizado el trayecto más largo hasta llegar a la gasolinera, paró en el surtidor cercano a la tienda.
Mientras repostaba, un constante sonido de fondo era amortiguado con la voz de las noticias de la radio.
La carretera permanecía tranquila y Abi se centró en la manguera.
Estaba cerrando el depósito cuando el estruendo ensordecedor de una bocina rugió tras ella.
El camión aceleró invariablemente y un alarido lo siguió a su paso.
Un anciano de barba blanca insultaba al conductor alzando un hacha en alto, al girarse, se percató de la presencia de Abi, inmóvil y pegada a su coche. La miró furioso de arriba abajo.
—¡Esos hijos de puta de la mina no respetan nada! —gritó y se dirigió hacia la parte de atrás de la tienda.
Abi esperó a que el ritmo de sus latidos descendiera hasta un nivel razonable para adentrarse y pagar. La música había sustituido a las noticias y una voz tarareaba la melodía. Una mujer joven la recibió en el mostrador.
—¡Hola! ¿Efectivo o tarjeta?
—Tarjeta, por favor… —titubeó— No sé si debería decir algo, pero hay un señor mayor merodeando con un hacha.
La mujer soltó una carcajada.
—Eso es algo normal. Lo siento, mi padre puede ser un tanto excéntrico. Está cortando leña ahí atrás. Suele recolectar los troncos caídos por aquí cerca.
—Perdón. No pretendía… —Se disculpó devolviendo el datáfono.
—¿Necesitas algo más? —preguntó sonriente.
—A decir verdad, sí —extrajo el móvil de la chaqueta—. ¿Te suena haber visto un deportivo rojo o a esta chica?
—No, lo siento —Morgan apreció su decepción y se compadeció—. Podrías preguntar en el supermercado. Es muy probable que allí alguien haya visto algo.
—Gracias, eso haré.
—Todo recto, no tiene pérdida.
* * *
El aparcamiento del supermercado ocupaba una superficie mayor que el establecimiento. Un par de vehículos aparcados en la entrada de mercancías anticipaba poca clientela. Abi caminó hasta la puerta principal en busca de algún trabajador.
Las cajas estaban vacías y, a simple vista, el lugar estaba vacío.
Abi tomó una cesta y accedió al interior.
Hacer acopio de algunos enseres mientras continuaba su batida por el pueblo sería un plus añadido.
Paseó en solitario por los productos frescos y, con un sándwich y bolsa de manzanas como botín, giró para visitar el siguiente pasillo.
—¡Mierda! —exclamó la reponedora. El bote de salsa de tomate, inicialmente en sus manos, estalló en el suelo. La mancha roja se extendía lentamente por las losetas ante la mirada atónita de Abi— ¡Jesús, me has dado un susto de muerte! No había oído entrar a nadie.
—Lo siento, no era mi intención. Supongo que soy demasiado sigilosa.
—Está bien, no pasa nada. Voy a recoger esto y te atiendo en caja —Janine se arrodilló para recoger los trozos de cristal.
Abi esperó abochornada por el desastre que había provocado accidentalmente.
Entretanto, añadió varios paquetes de galletas de chocolate y barritas energéticas a su cesta.
Janine llegó limpiándose las manos de restos de salsa y pasó a escanear los artículos, saludando a los nuevos clientes que accedían con familiaridad a excepción de uno.
Un joven al que solo dedicó una leve mirada de desprecio.
Abi apreció el sutil suspiro de fastidio que soltó antes de retomar su labor.
—¿Eso es todo?
—Sí… No —corrigió Abi. Le mostró la fotografía preparada en el móvil—. ¿Es posible que esta chica haya venido por aquí?
Janine observó la imagen haciendo memoria y negando involuntariamente con la cabeza.
—No me suena. Lo siento. ¿Está causando problemas?
—¡No! Estoy buscándola. Es mi sobrina. Lo último que sabemos de ella es que venía hacia Beaumont hace una semana.
—Oh… Quizá se ha escapado unos días. Seguro que vuelve a casa.
—Ojalá. Estoy empezando a dudar de ello.
—Rezaré por ella. Dios sabe lo difícil que es asumir la desaparición de una chica joven.
—Ciertamente… —Abi tanteaba qué más podría decirle.
—Está en el instituto, ¿verdad? A esa edad puede haber sido cosas de novios o peleas con las amigas. Con suerte, la tendréis de vuelta cuando se le pase.
—Estamos muy preocupados. Está es la primera vez que hace algo así.
El rumor de una discusión en los pasillos del fondo irrumpió la conversación. Janine miró en la dirección intentando averiguar qué estaba sucediendo mientras embolsaba la compra de Abi.
—Me han dicho que por aquí han desaparecido más chicas —presionó Abi.
—¿Aquí? No creo. Desde que Annie se fue nadie más ha… —Las voces acaloradas de dos hombres fueron seguidas por el ruido de objetos cayendo al suelo. Janine salió al encuentro— Junior, ¡no me obligues a llamar a Cory! —gritó por el pasillo.
La discusión se acercó hasta Abi con rapidez. El joven de antes iba ahora escoltado por un hombre y la propia Janine. Al llegar a la salida, Junior arremetió contra el tablón de anuncios, arrancando todo a su paso y volcando la papelera. El hombre avanzó para ir tras él cuando Janine lo detuvo.
—Va puesto hasta arriba, Carl —indicó ella—. Deja que se encarguen de él en comisaría hasta que se le pase.
Janine reparó en Abi, plantada en la caja tras ser testigo del arrebato y le dedicó una mirada indulgente.
* * *
Sentada en el parque frente al patio del instituto, presenciando distraídamente un partido de baloncesto, Abi rumiaba el sándwich y sus pensamientos.
Beaumont podía ser un pueblo como cualquier otro con sus tragedias locales y, aparentemente, nada estaba fuera de lugar en esos días.
Los turistas veraneaban tranquilos, los vendedores de maquinaria agrícola hacían su agosto, los lugareños vivían sin sobresaltos…
¿Por qué la sensación de alambre de espino enroscado a sus entrañas continuaba?
Observó su teléfono y, asegurándose de tener cobertura, llamó a Daniel.
—¿Estás ya harta de los mosquitos? —bromeó su amigo al descolgar.
—Estoy a punto.
—Entiendo que la búsqueda no va bien…
—Nadie la ha visto.
—Era una posibilidad entre un millón, Abi.
—Eso no significa que no haya pasado. Según la asistente del jefe de policía, ha habido más casos de desapariciones de mujeres en los que Beaumont es la última localización de la que se tiene registro. ¿No te parece inusual?
—La Transcanadiense pasa por allí cerca.
—Podrías hacer un simple chequeo con las bases de datos de la provincia…
—Seguimos hasta arriba, Abi. Lederman nos lo ha puesto muy difícil.
—Suponía algo así. ¿Has conseguido convencer a tu contacto? Si las coordenadas coinciden con el término municipal sería una prueba irrefutable de que estuvo aquí, Daniel.
—Lo llamaré de nuevo. Pero no tengas muchas esperanzas en ello. ¿Y si la última geolocalización está en Toronto?
—En ese caso volvería para buscarla allí. Su móvil no ha vuelto a encenderse, he intentado hacerlo en momentos diferentes y nada.
—Hazlo entonces. Vuelve e investiga desde aquí. Si llegamos a disponer de las coordenadas, yo mismo te llevaré de vuelta a Beaumont. Tengo una visita pendiente a mi suegro de todas formas.
Abi suspiró. La idea era tentadora. Dormir helada en el suelo y ducharse con agua tibia eran experiencias que prefería olvidar. Objetivamente carecía de pruebas del paso de Erin por el pueblo.
—Podríamos alertar a la provincial de que un menor sin licencia está poniendo en riesgo el tráfico.
—Abi, sabes que va a ser inútil. Por lo que sabemos podría estar en Manitoba o cruzando Alberta.
—Amar aún tiene contactos con la policía de B.C., si se lo pido…
—Cariño, no quería decirlo, pero… ¿Es esta la mejor forma de superar el divorcio? Podemos pasar por el Village este fin de semana. Los margaritas corren a mi cargo.
—Quizá tengas razón…
—Sé lo mucho que te cuesta decir eso. Así que no voy a hacer hincapié. Descansa esta noche y vuelve mañana tranquila. Hemos preparado la habitación de invitados. Las siete llamadas de tu hermana preguntando por ti no me dan buena espina.
—Mi madre ha llegado y debe estar volviéndola loca.
—Entiendo que eso también ha influido en que te hayas marchado de repente…
—Es demasiado en una misma semana, Daniel.
—Nadie te va a juzgar por ello.
—Ella sí.
—Madres asiáticas, ¿eh? —dijo en tono de burla.
Abi se rio con tristeza.
—Exactamente.
—Tengo que colgar, pero avísame cuando llegues. Bill estará en casa.
—Lo haré. Ánimo con ello, Daniel. Esta vez no va a salirse con la suya.
—Cuídate, Abi.
Masajeándose la sien, se preparó mentalmente para la siguiente llamada. Con desgana, marcó el número y aguardó.
—¿¡Dónde estabas!? ¿Por qué no respondes a mis mensajes? —El tono de preocupación y alarma de su hermana la sorprendió.
—¡Hola, Lavin! Si lo recuerdas, estoy en un pueblo perdido, al igual que la señal de teléfono. Has tenido suerte de que haya dado con una zona con cobertura en este…
—Mamá lo sabe —soltó su hermana sin dejarla terminar.
—¿A qué te refieres?
—Mamá encontró el sobre con los papeles del divorcio.
Abi recordó esconderlo bajo la almohada para olvidarlos por completo justo después. Un sudor frío recorrió su espalda.
—¿Cuándo?
—¿Importa eso? ¿Por qué no me dijiste nada? Sabía que algo estaba pasando, pero no tenía ni idea de que Candace había solicitado formalmente el divorcio.
—Iba a hacerlo, Lavin. Necesitaba unos días para asumirlo, eso es todo.
La voz de su madre surgió de repente cerca del teléfono.
—Quiere hablar contigo —susurró Lavindeep.
—Aún no. Por favor, dile que pasaré a verla el fin de semana.
—Bey bey…
—Lo siento.
Abi colgó y activó el modo avión. Suficiente por ese día.