La cacería de las bestias salvajes Capítulo 5.
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Capítulo 5.

Un paso tras otro y repetir incansablemente.

Kelsey corría por el sendero con su rutina matinal.

Apenas había amanecido, era el mejor momento para entrenar.

La tenue luz del alba permitía ver el camino sin necesidad de linterna y la baja temperatura era ideal para evitar la deshidratación.

A cada zancada, el vaho de su respiración se unía a la niebla y el sudor sobre su piel al descubierto se confundía con el rocío de la mañana.

Correr. Despejar la mente. Sentir el aire fresco.

Kelsey avanzaba instintivamente, conocía cada raíz, piedra y recoveco del trayecto.

La música a todo volumen en sus oídos contrastaba con la quietud del bosque a esas horas.

El rock duro proporcionaba una banda sonora peculiar para el umbrío paisaje del Parque al amanecer.

Una pequeña ardilla se cruzó rápidamente en su camino y Kelsey saltó en exceso para esquivarla, aterrizando con una mala posición. Su tobillo se resintió de inmediato.

—¡Joder! —se quejó en voz alta.

Se detuvo a comprobar el estado de su tobillo, sentándose en la tierra para tantear la articulación y probar su movilidad, realizaba giros suaves con el pie mientras miraba a su alrededor.

Afortunadamente, no había lesión y la distancia hasta el camping era manejable incluso a pata coja.

No obstante, Kelsey agradeció la soledad de pasar desapercibida incluso si hubiera necesitado ayuda para caminar.

Encontrar a la guardabosques, despeinada, sudorosa y en ropa de deporte tirada en el suelo en medio de un sendero no ofrecía una buena óptica en el pueblo.

Observaba los helechos más bajos cuando divisó una extraña sustancia parduzca.

Palpó la materia viscosa y la olió de cerca.

Un aroma ferroso inconfundible. Siguió la estela de manchas sobre el resto de arbustos a los que alcanzaba su vista.

El rastro de sangre continuaba por el lateral del camino varios metros más adelante.

Repentinamente, las ramas de los arbustos que estaba estudiando se agitaron.

La canción en sus auriculares anunciaba “muere joven, muere joven” en ese instante y Kelsey sintió un escalofrío ante la inoportuna letra.

Detuvo la música y comprobó la cobertura de su teléfono.

No había señal. Aguardó inmóvil, conteniendo la respiración.

En esa tensa espera sostuvo su mirada en la maleza, batiéndose con fiereza como una bestia salvaje.

De improviso, el movimiento cesó. Un gruñido lastimero salió entonces del matorral.

Kelsey avanzó lentamente en silencio y agazapada hasta allí.

Tomando aire, se preparó para enfrentarse a lo que se ocultaba entre las hojas y separó las ramas rápidamente.

Descubrió a un perro lloriqueando y tratando de liberarse de su correa, atascada entre las ramas leñosas. El can reaccionó ante su presencia agitándose nervioso, ladrando e intentando abalanzarse sobre ella.

—Ey, chico, ¡tranquilo! Solo quiero ayudarte —Kelsey intentó calmarlo con una voz suave y manteniéndose a una corta distancia.

Esperó hasta el momento en que el animal se calmó para liberar la correa.

Alargó la mano entre las hojas lentamente, separándose del can lo máximo posible y atravesando los tallos espinosos con cuidado.

Sus dedos dieron con el nudo principal y rompió la rama.

El chasquido sobresaltó al perro, que gruñó y se arrojó voraz contra ella con el nuevo margen de cuerda.

Kelsey cayó hacia atrás y su mano se desgarró en una de las ramas quebradas.

El hocico amenazante del animal quedó a un palmo de sus pies, la correa, aún anclada al matorral, aseguraba sus estirones con fragilidad.

Kelsey observó su herida en el dorso de la mano y secó la sangre que brotaba tímidamente. Improvisó un vendaje con su cinta para el pelo y analizó su situación.

—Shh, shh. Está bien. No voy a hacerte daño. Estoy intentando liberarte.

El animal continuó con sus ladridos y tirones hasta que el cansancio fue demasiado extenuante.

Kelsey esperó pacientemente a que reconociese que no suponía una amenaza.

Cuando el perro se echó al suelo desalentado y dejó de ofrecer resistencia, le acarició la cabeza suavemente.

Finalmente, el animal agradeció el gesto cerrando los ojos y le permitió examinar su pelaje.

Mientras desanudaba la correa del collar, Kelsey descubrió manchas de sangre.

Sin embargo, al acariciar el lomo con cuidado, no parecían pertenecer al animal.

—¿Cómo has acabado por aquí? ¿Qué hay de tus dueños? ¿De dónde viene esta sangre?

Kelsey era consciente de que el perro no resolvería sus dudas, aun así, suponía que una voz suave y amistosa relajaría al animal. Le ofreció agua de su mochila en la mano y el can bebió con avidez, entretanto Kelsey continuaba acariciándolo y estudiándolo con detenimiento.

La placa metálica del collar ofrecía un nombre, “Nick”, y un número de teléfono.

—¿Nick eres tú o tu dueño? —El perro ladró en respuesta— ¿Entonces Nick eres tú? —El animal ladró nuevamente— ¡Buen chico, Nick! Vamos a llamar a tu dueño —dijo marcando—. Es posible que tenga que decirle un par de cosas o incluso ponerle una mul…

Alargando el brazo en busca de señal, apareció una barra y Kelsey marcó decidida.

El número al que llamaba se encontraba desconectado o fuera de cobertura.

Kelsey guardó el móvil pensando en las posibilidades para cobijar a este inesperado rescate hasta localizar a la persona responsable del animal.

—Me temo que vas a tener que venirte conmigo, Nick.

Estoy segura de que estarás hambriento, ¿verdad?

—anunció rascándole el cuello— No te preocupes, daremos con tu dueño más tarde.

Ahora te mereces un baño y comida —Nick reaccionó al escuchar la última palabra y lamió su mejilla con afecto—. Quieres comida, ¿eh? ¡Claro que sí!

Kelsey recuperó la correa y volvió a engancharla al collar. El resto del sendero continuó caminando con Nick a su lado. Cuando abrió la puerta de su camioneta, el animal subió directamente al asiento del copiloto sin necesidad de instrucciones.

* * *

Una vez disipada la niebla y la noche quedaba solo en el recuerdo, la mañana se abría paso con rapidez.

La carretera era una senda inalterable. Ese día los animales más atrevidos y kamikazes se mantuvieron alejados del arcén, los transportistas tomaron diferentes rutas y los vecinos más madrugadores se retrasaron.

Un silencio ominoso se desprendía desde las copas de los árboles.

En lo alto, un águila pescadora los vigilaba expectante en su vuelo circular.

Su sombra sobre el parabrisas era la única señal de su presencia.

Kelsey conducía hasta el pueblo con precaución, observando por el rabillo del ojo a su peludo acompañante que permanecía con la mirada al frente, atento al recorrido. Una canción brotó a todo volumen de repente y Nick ladró agitado.

—Ey, tranquilo, es mi teléfono —aseguró descolgando la llamada y dejando el móvil en el asiento— Shh, siéntate. Eso es, buen chico.

—Creo que son las primeras palabras con cariño que me dedicas, hermanita —exclamó la voz desde el teléfono.

—¡No seas tonto! No iban por ti.

—Oh, ya decía yo. ¿Con quién estás entonces a esta hora? ¿Trabajo o placer?

—Ni lo uno ni lo otro. Me he encontrado a un perro extraviado mientras entrenaba. Voy a dejarlo en casa de papá mientras doy con los dueños.

—¿Cuántos perros ha adoptado ya, papá? Aquello debe parecer un refugio de animales.

—Tres, no exageres. Le gusta la compañía.

—Me imagino. ¿Tienes ya los detalles del finde que viene? ¿A qué hora llegas? ¿Vamos a recogerte? Estoy intentando hacer una agenda para aprovechar al máximo y saber a quién presentarte esta vez.

—Has tomado un café doble esta mañana, ¿verdad, Bill?

—Me tomo las tareas de hermano mayor muy en serio. Dime, Rubi.

—Aún no he hablado con Levy sobre la hora. Todo dependerá del tiempo ese día. No le gusta volar con prisas, así que solo puedo decirte que llegaré el viernes en algún momento.

—Está bien, pero no puedo asegurarte que estemos lo suficientemente sobrios para ir a por ti pasadas las ocho. Es el aniversario de unos amigos.

—No pasa nada, soy una mujer adulta, hermanito. Puedo manejarme sola.

—Eso es lo que me temo. En fin, ¿cuál es tu perfil últimamente? ¿Pelirrojas? ¿Morenas? Creo que Viv está disponible, aunque tengo que llamar a Amanda para comprobar. Natalie lleva un tiempo soltera, así que sería presa fácil. También está la compañera de trabajo de…

—¡Bill, para! No, por favor. No necesito que me busques mujeres.

Su hermano resopló al teléfono con desgana.

—Por principios quería mantenerte al margen de mis compañeros de trabajo. Voy a necesitar compensación por esto, pero si prefieres un maromo corpulento y corto de miras, Duncan no está mal y…

—Ni hombres ni ninguna otra persona, Bill —interrumpió—. No necesito que te entrometas en mi vida amorosa.

—¿En tu qué? —Dejó una pausa— ¿Desde cuándo? ¿Quién es? ¡No me habías dicho nada!

—¡Tampoco es que me hayas dado mucho tiempo de hacerlo! Además, es muy reciente, ¿sabes? No quiero gafarlo. Nos hemos visto un par de veces y la invité al Festival.

—Qué romántico… Todo el glamour del Festival de Costillas de Beaumont.

—Bill…

—Es dentro de tres semanas, ¿no? ¿Tanto tiempo vais a esperar para veros?

—Tenía que irse a Manitoba con su familia unas semanas. El Festival es justo cuando vuelve.

—¿Dónde la conociste? ¿Puedo saber su nombre al menos?

—Creo que preferirías no saber dónde ni cómo la conocí, solo te diré que se llama June.

—¡Oh, dios! Dime que no fue en misa, Rubi.

Kelsey se rio. El vehículo finalmente se aproximaba al pueblo.

—Sin comentarios.

Su hermano protestó notablemente.

—Espero que esta sea la definitiva, hermanita. Con tu trayectoria…

Los repentinos ladridos de Nick irrumpieron con violencia.

Kelsey se giró hacia él y alargó la mano para calmarlo, mantenía la mirada en la carretera.

Examinó el pavimento en espera de algún animal atropellado en vano, los márgenes se encontraban igualmente libres.

Al frente, la grúa local giraba en el cruce remolcando un deportivo rojo y desapareciendo de su vista.

Nick continuó ladrando por unos segundos hasta que se dejó calmar. La voz de Bill en el teléfono reapareció cuando se hizo el silencio de nuevo.

—¿Qué fue eso? Tu nuevo amigo se ha puesto muy nervioso.

—No sé, debe haber cruzado un mapache sin que me dé cuenta.

—A lo mejor ha trepado hasta el maletero, esos pequeños ladrones…

—Quizá…

Kelsey se aseguró mirando por el espejo retrovisor y continuó conduciendo con una mano sobre el lomo de animal para mantenerlo calmado.

—Será mejor que te deje hacer de niñera y comience con mi día —terminó con un suspiro.

—¡Que tengas un buen día!

—Tú también, Rubi. Dale recuerdos a papá.

—Deberías llamar de vez en cuando, o incluso mejor, hacer una visi…

—¡Adiós, hermanita!

La llamada se cortó justo a tiempo de entrar en el camino hasta la parcela de Mac Harvey que anunciaba un colorido cartel granate. Antes de bajarse, decidió probar suerte con el número de los dueños de Nick. La línea seguía desconectada.

La puerta del porche se abrió de golpe y una sombra apareció para recibirla mientras un remolino de patas se afanaba por cruzar el umbral. Los perros corrieron entusiasmados hasta Kelsey y esta levantó la mano tímidamente para saludar a su padre.