La cacería de las bestias salvajes Capítulo 7. #2
18%

Capítulo 7. #2

De no ser por la quemadura en los dedos sobre los que el café se había ligeramente derramado, Kelsey habría prestado más atención a la peculiar admisión.

Ofreció la bebida a su jefe y, antes de poder reaccionar, Douglas Landry o “el Sheriff”, como todos en el pueblo se referían a él, tomó de su otra mano el segundo vaso de café.

Kelsey lo miró perpleja, trató de responder cuando el Sheriff se adelantó.

—Ya no quedan asistentes como esta señorita, Rick. Has tenido suerte. Hay días que prefiero evitar la comisaría con tal de no verle la cara a Maureen. Esa vieja no hace más que quejarse.

El superintendente lanzó una carcajada.

—¡Maureen es cinco años más joven que tú, Doug!

—Por eso mismo. Hace ya muchos años que prefiero entrar por la puerta de atrás y tú sabes lo que estoy diciendo —comentó entre risas.

Kelsey vio el lado positivo de haber sido arrebatada de su café, ahora podría estar cometiendo un delito contra la autoridad, aunque la bilis en su garganta fue incontenible.

Los dos hombres continuaron con chascarrillos inapropiados ignorando su presencia en la sala.

Kelsey los observaba con estupor. El jefe de policía nunca había sido de su agrado, no obstante, nunca había sentido tanta repugnancia como en ese momento en esa oficina de apenas seis metros cuadrados.

Encajado entre los reposabrazos de la silla, sus manos rechonchas se alternaban en sostener el café.

Su camisa, abotonada desafiando la resistencia del tejido, estaba rematada por una mancha rojiza y los restos de azúcar glasé de su barba iban a conjunto con los de sus guantes.

La humedad en la habitación que habían causado sus proyectiles de saliva era palpable y Kelsey evitó mirarlo a contraluz.

—¿Quieres una rosquilla, jovencita? Están rellenas —Doug preguntó acercándole la caja sobre el escritorio.

Kelsey reprimió una arcada.

—¡No, gracias! Muy amable.

—¡Haces bien! A tu edad aún debes de mantenerte en forma —el policía se volvió hacia su amigo sin más—. En fin, Rick, el departamento está a tu disposición, como siempre. Si tienes algún problema con Holly…

—¿La Jefe Holly? —Kelsey soltó abruptamente.

Las relaciones entre la policía del condado y la Reserva Little Frog de los Debwewinni eran fuente de tensiones desde su creación.

La coordinación entre la nación originaria y Beaumont era frágil.

En los últimos años habían avanzado gracias al papel menos litigante de la Jefe Holly y las públicas amonestaciones del gobierno provincial al alcalde de la pequeña localidad.

La popularidad y admiración de Nora Holly en la comunidad corrían opuestas a la indiferencia y criticismo a Armand Landry, alcalde imbatible en los últimos quince años.

Su privilegiada posición como familia de bien de la zona junto a su hermano el jefe de policía, se añadían a la apreciada relación con el principal benefactor de sus campañas y filántropo local, Buck Terrance, dueño de la compañía minera que abastecía a la región de un más que necesario empleo o un lento envenenamiento, según la fuente consultada.

Armand había anunciado su deseo de jubilarse a final del verano y pasar el bastón de mando a su propia hija, Mary Jane, con la bendición de Terrance.

Las próximas elecciones tendrían lugar en octubre y los Landry temían la aparición de la candidatura de Adelaide Marsden, actual concejala de la oposición firmemente apoyada por el Consejo de la Reserva, en especial por la Jefe Holly.

Cualquier relación con la Reserva en esos momentos presentaba un matiz político más marcado que de costumbre.

—Tengo previsto reunirme con Nora esta semana —respondió su jefe con naturalidad.

—¿Va a plantearle mi propuesta para sanear los senderos del noreste? —Kelsey dejó entrever su exceso de ilusión.

—¿Nativos recorriendo esa zona del parque? —El Sheriff se rio con sarcasmo— Buena suerte con eso. Esos supersticiosos prefieren hacer el vago y ahogarse en una botella antes que poner un pie ahí.

—Sería una acción conjunta para promover el empleo sostenible y la relación con el Parque.

El policía se irguió, liberándose de la opresión de los reposabrazos entre risas.

—¡Qué dios guarde tu ingenuidad, Harvey!

Estaba a punto de marcharse cuando Kelsey recordó a Nick.

—Jefe Landry, ayer me encontré un perro perdido… —Recordó de súbito que los carteles se habían quedado en la barra.

—¿Y qué tiene eso que ver conmigo? ¿Se identifica como humano?

Las risas de ambos hombres retumbaron como golpes en su estómago.

—¿Nadie ha preguntado por él en comisaría?

—Si lo hicieran, Maureen sería la primera en echarlos de allí por hacerle perder el tiempo.

—Comprendo —añadió Kelsey sin convicción.

Poniéndose el sombrero y haciendo un ademán de despedida, el jefe de policía se marchó y su superior indicó el asiento libre.

—Me temo que ha habido un pequeño cambio de planes en la agenda que teníamos para hoy —explicó Rick—. El técnico que debía llegar a mediodía al camping está liado en otra avería en Trenton Sound y no tienen a nadie más para sustituirlo.

—¿Vamos a seguir sin electricidad otro día más? Ya tenemos varias quejas de los campistas de las caravanas.

—No, de eso quería hablar contigo. En el turno de tarde están asignados dos rangers novatos y me gustaría que fueses tú quien supervisase al técnico.

Llegará cuando termine en Trenton, pero no tenemos hora estimada.

Sé que este fin de semana estás de mañana, pero confiaría más en que quede arreglado si tú estás presente.

«Así que era eso» se dijo mientras reunía la confianza necesaria para no sonar desilusionada.

—Claro, eso está hecho.