Capítulo 8. #2
Kelsey señaló a su derecha, a los que había colocado especialmente para Abi. Esperó a que tomase asiento para pasarle una de las varas. Abrió una caja sobre su regazo y empaló las nubes con precisión. Sobre la caja depositó las galletas y los trozos de chocolate.
—¿Siempre llevas un kit de smores de emergencia? —Se burló Abi, asando su nube en los rescoldos.
—Es parte obligatoria de la equipación de los guardabosques.
—Me imagino que habrá muchas damiselas en apuros a las que rescatar con una buena dosis de azúcar.
Abi contempló cómo Kelsey montaba cuidadosamente su sándwich de nube. Las llamas danzaban en la oscuridad en un juego de luces hipnótico.
—Exacto, no puedo permitir que se salten el mejor postre de campamento.
El chocolate derretido goteó por su labio, inconscientemente se limpió con el pulgar y se chupó el dedo con un placer gutural.
Abi seguía con atención sus movimientos.
El calor reconfortante del fuego subió varios niveles en temperatura y, como prueba irrefutable de ello, la nube en su palo se convirtió en una esfera de fuego.
Fue la rapidez de Kelsey en deshacerse de ella lo que evitó que la masa en llamas cayese sobre Abi.
—Genial, ahí va mi cena…
Kelsey, que estaba preparando otro sándwich, se detuvo en seco.
—¿No has cenado? —preguntó con la mirada fija en el leve tostado de su nube.
—Salí más tarde de lo que había calculado y no quería parar hasta llegar a Beaumont.
—¿Por qué tanta prisa? —Le pasó el smore que había montado a Abi y preparó una nueva nube para asar.
—Quería evitar llegar de noche a un sitio que no conozco. Como ves, no ha servido de mucho.
—Solo has tenido un poco de mala suerte. Si los rangers no hubiesen estado atendiendo las quejas de las caravanas, te habrían echado una mano. No son las mejores manos del condado, pero son buena gente.
Abi admiraba la técnica de Kelsey para dorar nubes a la perfección.
Inadvertidamente estudió sus manos, sin anillos ni decoración con excepción de una pulsera de cuentas de colores; siguió por los antebrazos hasta el límite impuesto por las mangas arremangadas.
El tejido verde de la camisa se tensaba en sus bíceps y el resto del chaleco antibalas impedía ver más allá.
Su mente viajó a los escuálidos brazos que rodearon sus muslos con apatía días atrás.
Kelsey se giró de repente hacia ella con una sonrisa y la culpabilidad brotó en sus mejillas con ferocidad. Se aclaró la garganta.
—¿Qué se suele hacer en noches así? —preguntó casual.
Kelsey se rio, terminando de un bocado el sándwich de nube. Nuevamente, el chocolate se deslizó y llegó la comisura de sus labios. En esta ocasión, simplemente utilizó la lengua para limpiarlo.
—No logro encontrar el chiste —comentó Abi ligeramente indignada.
—Pensaba que las chicas de ciudad eran un mito, lo siento. ¿De verdad nunca has ido de camping? —Abi negó con la cabeza— ¿Campamento de verano?
—Dígame, guardabosques. ¿Qué experiencia vital me he perdido?
Abi retó con una mirada burlona a Kelsey, hasta que se dio por vencida ante la intensidad de su acompañante cuando las risas rescindieron y utilizó un tono solemne para hablar.
—Normalmente, cuando la gente se reúne alrededor del fuego comparte historias, o cantamos juntos. Es un momento especial. En ocasiones también es sagrado, como para los Ojibwa, una forma de crear vínculos y sanar.
—Pisamos tierra sagrada… con frecuencia olvido las implicaciones.
Kelsey miró hacia el cielo en silencio. Abi siguió el rastro del humo y comprobó sorprendida que las estrellas adornaban cada resquicio del firmamento que las copas de los árboles ofrecían.
—Verdaderamente hay mucho que perdemos en la ciudad —continuó Abi.
—Las concesiones son inevitables. Mirándolo por el lado bueno, mejor tarde que nunca.
—Ojalá fuera en otras condiciones —confesó involuntariamente en un suspiro.
Kelsey reprimió la curiosidad que sentía por conocer las circunstancias que habían traído a Abi hasta Wawasayg, sin embargo, respetó sus secretos del mismo modo que ella prefería mantener los suyos a salvo.
Si Abi quería compartir lo que le preocupaba, lo haría libremente.
Entretanto, el crepitar del fuego las acompañaba en ese cómodo silencio.
Abi sopesó buscar ayuda en su particular salvadora de la noche y narrar los detalles de la extraña desaparición que trataba de resolver con poco más que su intuición y unas coordenadas en medio del bosque.
Mientras ella disfrutaba de buena compañía y una agradable velada, ¿cómo sería la experiencia de Erin?
¿Tendría cobijo? ¿Estaría herida buscando la salida de ese laberinto de árboles?
¿Y si…? Un escalofrío recorrió su espalda y, como si hubiese detectado el pequeño tremor, Kelsey añadió otro leño al fuego.
—¿Qué tipo de historias? —soltó Abi sin pensar— Has dicho que se canta o cuentan historias…
—Oh, depende. Aquí en Beaumont la mayoría prefiere historias de miedo. Una leyenda en concreto.
—Por supuesto, ¿puede haber algo más infantil? —Abi dejó fluir su sarcasmo.
—No es cosa de críos —respondió Kelsey con seriedad—. El miedo al Wendigo es real. Los padres no permiten que sus hijos deambulen por la orilla norte del lago y ningún Ojibwa se aventura al sur de la Reserva.
—¿Me estás diciendo que todo un pueblo tiene miedo de un mito? —Kelsey asintió— Y, ¿qué es? ¿Un espíritu del bosque? ¿Un animal mitológico?
—Algo así. Según las leyendas de las naciones originarias, el Wendigo es mitad bestia, mitad lo que queda del cadáver en descomposición de un hombre maldito.
Un monstruo gigante que devora a quienes se aventuran a traspasar sus dominios en la quietud del bosque.
Primero oirás las ramas crujir bajo su peso como si fueran huesos rompiéndose a su paso.
Una fría ráfaga de viento anunciará su llegada y sus garras atravesarán tu corazón.
Devorará tu carne con sus colmillos de hielo y buscará su siguiente presa, con un hambre que nunca podrá saciar.
—Ese tipo de leyendas suele tener su origen en el contexto sociocultural en el que se forjan.
—Es parte de la historia de Beaumont. Hasta rodaron una película de serie B en los ochenta. Las leyendas urbanas dicen que una de las actrices fue víctima del Wendigo al terminar el rodaje. No eres creyente, supongo.
—No… Respeto las creencias religiosas. Mi familia es muy tradicional en ese sentido, pero encuentro muy difícil creer en seres abstractos, por muy divinos o diabólicos que sean.
—Aquí todos creen, lo difícil es mantener la cordura cuando el miedo y el fervor están tan arraigados.
A veces me preocupo cuando corro a solas en el bosque.
Hay momentos en que siento un aliento frío en la nuca y las ramas crujen justo detrás de mí.
Es cuando empiezo a correr más rápido, con la sensación de que algo me persigue y…
Un ruido entre ambas las sobresaltó. Abi dio un respingo y soltó un pequeño alarido.
La caja de nubes se movió y Kelsey se puso en pie con celeridad, tocando las palmas hacia la oscuridad.
Cuando se giró hacia Abi soltó una carcajada al ver su rostro aterrorizado y mirada perdida entre los árboles.
Se sentó a su lado apoyando una mano en su hombro alumbrando en la lejanía con su linterna.
—Tranquila, solo son mapaches. Son muy hábiles para hacerse con cualquier snack —anunció descubriendo a los ladronzuelos de nubes con su botín en las manos.
Abi no sabía cómo interpretar lo sucedido. Indignación. Temor. Rabia. Vergüenza. Todas las emociones al unísono.
—¿Sabías que estaban aquí?
—Están por todos lados. En la ciudad también tenéis —se burló Kelsey.
—Pensaba que…
—¿El Wendigo había venido por nosotras? Quizá ya no eres tan escéptica.
—¡No! No es eso…
—No te preocupes, ¿qué tal si te escolto hasta la tienda y me aseguro de que no vayan a volver? Ya es tarde, te vendría bien descansar.
—Gracias, me sentiría más tranquila.
Abi la siguió por inercia hasta su tienda, observando cómo Kelsey comprobaba el estado de la estructura y sostenía la lona para ella.
Cuando la guardabosques le ofreció su linterna se dio cuenta de que, al igual que en el momento en que se vieron por primera vez, Abi se encontraba de rodillas frente a ella agradeciendo su presencia en una ridícula posición.
Deseó fervientemente que Kelsey no hubiese tenido el mismo pensamiento cuando cerró la cremallera.