La cacería de las bestias salvajes Capítulo 8.
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Capítulo 8.

La luna destelló escapando temporalmente de su prisión, no obstante, las nubes terminaron por sofocarla cruelmente ocasionando que el único aporte de luz entre los árboles sumiese a Abi en una noche cerrada.

Su linterna, a la par que la luna, parpadeó moribunda para abandonarla en su hora de más necesidad.

Los golpes de Abi fueron inútiles para devolverla a la vida.

En su lista de la compra mental anotó pilas con un gruñido y se volvió hacia el coche.

Algo correteó entre la hojarasca en ese instante aproximándose hacia ella.

Abi se metió a toda prisa en el vehículo y encendió el motor.

La luz de los faros irrumpió en la oscuridad inesperadamente, descubriendo la figura aterradora de un engendro alzándose entre los árboles.

Abi contuvo la respiración enmudecida, aguardando en la falsa seguridad que ofrecía la protección de su vieja miniván, hasta reconocer que las sombras estaban producidas por la tienda de campaña a medio montar en su parcela.

Aliviada, Abi reanudó la agotadora tarea de interpretar las instrucciones de montaje y realizarlo acordemente sin contar con el comodín de internet. Gracias a la intermitente recepción en la zona apenas podía recibir poco más que un simple mensaje de texto.

—Montar las varillas para crear los ejes —estudió el estado del material con tramos de metal colgando flácidamente—... Okay, ese podría ser el problema.

Extrajo uno de los ejes del anclaje y ensambló las varillas con paciencia.

Consiguió reintroducirlo en la posición inicial y se dirigió a enganchar decidida el otro extremo al anclaje inverso, en cuanto dio un paso, la barra impulsó la lona en la dirección contraria.

El eje en su mano se deshizo y las varillas colgaron hasta golpear el suelo.

—¡No puede ser tan difícil! ¿¡Cuál es el problema!? —exclamó con frustración al amasijo frente a ella.

Arrastró la tienda hasta la zona iluminada entre murmullos de protesta y comenzó el proceso nuevamente.

Recompuso cada tramo de metal, enganchó un extremo en la anilla indicada y, mientras pisaba la lona para bloquearla, arqueó el eje apuntando el otro extremo al anclaje opuesto.

Estaba a punto de lograrlo cuando la punta cercana se escapó y la tensión del eje se disipó.

Abi no se dio por vencida. Encajó el extremo que aún sostenía en la mano y aunó la escasa paciencia que le quedaba para ponerse en el centro de la lona y acoplar el otro.

Con los brazos extendidos al límite de sus posibilidades, finalmente el extremo rebelde dio en la tierra y aguantó erguido.

Abi lanzó las manos al aire para admirar su obra y soltó un grito triunfal que se tornó en derrota cuando la instalación se derrumbó ante sus ojos. Con desesperación se arrodilló y acercó el eje maldito, inclinándose hacia delante, estiraba la lona cuando creyó escuchar una voz susurrar.

—Buena vista…

Abi se giró rápidamente hacia su interlocutor. A contraluz, solo percibía la silueta de una persona uniformada con sombrero y las manos apostadas en el cinturón.

—¿Qué?

—Una pista —la voz se elevó—, si intentas acoplar los ejes al cuerpo de la tienda te irá mejor que haciéndolo con el cubretecho.

Si Abi no estaba segura de qué había oído con anterioridad, en ese momento estaba convencida de que no debían estar dirigiéndose a ella.

—¿Qué? —repitió.

—Esta es tu primera vez montando una tienda de campaña, ¿verdad?

La mujer al fin dio un paso hacia la luz y Abi la observó con recelo al comprobar su cómica postura para recibir a la extraña, arrodillada frente a ella.

—¿Qué me delató? —preguntó con la arrogancia de una confianza que no sentía.

—Tenía una corazonada.

El intercambio de miradas produjo un leve silencio. Abi se aclaró la voz.

—¿Hay alguna posibilidad de que una ranger experta comparta sus conocimientos con la comunidad?

—¿La comunidad? —Miró a su alrededor entre risas— Solo veo a una damisela en apuros.

—¿Damisela en apuros? Vaya, ¿eso en qué te convertiría, en mi caballero de brillante armadura?

—Me vale —dijo depositando el sombrero sobre el capó del coche—, pero es guardabosques, no ranger. La veteranía es importante.

—Semántica.

Abi se sorprendió al ver la melena rubia caer libremente sobre los hombros de la guardabosques. Registró la palabra en su cabeza. Guardabosques. Guardabosques de ojos azules que se inclinó hacia ella extendiendo la mano.

—Señorita…

—Muy agradecida, señora guardabosques —comentó burlona tras dejarse aupar.

—¡Ey, no soy tan mayor!

—Perdón, lo tradicional tiene un regusto añejo y pensé que era lo más adecuado —se sacudió la tierra de las mallas.

—Intentaba ser caballerosa.

—Ahí lo tienes. Anticuada.

—¿Eres así de grosera con todas las personas que intentan ayudarte?

—¡No estoy siendo grosera! La valoración es toda tuya, yo me he remitido a describir hechos objetivos.

—Los hechos son que es de noche, tu parcela parece una pocilga y el comprobante de la reserva no está visible en el vehículo ni colocado en su sitio —señaló hacia un lugar indeterminado para Abi.

—Genial, menos mal que he dado con la autoridad local para ayudarme a solucionarlo, ¿ves? Fácil solución.

—Tienes suerte de que estés b… —La voz se perdió antes de terminar la palabra.

La vívida imaginación de Abi creía haber escuchado mal.

—¿Esté qué?

—En buenas manos —respondió rápidamente.

—¿Es eso verdad?

—Las mejores de todo el condado y me atrevería a decir que todo el norte de Ontario —acompañó con una sonrisa socarrona.

—Eso asienta unas expectativas un tanto altas. ¿Debería echarme a un lado y ver la demostración práctica?

—¿A qué te refieres? —perdió el hilo observando a Abi abrocharse la sudadera.

—La tienda. ¿No se trata de eso? ¿Ayudarme a terminar mi alojamiento mientras aún es de noche?

—¡Sí, claro! Enseñarte, más bien. Hay que empezar desde cero con todo el lío que has montado.

—Estaba siguiendo las instrucciones. No puede haber ido tan mal.

—Entonces, ¿por qué están los vientos atados en la lona protectora?

—Literalmente no… —suspiró— Todo parece lo mismo. No tengo tiempo para hacer un máster de ingeniería.

—Es más fácil de lo que parece. Empecemos por la base, trae la lona protectora —señaló hacia el material en el suelo.

Abi lo acercó escéptica hasta la guardabosques y, estirándola entre ambas, la dejaron en el suelo con cuidado—.

Aquí estarás bien. La superficie es lisa y por la mañana no tendrás sol directo sobre la tienda.

Ahora toca el cuerpo de la tienda —tomó uno de los ejes de varillas y acopló los enganches en su diagonal, mostrando a Abi cómo repetir sus movimientos al otro lado—.

El momento complicado: levantar la estructura y anclarla.

Sujeta bien mientras —hizo fuerza para arquear el metal— lo ajusto... Tu turno.

Abi tardó unos segundos en controlar el eje, pero logró su objetivo con satisfacción.

Repitieron los mismos movimientos para consolidar la estructura básica de la tienda y entretanto Abi memorizaba los pasos, su instructora extendió la cubierta, se aproximó hasta ella y le ofreció una pequeña bolsa.

—¿Y esto? —Abi preguntó estudiando las piezas metálicas.

—Son las piquetas. Haz toda la tensión que puedas con los anclajes de la base y los vientos, las cuerdas que salen del cubretecho. Úsalas para atar bien la tienda y asegúrate de que se clavan hasta el fondo. No queremos que tropieces con ellas.

—No. Definitivamente no queremos eso.

En pocos minutos la tienda se erguía finalmente para alivio de Abi, quien había considerado en múltiples ocasiones la posibilidad de dormir en el maletero del coche antes de la fortuita llegada de una mano amiga.

—¿Ya está? —preguntó con asombro.

—Necesita alfombrilla, saco, mantas quizá, pero lo esencial está. ¡Buen trabajo!

—Gracias…

—Key —se percató de la extraña mirada de Abi—Kelsey. Pero todos me llaman Key.

—¡Gracias, Key! Claramente necesitaba una lección práctica de acampada.

—Cuando quieras podemos continuar las clases particulares.

—Oh… —Abi consideró por unos segundos la situación, podía ser una inocente propuesta nacida de puro altruismo por la guardabosques o podía significar algo más.

Kelsey por su parte, reconoció el tono de su respuesta y las posibles insinuaciones que llevaba en un intercambio tan breve.

—Como hacer fuego —soltó abruptamente—. Apuesto a que más allá de alguna barbacoa no has encendido un fuego de campamento.

—Es cierto. No he tenido el placer.

—Eso podemos remediarlo ahora…

—Abigail. Abi —extendió la mano para oficializar la presentación y Kelsey apretó con suavidad y firmeza a la vez.

Su coche eligió ese preciso momento para ensombrecer la intensa mirada azul de Kelsey y dejarlas en completa oscuridad—.

¡La batería! Por favor, que no sea la batería —murmuró aligerándose hacia el vehículo.

Kelsey iluminó su camino con el haz de luz de su linterna.

—¿Por qué no hacemos una cosa? Veo que has comprado madera, voy a encenderla para ganar tiempo y así puedes ir llevando tus cosas a la tienda. Cuando termines habrá un buen fuego para hacer smores .

—Me parece genial, Key —gritó desde el coche—. Sin embargo, el plan presenta una pequeña fisura: no tengo nubes, ni chocolate, ni…

—¡Déjalo en manos de los profesionales!

—¡Toda suya, guardabosques! —Abi se ruborizó al oírse a sí misma y agradeció la semioscuridad del interior del coche para ocultarlo. Decidió no tentar la suerte de su batería y hurgando entre las bolsas de los asientos de atrás, fue completando el equipamiento de la tienda.

Mientras tanto, Kelsey avivaba las llamas con un paipay. Abi observó cautivada el instante en que la guardabosques sonreía satisfecha con el ritmo en el que la leña se consumía y se disponía a afilar meticulosa las puntas de dos palos de madera.

—Buen asiento —comentó Abi al acercarse, indicando los troncos que hacían las veces de silla.