Capítulo 10.
La miniván redujo la velocidad con un crujido mecánico hasta detenerse con un lamento de humo negro.
El intermitente continuó parpadeando con insistencia hasta que Abi sacó la llave del contacto.
En el silencio de su coche, se recostó y estudió los edificios a uno y otro lado de la calle preparando su plan de actuación.
Había aparcado frente a la iglesia presbiteriana, uno de los reducidos edificios construidos en ladrillo en Beaumont y, sin lugar a dudas, el que se alzaba a mayor altura gracias a su aguja, asomada por encima de las copas de los árboles a su alrededor.
La particular plaza otorgaba una posición enfrentada al ayuntamiento.
Una edificación más robusta y que aún conservaba el arco original de entrada.
En su flanco derecho se apostaba la comisaría.
El plan debía comenzar. Comprobó la hora en el móvil y repasó su aspecto en el espejo retrovisor. El autobús pasó tras su reflejo en ese instante. Leslie debería haber tomado esa misma línea para llegar hasta Beaumont al encuentro de Erin.
Abi marchó decidida hasta la comisaría.
* * *
Acostumbrada a la magnitud de la comisaría en que trabajaba, Abi se sorprendió al contemplar el diminuto espacio en el que se instalaba la jefatura local de policía.
Un par de escritorios que hacían las veces de soporte de cafetera y mostrador recibían al visitante.
Al fondo se había tapiado artificialmente la sala diáfana para incluir un despacho con la luz apagada y las cortinas bajadas.
Al lado del baño, casi imperceptibles, asomaban los barrotes de la única celda.
Abi se preguntó si ambos se comunicarían directamente desde dentro.
Observaba la cerradura con llave del baño cuando una tos seca rompió el silencio.
—¿Necesita algo?
Una mujer de avanzada edad sostenía una garrafa de café y se ajustaba las gafas. Por su falta de uniforme, Abi intuyó que era una empleada civil al igual que ella. Su posición firme entre ella y el escritorio le otorgaba un aire añadido de hostilidad.
—A decir verdad, sí —la mujer se mantuvo en silencio, así que Abi continuó—.
Estoy buscando a… mi sobrina —esperó no haber titubeado y sacó el móvil del bolsillo, mostrando la imagen de Erin en pantalla.
Abi estudió a la mujer, impertérrita. Solo su ruidosa respiración confirmaba su presencia real—.
Erin Wozniak. Tiene dieciséis años. Debió de pasar por Beaumont hace una semana.
—¿Ha puesto una denuncia de desaparición?
—No… Sus padres creen que se ha escapado —mintió con sus mejores habilidades—. Tengo un mal presentimiento. Ha debido pasarle algo.
—Si no está en el sistema no hay nada que hacer. No trabajábamos con presentimientos.
—¿Está segura de que no la ha visto? —Abi le acercó la imagen.
La mujer estudió brevemente la captura de un video de Erin luciendo su gorra nueva y chaqueta deportiva. Negó con indiferencia.
—No me suena.
—Quizá pueda hablar con el jefe de policía y preguntarle directamente…
—El jefe Landry está reunido y no malgasta el dinero de los contribuyentes en niñatas que se escapan de casa.
—Le acabo de decir que podría haberle pasado algo malo —Abi subió el tono y respiró para tranquilizarse antes de empeorar la situación.
—Y ni siquiera eres la madre, padre o tutor legal de esa menor.
Si no hay denuncia, no hay foto que valga, ni caso para investigar.
Además, no sería la primera. Estamos muy cerca de la Transcanadiense.
Muchas adolescentes y no tan crías han pasado por Beaumont antes de desaparecer.
En la mayoría de los casos, no quieren que se las encuentre.
—¿Es habitual que desaparezcan mujeres en la zona?
—¿Necesitas un sonotone? Es lo que acabo de decir.
—¿A nadie le ha llamado la atención el hecho de que este pueblo sea el último punto en el que se las ve con vida?
La mujer endureció el rostro y apoyó una mano en la cintura. Abi mantuvo la mirada unos segundos, hasta que optó por disminuir la tensión incipiente. En el escritorio tras ella leyó el letrero con su nombre: Maureen Sylar.
—No sé a qué piensa que nos dedicamos aquí, pero cuidamos de nuestros ciudadanos. No ha habido ninguna víctima mortal desde 2008. Dios tenga a Virginia en su gloria. Somos el pueblo más seguro de todo el condado. Esas insinuaciones son de mal gusto para la gente respetable de Beaumont.
—Me refería a… Creo que ha malinterpretado mi pregunta. ¿No se han investigado las desapariciones como sucesos relacionados?
—Joven, por aquí pasan muchas personas cada día. No hay un registro de visitantes. Si alguien quiere huir hacia el interior este es el lugar ideal para esfumarse.
—Entiendo… —Abi pensaba con rapidez para conseguir más información— Es posible que mi sobrina haya ido con demasiada prisa y haya alguna multa a su nombre. Podría abonar el coste de la infracción. Conduce un Dodge Challenger rojo con matrícula BVG 233.
Maureen permaneció impasible cuando Abi le mostró la fotografía en el móvil.
—Para el tráfico tendrá que preguntarle a la policía provincial en Trenton Sound. No ha habido quejas de ningún coche de ese tipo. Pero si ha pasado por aquí alguno de los chicos del taller le habrá echado el ojo.
—Gracias.
* * *
Abi se conformó con la escasa información que había conseguido en comisaría.
A pesar de la reticencia de Maureen Sylar, había un hilo por el que continuar la búsqueda de Erin, lo que ofrecía cierta esperanza.
No obstante, una sensación de intranquilidad la carcomía por dentro, abriéndose paso con garras afiladas por su estómago y trepando por la espina dorsal.
Más mujeres se habían desvanecido sin rastro a partir de su paso por Beaumont.
Abi desconfiaba de las casualidades. Ante el impedimento de cotejar datos oficiales desde allí, aventurarse a lanzar una hipótesis era arriesgado.
Aparentemente, las chicas que habían desaparecido lo habían hecho por voluntad propia.
Lo importante no eran sus motivos para huir de forma anónima, sino el resultado.
¿Cuántas habrían llegado sanas y salvas hasta la siguiente provincia o la costa oeste?
Rumiando sobre esa idea caminó hasta el bar.
El bullicio la sacó de sus pensamientos.
La campanilla de la puerta se agitaba incesantemente con el trasiego de hombres medio enchaquetados, medio preparados para el trabajo en sus granjas.
Abi observó el letrero de ‘El oso y el castor’ desde lejos con estupor.
Había subestimado la capacidad de la pequeña localidad para atraer visitantes.
La convención agraria también había tomado esta parte del pueblo.
Cambió al vuelo su destino y se dirigió a la única tienda abierta que encontró en la calle principal.
Las sillas rojas Muskoka en el exterior anunciaban la llegada a la tienda de muebles y artesanía Cooper.
Abi entró con timidez, apreciando los objetos sobre las estanterías mientras buscaba a la persona responsable del establecimiento.
Una vitrina de joyería le resultó familiar. Las coloridas cuentas de la pulsera de la guardabosques eran similares a las del expositor.
—Están fabricadas por un artesano Ojibwa local, de la Reserva Little Frog —informó la voz de una mujer.
Abi sonrió cortésmente.
—Tiene mucho talento.
—Puedes probártelo si quieres —dijo Jaclyn Cooper indicando el collar.
—No, gracias. ¿Le suena haber visto a esta chica? —Abi le enseñó la fotografía en su móvil—. Mi sobrina pasó hace una semana por aquí con un coche rojo y un perro. No sabemos nada de ella desde entonces.
La mujer se puso unas gafas y estudió la imagen con el teléfono en sus manos.
—Lo siento. Hoy es el primer día que abrimos desde vacaciones. La semana pasada estábamos fuera —le devolvió el móvil y se quitó las gafas—. Es una pena, parece muy joven.
—Tenía. Tiene dieciséis años.
—Rezaré para que regrese pronto. Es una desgracia cuando huyen de casa para no volver.
—¿Puedo preguntarle algo? —La dependienta asintió— ¿Conoce más casos de chicas parecido a este?
—Siempre ha habido alguna circunstancia que otra.
Muchas chicas en la Reserva se fueron por la falta de oportunidades.
En el pueblo la cosa tampoco era mejor. En mi época era algo normal.
Quien se quedaba a veces se enfrentaba a un riesgo mayor, como la madre de los Campbell.
¡Menuda tragedia! Los pobres... Pero ya hace mucho que no pasa.
Creo que la compañera de instituto de mi hija fue la última de Beaumont de la que no se supo nada.
Se marchó de la noche a la mañana. Su hermano se quedó huérfano sin ella.
Me da que la joyería es su homenaje personal —señaló hacia la vitrina.
—Vaya…
—Espero que tu sobrina esté bien y vuelva pronto.
—Yo también. Gracias.
* * *
Ignorando los pitidos de los vehículos que circulaban por la carretera, Abi continuó por el arcén en dirección al taller. Sus cálculos de la distancia a pie habían fallado por algunos cientos de metros y, prefiriendo priorizar el tiempo, decidió continuar andando en vez de volver al coche.
Una serie de vibraciones retumbaron en el bolsillo del pantalón. Milagrosamente, la cobertura permitía la recepción de datos y sus notificaciones se agolpaban de repente en la pantalla. Abi se hizo a un lado para repasar la bandeja de entrada cuando el móvil quedó en silencio.
—Estupendo…
Varios mensajes de la universidad alertaban del cobro fallido de la matrícula del máster, a lo que se sumaban las decenas de mensajes de su hermana instándole a llamarla urgentemente. Le envió un escueto “aún viva” y marcó el número que conocía de memoria con pesadumbre.
—Putt, ¿cómo estás? ¿Se está portando bien tu madre?
—¡Hola, Amar! Lo cierto es que me he tomado unos días libres para dejarle tiempo con Lavindeep.
—No seas así, Abi. Ha ido a visitaros a las dos. No deja de preguntar por ti a tu hermana.
—Preferiría si hubieses venido tú…
—Ten un poco de paciencia. Solo quiere lo mejor para ti.
—Soy consciente de ello, pero… Amar…
—¿Qué necesitas, Abi?
Abi odiaba y admiraba a partes iguales la capacidad que su padrastro tenía para entenderla, así como la suya de aprovecharse de ello.
—Con el depósito del apartamento y el arreglo del coche se me ha complicado el mes —suspiró—. Me queda por pagar la matrícula de este semestre...
—Tenemos unos ahorros para los vuelos de diciembre, creo que será suficiente. Envíame la información de pago.
—Te prometo que tendrás el dinero antes de esa fecha.
—Prefiero que vayas a ver a tu madre antes de que se vuelva. Es la condición para el préstamo.
—Lo haré. Tienes mi palabra.
—No tardes tanto en llamar, quiero saber qué está pasando por allí. He visto a Park en las noticias. Cuídate, Abi.
—En cuanto abran el sumario te daré todos los detalles. ¡Gracias, Amar!
Con una profunda respiración volvió a su misión del día.
El taller debía estar cerca y las vallas con alambre de espino que encontró a su paso eran una buena posibilidad de haber llegado al lugar correcto.
Los contenedores ocultaban gran parte del patio.
Abi se apresuró hasta la entrada principal del taller Campbell, flanqueada por dos torres de neumáticos polvorientos.
Una grúa sostenía en alto el motor de un todoterreno en el garaje. Una camioneta estaba aparcada en la puerta y la radio sonaba desde el interior de la oficina. Abi se acercó y llamó con los nudillos. No hubo respuesta.
—¿Hola? —gritó asomándose por el garaje probando suerte.
Los anuncios que interrumpían la programación musical eran el único sonido en el taller. Abi avanzó hasta la puerta del fondo.
—¿Hay alguien? ¡Hola! —exclamó.
Girando el pomo lentamente, salió hacia el exterior.
El choque de unas cadenas fue seguido por una figura abalanzándose sobre ella.
Dos rottweilers ladraban amenazantes hacia ella.
Abi quedó paralizada por el miedo contemplando cómo, a un metro de ser alcanzada por las bestias, la cadena se tensó y los animales retrocedieron forzosamente por el empuje.
Abi dio un paso hacia atrás y chocó contra una superficie acolchada.
—¿Buscas algo? —preguntó alguien tras un silbido.
Los perros enmudecieron y Abi se volteó rápidamente. Un hombre de su edad la observaba con recelo. La mirada de Abi viajó hasta la barreta que sostenía en una mano. Una etiqueta en el mono de trabajo rezaba ‘Jeremy Campbell’, la persona a quien estaba buscando.
—No vi a nadie en la oficina ni el taller…
—Se excusó Abi. El hombre esperó en silencio una explicación más elaborada.
Abi tragó saliva. La distancia entre los perros y ella seguía siendo reducida.
Lentamente, inició el camino de vuelta hasta el garaje y agradeció que el extraño no opusiera resistencia— Quería saber si habían visto un Dodge Challenger rojo de 2017 la semana pasada.
Mi sobrina lo tomó sin permiso y la estamos buscando.
—No he visto ningún deportivo por esta zona. ¿Quién va a ser tan estúpido de conducir eso por estas carreteras?
—Precisamente —intentó forzar una risa—. Lo más probable es que haya necesitado de un arreglo en algún momento.
—No hemos recibido ningún encargo de gente de fuera.
—Me quedo mucho más tranquila. Gracias.
Atravesando el garaje se cruzó con un muchacho. El desgastado logo del taller adornaba su mono gris. El joven bajó la cabeza y continuó hasta el todoterreno.
—¡Eh, Zach! —gritó Jeremy desde el fondo— ¿Has recogido un Dodge Challenger?
El joven se detuvo y miró hacia Abi antes de responder.
—¿Un Challenger? ¡Tío, eso solo sale en las revistas!
Jeremy se encogió de hombros, dando por concluida la visita de Abi. A pesar de estar más cerca de dar con alguna pista sobre el paradero de Erin, Abi se sentía a cientos de kilómetros de la verdad.