La cacería de las bestias salvajes Capítulo 7.
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Capítulo 7.

Un flash de luz cegó momentáneamente a Kelsey.

El mecánico ruido de la fotocopiadora retumbaba contra la pared anunciando el final de su cometido y Kelsey esperó las últimas copias tratando de recuperar la visión.

Con la seguridad del taco de carteles en su mano observó su obra terminada: el título en grandes letras “¿Reconoce a este perro? Encontrado en el bosque” aparecía sobre la fotografía de Nick tomada en el jardín esa misma mañana y los datos de contacto de Kelsey completaban el poster con la fecha del día anterior.

El número de teléfono asociado a la placa en el cuello del can había resultado ser una pérdida de tiempo, la línea seguía desconectada. Si hubiesen encendido el móvil, las notificaciones de Kelsey habrían consumido una considerable parte de la batería del dispositivo en pocos segundos.

Ningún campista recordaba haber visto al perro ni sus dueños, tal como informaron a Kelsey cuando atravesó con Nick las instalaciones.

Tras repasar las reservas de acampada en travesía comprobó que no quedaban senderistas en el Parque desde hacía dos semanas.

El enigmático origen de Nick no correspondía a su jurisdicción ni a la de la Reserva de Little Frog, según su conversación con la Jefe Holly.

Su hipótesis se centraba en alguna de las familias veraneando en la temporada más asequible de las casas del lago Walleye o algún visitante puntual de la zona sin cargador de móvil.

Al menos, eran las conjeturas más halagüeñas para el regreso a casa del can.

Beaumont seguía siendo un pueblo tradicional en la mayoría de sus aspectos y los medios de comunicación continuaban anclados un par de décadas atrás.

Kelsey envió un email al Estándar de Trenton, el periódico local, con la esperanza de que incluyesen su anuncio en la siguiente edición.

Con algo de suerte, la imagen de Nick sería publicada en una semana, ampliando el alcance de su búsqueda al resto del condado.

Mientras tanto, los carteles eran su mejor opción.

Afortunadamente, el perro era sociable y se había adaptado rápidamente a la casa de su padre como uno más de la familia.

Una vez había saciado su hambre y comenzó a jugar con el elenco de rescates que su padre había adoptado, Nick se comportó como una mascota sana y normal.

Fue a mitad de la noche cuando los despertó con sus gimoteos rascando la puerta principal.

Kelsey durmió abrazada a él en el sofá para tranquilizarlo hasta bien entrada la mañana.

Empujaba distraída la puerta del supermercado con el hombro cuando alguien protestó. Kelsey se paró en seco y algunos de los carteles volaron hasta el suelo. Unas manos ágiles se adelantaron a ella.

—¡Kelsey! ¿Cómo estás? —Stephen Price, antiguo compañero de instituto, se recolocaba las gafas ruborizado y pasándole las hojas tras leer el anuncio— Vaya, ojalá pudiera ayudarte, pero no recuerdo haber visto un chucho así.

—Gracias, Steve. Seguiré intentándolo —continuó con su salida sonriendo por cortesía.

Steve sostuvo la puerta para dejarla pasar e inesperadamente, impidió que se marchase poniéndose en su camino. Kelsey lo miró desconcertada, apretando los carteles contra el pecho, aguardando una respuesta.

—Podría… —Tragó saliva y señaló a Kelsey— Si me das algunos puedo colgarlos en la farmacia.

—¡Ah, claro! Gracias por ofrecerte, Steve —comentó con alivio—. Te dejo algunos más, por si acaso.

Steve tomó varios y se balanceó meditabundo sobre las puntas de los pies. Kelsey lo observó apática, comprobando de reojo la hora en su reloj.

—¿Vas a colgarlos por ahí hoy? —preguntó finalmente.

—Ese es el plan.

—Si quieres puedo ir contigo. Estoy libre hasta el mediodía y tengo la camioneta de mi padre aquí aparcada —el tono casual sonó demasiado forzado.

—Es una buena propuesta, Steve. Pero, ¿sabes qué sería aún más útil para mí? Si cada uno los reparte en una zona diferente. Tu podrías ayudarme con los postes de la carretera Molson y el hotel y yo podría seguir con la calle principal. Divide y vencerás, ¿no era así?

—Claro. Sí, es más efectivo así…

Aprovechando su deliberación Kelsey soltó la mitad del taco en su mano y se despidió con una sonrisa. En la acera, unos pasos se aceleraron hasta alcanzarla. Un toque en la cadera la obligó a mirar a su izquierda.

—He visto lo que has hecho con ese chico ahí atrás —Leanne comentó agarrando uno de los carteles—. El pobre está tan obsesionado contigo que no se ha dado cuenta de que te has aprovechado de él.

—Tonterías. No me he aprovechado, solo he redigirido sus esfuerzos. Steve quería ayudarme y eso está haciendo.

—Key, ese chico no quiere ayudarte a poner carteles, sino a crear una fábrica de pequeños Prices. Un ejército de niños rubios y de ojos azules.

Kelsey soltó una carcajada justo antes de abrir la puerta para su amiga con un gesto caballeroso.

—Ni hablar. Antes me hago ermitaña.

—Oh, cariño. ¿No lo eres ya? Chica, no sé por qué te resistes. Es bien aparente, tiene dinero y está coladito por ti. ¿Qué tiene de malo? ¿Demasiado estable emocionalmente para ti? —preguntó tomando asiento en un taburete de la barra.

—¡Mira quién habla! —Kelsey se sentó a su lado y saludó con una mano a la camarera.

—Lo sé… —Suspiró— ¿Encontraste un perro abandonado? —Agitó el cartel en su mano y lo dejó sobre la barra.

—Perdido. No creo que lo abandonasen. Tenía todavía la chapa de identificación, aunque no ha sido de gran ayuda.

—Pobre chucho —reparó en el chapucero vendaje de la mano de Kelsey—. ¿Y eso? ¿Te mordió?

—¡Ah, no es nada! Me arañé cuando intentaba liberarlo de un matorral. Su correa se quedó enredada y estaba atrapado. Es normal que estuviese nervioso.

—La guardabosques Harvey, siempre al servicio de quienes más la necesitan. Siempre que tengan o estén a cuatro patas, claro.

—¡Leanne! —Kelsey soltó indignada entre risas comprobando que el comentario no hubiese llegado a oídos de la clientela.

—¿Acaso no es eso lo que se dice?

—No deberías creer todo lo que oyes.

—Por eso confío en la fuente oficial para que me de los detalles jugosos. ¿Te ha respondido ya tu flamante cita sobre el Festival?

Kelsey titubeó antes de responder.

—Aún no. Está con su familia y no tiene tiempo.

—Cariño, donde hay voluntad hay camino. Si esa chica quiere un pedazo de esto —la señaló de arriba abajo—, más vale que se lo curre.

—Ya tuvo un buen pedazo, créeme —bromeó socarrona para desviar el curso que la conversación iba a tomar.

—No, no, guardabosques. Sabes a qué me estoy refiriendo. Esto debes guardarlo bien —dio dos toques sobre su corazón—. Si mañana aún no ha respondido, olvídala. Haz caso a tus mayores, hemos aprendido a base de palos.

—No eres tan mayor, Leanne.

—Sé que me conservo estupendamente, es una cualidad que…

—Leanne, si vas a sermonear a la joven ponte el delantal —interrumpió Marla rellenando sus cafés—, si no, déjala que desayune tranquila. No ha venido aquí para escuchar tus clases magistrales de la universidad de la vida.

—Pues debería —comentó Leanne tomando un sorbo de su café.

—¿Y tu flamante cita qué? ¿Cómo fue? No creas que se me ha olvidado.

—A mí tampoco, cariño —ronroneó en voz alta—. Este sí que sabe tratarme como una mujer de verdad.

—Me alegro por ti, Leanne. ¿Vas a presentárselo a Porter?

—Es muy pronto. Quiero asegurarme de que va a ser buena influencia para él antes de meterlo en casa. Si sigue estando para comienzos de temporada —hizo una pausa—, le invitaré a un partido del instituto para que se conozcan.

—¡Es verdad! Oí que Porter había entrado en los Copper Knights. Debes estar muy orgullosa.

—Es el único chico de color en ese colegio, lo habrían seleccionado aunque fuese un zoquete.

—Eso no es cierto, el entrenador es muy exigente. Si no viese madera de jugador en él no estaría en el equipo.

—Cariño, ¿has mirado a tu alrededor? ¿Ves algo de diversidad en este pueblo?

—Solo intento decir que… —Kelsey no sabía cómo continuar.

—Lo sé, Key. Es lo que hay. Agradezco que pienses que mi hijo pueda ser bueno en los deportes. Le vendría bien hacer amigos de una vez —suspiró.

—Estoy segura de ello. Apúntame como fan número uno para animarlo en cada partido y si necesita entrenamiento extra siempre puedes llamarme. Ando un poco oxidada, pero sería genial.

—Mírate, Kelsey Harvey, la jugadora estrella de Beaumont.

—Golden Knight. Así es como me apodaban.

—Ya decía yo que tenías aire de deportista popular de instituto. Puedo imaginarlo perfectamente —comentó haciendo un círculo con una mano frente a ella.

—¡Ey!

—Es verdad, cariño. Transpiras deportista follador. ¿O me equivoco? —bromeó con picardía.

Kelsey se puso en pie entre risas nerviosas.

—¡Está bien, ya es suficiente! Marla, ponme dos cafés para llevar —pidió a la camarera al final de la barra—, si sigo aquí voy a salir escaldada. Claramente Leanne se está divirtiendo demasiado a mi costa.

Dos vasos de humeantes se materializaron frente a Kelsey y los tomó apresurada para salir de allí y escapar de la lengua suelta y mirada traviesa de su amiga.

—¡No lo olvides, Key! ¡Si no responde antes de mañana, dalo por terminado! ¡Es por tu propio bien! —exclamó Leanne antes de que desapareciese tras la puerta.

* * *

Kelsey anunció su llegada con dos suaves toques de los nudillos en el cristal.

Se percibía un murmullo ininteligible en la oficina.

Al oír la invitación para entrar, giró el pomo manteniendo el equilibrio de un café sobre otro, centrando su atención en no derramar el preciado brebaje.

Sin embargo, el vertido fue inevitable cuando al abrir la puerta por completo encontró al jefe de policía sentado frente al superintendente, observándola con su familiar sonrisa inquietante.

—Kelsey, ¡qué bien que hayas llegado! —Saludó su superior— Mi viejo amigo Doug ha decidido interesarse por el Parque.