Capítulo 9.
La niebla había sepultado todo el condado, engullendo a su paso árboles, granjas y carteles de señalización.
Los incautos que se habían atrevido a lanzarse a la carretera mantuvieron los pies alejados del acelerador, temerosos de que el espesor de la niebla ocultase alguna desafortunada sorpresa al girar en la siguiente curva.
Los faros de la camioneta de Kelsey apenas rasgaban unos centímetros en la densa bruma.
Nick se movía inquieto en el asiento del conductor con la mirada fija en la desvanecida carretera.
Kelsey trató de calmarlo en varias ocasiones inútilmente.
El animal percibía su intranquilidad por encima de sus falsas palabras de aliento.
Los sollozos agitados incrementaron su intensidad y Kelsey alargó la mano para acariciarlo.
Nick subía y bajaba del asiento con nerviosismo y rascaba la ventanilla en un intento de bajar del vehículo.
—¡Cálmate, chico! No queda mucho, lo prometo —le susurró mirando de reojo.
De repente, Nick ladró fuertemente hacia el frente. Kelsey estudió alarmada los huecos entre la niebla. Una sombra apareció en su camino.
—¡Hostia puta!
Pisó el freno enérgicamente y la camioneta se detuvo en seco.
Kelsey respiró a bocanadas con ambas manos aferradas al volante.
La descomunal cornamenta agitó la neblina frente a los faros.
El alce giró la cabeza y la miró impasible.
Nick enmudeció en ese instante y se recostó asustado con la cabeza sobre el muslo de Kelsey.
Kelsey observó inquieta los movimientos de la bestia hasta desaparecer entre la bruma. Unos minutos después, Nick se incorporó en su asiento y Kelsey lo tomó como señal para continuar su camino.
* * *
La campanilla de la puerta anunció la llegada de Kelsey y su cuadrúpedo acompañante a la consulta del veterinario que, afortunadamente, a esta hora de la mañana estaba vacía.
Nick se adentró con timidez y cierta desconfianza en el ambiente aséptico que se respiraba desde la sala de espera.
Kelsey acortó la longitud de la correa y lo mantuvo a su lado.
El animal tomó la orden y se sentó sin protestar.
Una mujer de mediana edad apareció tras la puerta interior, esbozando una sonrisa al reconocer a Kelsey. Nick se puso en pie de inmediato y Kelsey apretó la correa en anticipación.
—¡Kelsey, buenos días! ¡No sabía que tenías cita hoy! —comentó acercándose hasta ella.
—En realidad no. Por eso he venido temprano.
—¿Y eso? ¿Quién es este buen chico? —preguntó con amabilidad, pasando la mano sobre el lomo de Nick. El animal movió la cola con felicidad cuando la mujer le ofreció un premio.
—Lo encontré el otro día. Creo que está en buenas condiciones, pero quiero asegurarme.
—Oh, sí recuerdo haber leído algo así. Christine trajo unos carteles. Así que este chico necesita un chequeo.
—Si Drew puede hacerle un hueco…
—Seguro que sí —dejó a Nick y revisó la agenda—. El doctor Kurtz llegó de madrugada y no tenemos citas previstas hasta las once.
—¿Hay algún caso grave o suele ser tan madrugador siempre?
—No suele serlo. Pero son los perros de su suegro, y ya sabes cómo es esa familia con sus perros de caza.
—Nadie puede hacer esperar al alcalde, ¿eh?
La mujer solo respondió con el gesto de levantar las cejas.
Agatha Stevenson era natural de Beaumont y sabía que las palabras podían terminar en oídos de cualquiera, más aún cuando trabajaba en uno de los negocios de la familia Landry.
Aunque si bien la clínica se encontraba bajo el nombre de Drew Kurtz, de sobra era conocido que pertenecía realmente al alcalde y era habitual que utilizase los servicios de su yerno como clínica privada para sus animales.
Agatha se abrochó la bata blanca y cruzó los brazos para darse calor.
—Esta mañana parece que hayamos pasado directamente al otoño. ¿Quieres un café? Voy a avisar al doctor y recoger su desayuno.
—Un café estaría bien. ¡Gracias, Agatha!
La mujer desapareció por la misma puerta por la que llegó.
El murmullo de una conversación en el fondo terminó con el sonido de otra campanilla, la entrada directa a la oficina del veterinario.
Kelsey aguardó apostada contra el mostrador, acariciando la cabeza de Nick mientras observaba los letreros en las paredes.
Algunos anuncios locales se entremezclaban con panfletos y la publicidad de productos especialmente costosos.
La fotografía de Nick no aparecía por ningún lado.
El doctor Kurtz terminó de peinarse al entrar en la sala de espera, aprovechando frente al espejo de la entrada los segundos que quedaban hasta que Kelsey reparase en él. Se ajustó la corbata y se aclaró la voz.
—¡Drew!
El veterinario se acercó a ella y la abrazó.
—No esperaba verte tan pronto después de lo de Klaus.
—Fue difícil. Esto es algo inesperado.
—Ya me ha dicho Agatha. ¿Es este el chico perdido?
Nick respondió con un ladrido corto.
—Lo encontré enredado en un matorral. Se mueve bien y ha comido y bebido lo normal, pero me gustaría una opinión profesional.
—¿Necesitas una vacuna contra la rabia? —preguntó señalando hacia su mano.
—No fue él. Es un simple arañazo. Se ha portado muy bien con los perros de mi padre.
El veterinario se puso en cuclillas estudiando al animal. Tomó la placa identificativa entre los dedos mientras distraía a Nick con un premio.
—Aquí tiene los datos de contacto del dueño. ¿No has podido dar con él?
—¡Que va! Es como si hubiesen desconectado el teléfono. La línea existe, pero no da tono.
—Podemos probar con el chip, si tiene nos dará más información —dijo poniéndose en pie.
—Eso sería de gran ayuda. Me niego a pensar que lo abandonaron en la carretera. Es un perro muy bueno y cariñoso.
—¡Vamos allá, chico! —los guió hacia la consulta y animó al perro a subir hasta la mesa— ¡Buen chico, Nick!
Kelsey lo acarició mientras Drew efectuaba el reconocimiento del can y, finalmente, pasaba el escáner por el cuello en busca del microchip. No había señal.
—Quizás esté en el otro lado —sugirió Kelsey antes de perder la esperanza.
—Ya he probado. Si tuviera chip habría lectura.
Me temo que nuestro amigo Nick no ha pasado por ningún veterinario.
No es extraño. La mayoría postpone las visitas hasta que los animales están terriblemente enfermos.
Con toda seguridad estará fuera de cualquier registro.
Al menos puedo decirte que está bien de salud.
—Me alegra oír eso, pero… Esperaba dar con los dueños con ese chip —comentó Kelsey alicaída.
—Lo siento. Ojalá pudiera ofrecerte algo más.
Un recuerdo pasó fugazmente por la mente de Kelsey.
—Lo hay. Cuando lo encontré tenía sangre, creo que se peleó con algún animal.
—¿Crees que podría tener la rabia? No he visto señales de mordedura —Kelsey permaneció en silencio—.
Por si acaso, vamos a poner la vacuna hoy.
Si en tres semanas comienzas a ver cambios en su comportamiento y pérdida de apetito avísame.
Mientras tanto, dile a Mac que lo mantenga aislado de los demás en prevención.
—Gracias, Drew.
—¡Vamos allá, Nick! Solo será un segundo… ¡Buen chico!
Nick aguantó la inyección estoicamente. Kelsey le acariciaba en recompensa cuando la puerta exterior se abrió de golpe.
Por puro instinto, Kelsey agarró rápidamente la correa y el collar para frenar su intento de abalanzarse sobre la persona que había irrumpido en la consulta.
El perro comenzó a ladrar amenazante y Kelsey tuvo que ejercer más fuerza de la que sospechaba.
Varios botes e instrumentos salieron disparados y el veterinario se debatió entre recogerlos o ponerse a cubierto.
—Controla a tu perro o habrá que sacrificarlo. En este pueblo no toleramos bestias salvajes por mascota —la recién llegada comentó.
Kelsey había estado tan pendiente de sostener a Nick que solo había reparado en las botas altas llenas de barro que ensuciaban el suelo prístino de la consulta.
Alzó la vista y recorrió la figura de Mary Jane Landry, con su conjunto de caza en todo su esplendor.
La mochila de deportes que colgaba de su hombro era el único elemento disonante en su atuendo calculado al milímetro.
Varios mechones rubios se escapaban de su boina verde oscuro, a juego con el chaleco, el cinturón y las botas de cuero.
—Mary Jane —saludó Kelsey entre dientes.
—La clínica aún no está abierta para clientes —enunció esperando una respuesta.
—Lo sé. Era una situación urgente.
Mary Jane la observó con desdén y estudió a Nick. Al dar un paso hacia él, la furia inicial volvió y se lanzó a morderla. Kelsey sentía los músculos tensos del can.
—Es probable que tenga la rabia. Voy a hablar con el jefe de policía. Este animal no puede estar permitido.
—Estaba tranquilo hasta que llegaste tú—espetó Kelsey.
—Está claro que tiene problemas de comportamiento. No sé por qué no me extraña…
—¿Qué quieres decir con eso?
Kelsey reconocía con culpabilidad la manera tan sutil con que Mary Jane era capaz de sacarla de sus casillas. A ojos de todos era la hija, esposa y vecina perfecta. Sin embargo, Kelsey conocía bien sus juegos de doble moral desde la escuela.
—Cariño, este perro estaba calmado hasta hace un minuto —confirmó el veterinario—.
Quizá se ha asustado al verte entrar. ¿Por qué no esperas en la salita?
—La mujer se ofendió por la sugerencia de su marido e hizo un ademán para rechistar— Por favor, Mary.
Los gemelos van a despertarse agitados con este ruido.
Eso pareció convencerla y salió hacia la sala de espera.
La voz de Agatha la recibía desde el mostrador.
Los gemelos eran el orgullo de la casa para los Landry, una pareja de Bluetick Coonhounds.
La tercera generación de perros de caza que criaban con mayores atenciones que los miembros de su familia.
Sus numerosos retratos se encontraban con frecuencia en el ayuntamiento, la comisaría o la clínica, mucho más visibles que las imágenes de los hijos de la joven pareja Kurtz-Landry.
Una única fotografía enmarcada de los pequeños Jason y Michelle adornaban la estantería superior.
Nick se calmó lo suficiente para soltar el collar y relajar la mano.
—No sé qué ha podido pasar —se excusó Kelsey.
—Tranquila, debe haber un desencadenante que no hemos considerado. Quizá será mejor que des un paseo con él manteniendo las distancias con los demás. Observa su comportamiento. Es posible que sea parte del trauma de su separación.
—Sí, probaré con eso. Es muy cariñoso, de verdad. No entiendo qué bicho le ha picado.
Drew se rio, disipando la tensión del momento.
—Espero que ninguno. No he visto ninguna garrapata en el pelaje.
—Oh —Kelsey sonrió tímidamente.
—No te preocupes. Hablaré con Agatha y arreglaremos el papeleo en el seguimiento. Vuelve en tres semanas, o cuando necesites —comentó aguantándole la puerta.
—Gracias. ¡Vamos, Nick! —tiró levemente de la correa y el perro salió tras ella.
Caminó por la estrecha acera unos minutos, dándole tiempo al can a relajarse y estirar los músculos mientras ella repasaba el mal trago de la consulta, peor aún era su recuerdo de la imponente figura de Mary Jane ante ella.
Los dos botones desabrochados de su camisa que había divisado involuntariamente y la cruel sonrisa cuando había descubierto su mirada furtiva.
Kelsey se dio una bofetada mental por caer en tal burda distracción y se paró junto a Nick mientras regaba una de las escasas farolas de la calle principal.
Una camioneta familiar cruzó a toda velocidad hasta detenerse en la puerta del veterinario.
Dos toques de claxon cortos y la puerta de la clínica se abrió.
Mary Jane tiraba de los gemelos cuando la puerta del copiloto se abrió desde dentro.
Los perros subieron primero. En cuanto Mary Jane cerró, el vehículo aceleró.
—Jeremy —el nombre resonó como un gruñido en su garganta.