Capítulo 3.
La brisa matinal se colaba por la ventanilla abierta de la camioneta.
Kelsey disfrutaba conducir sintiendo el reconfortante calor de los rayos del sol tan temprano.
La música sonaba a todo volumen mientras recorría las carreteras del perímetro sur del Parque revisando los destrozos que la tormenta hubiese podido provocar.
Wawasayg era un parque provincial modesto con sus apenas tres mil hectáreas y a estas alturas del año solo quedaban los visitantes más rezagados que aprovechaban los últimos coletazos del verano en la naturaleza.
Afortunadamente, el camino iba tranquilo y sin árboles caídos que reportar.
Tendría que avisar al Servicio de Animales para un par de atropellos menores y revisar en los próximos días si el Dodge rojo continuaba en el arcén.
Por lo demás, era una mañana tranquila y apacible de septiembre.
Los mejores días para disfrutar del Parque.
Antes de girar divisó el coche patrulla atravesado entre los surtidores de la gasolinera. Kelsey maniobró hasta situar la camioneta en buena posición y repostó observando con una mezcla de apatía y curiosidad la habitual pareja de autoridad e infractor del pueblo.
El agente Cory Campbell, con las manos en la cintura y tratando de parecer autoritario pese a los pocos años que le separaban del culpable, sermoneaba al niño dorado de Beaumont, Chris Mitchell, a quién todos llamaban Terrance Junior o Junior por el vínculo con su todopoderoso abuelo.
Junior vociferaba y gesticulaba desde lo alto de su quad para hastío del policía.
Kelsey terminó de llenar su tanque y se dirigió a la tienda. El dependiente la reconoció de inmediato.
—¡Buenos días, guardabosques!
—¡Ey, Ralph! ¡Buenos días! ¿Qué ha pasado esta vez? —preguntó señalando hacia el exterior mientras pagaba.
—Lo de siempre. Creo que hoy iba disparando desde la moto. No sé por qué Campbell se sigue molestando, si sigue así no va a ser más que el niñero de Terrance Junior.
—Creo que Cory asume que ese es su trabajo…
Ambos observaron cómo las desavenencias entre el agente y Junior subían de tono.
—En fin, esta juventud…
Kelsey se rio con complicidad.
—Deberías jubilarte y dejar la gasolinera en manos de tu hija, así no protestarías tanto.
—¿¡Y dejar al inútil de mi yerno libre por aquí!? Antes muerto. Para ti todos estamos mejor si nos jubilamos ya, ¿no es así? —Bromeó.
Kelsey sonrió abiertamente.
—Es solo como favor a la comunidad, ya sabes, la odiosa juventud en algún momento tiene que ocupar vuestro lugar y daros tiempo para disfrutar.
—Disfrutar… ¡Largo de aquí! —Le lanzó una pelota de béisbol desde el mostrador que Kelsey atrapó sin problemas— Antes de que Morgan venga y le pegues esas ideas.
—¡Que tengas un buen día, Ralph! —Se despidió agitando la pelota tras ella.
Tal y como suponía, la discusión continuaba en la gasolinera mientras Kelsey se alejaba. El espejo retrovisor los dejó finalmente atrás justo al adentrarse en el pueblo. Se detuvo en el único semáforo del interior de Beaumont.
Golpeaba el volante al ritmo de la música cantando en voz baja cuando vio por el rabillo del ojo un cúmulo de bolsas de papel avanzando por el aparcamiento del supermercado, manteniendo el equilibrio mientras empujaba un carrito de bebé y tiraba de una niña pequeña.
Kelsey atravesó el carril para estacionar y salió de la camioneta a toda prisa.
—¡Deja que te ayude! —exclamó al arrebatarle una de las bolsas a la mujer.
—Oh, Key. ¡Gracias! Creía que podría con todo, pero se ve que no.
—¡Hola, Sandra! —Se puso de cuclillas para hablar con la niña— ¿Me chocas esos cinco?
La pequeña miró hacia otro lado y se entrelazó entre las piernas de su madre, resguardándose de Kelsey.
—¡Cariño, no seas boba! —protestó su madre revolviéndole el pelo— No te enfades. Está en esa fase. Y, además, los uniformes le dan miedo. Tampoco le gusta ver a su tío cuando viene de patrullar. Creo que ha salido demasiado a su padre —dijo rebuscando las llaves del coche.
Kelsey sacó de su bolsillo la pelota de béisbol y se la ofreció a la pequeña.
—Vaya, había guardado esta pelota para que jugásemos…
La pequeña Sandra tomó la pelota con ambas manos y la observó con una profunda curiosidad, entretanto su madre reordenaba el maletero para acomodar la compra. Kelsey empujó el carrito con una mano mientras sostenía la bolsa apoyada en la cintura hasta llegar a su amiga.
—Menos mal que siempre te tendré a ti, ¿eh, colegui? —Kelsey se dirigió al bebé.
—¿Qué te trae tan temprano por aquí? Pensaba que hoy tenías ronda.
—Las carreteras están bien. Quería terminar pronto para poder entregar mi informe al Súper —contó trasladando la bolsa al maletero.
—Uhhh. ¿Ganando aún más puntos para convertirte en la flamante y sexy versión mejorada del Superintendente? —bromeó Janine— ¿Cuándo se retira el viejo Anderson? Creía que iba a anunciarlo antes del Festival.
El peso de la pelota fue excesivo para una sola mano y cayó torpemente hasta el suelo. Sandra intentó recuperarla, pero solo consiguió darle una patada y hacerla rodar más lejos hacia el borde del aparcamiento.
—Está con los últimos preparativos —informó Kelsey—. Voy a consultar con él los planes de restauración de los antiguos senderos, con ayuda del Jefe Holly si es posible.
—Suerte con eso. Nadie de la Reserva se va a acercar a esa zona del Parque —Kelsey se encogió de hombros—. ¿Cuándo te van a hacer oficialmente su sustituta?
—Es el Consejo quien tiene que decidir, pero tengo su recomendación y nadie más se presenta de la zona…
—Celebraremos en cuanto te lo den, aunque tenga que convencer a Christine de hacer de niñera por una noche. Me alegro mucho, Key, sé que llevas esperando este ascenso desde que volviste —dijo mientras abría la puerta y preparaba el portabebés.
—Gracias, ya va siendo hora de que la vieja guardia de Beaumont deje paso a los más jóvenes.
Sandra recuperó su pelota en el bache de la entrada del aparcamiento. El semáforo pitaba indicando vía libre a los peatones.
—Dilo por ti, Key. No hay mucho sitio que quede por renovar. Tarde o temprano todos se marchan, como tu hermano.
—Bill habría tenido trabajo aquí. Tú sabes por qué se fue…
—También hay que darle oportunidad de cambiar a la gente. Tú te has quedado y va todo bien, ¿no?
La pequeña le dio una patada a la pelota y decidió que era más divertido así que llevarla en la mano. Corrió detrás de ella, trotando alegremente en su busca.
—¡Genial! —Kelsey soltó una risa mordaz entre dientes— Solo tienes que preguntarle a tu marido.
—Lo de él es diferente.
—Eso es cierto, él verdaderamente se ha acostado con las mujeres de medio condado.
—Key —su tono fue una advertencia.
—Janine…
Ambas se retaron a continuar con miradas desafiantes.
El sonido atronador de un claxon y un frenazo las sacó de su particular duelo.
Janine se volvió lívida en ese instante, buscó a Sandra a su alrededor inútilmente y salió corriendo despavorida hacia la carretera.
Kelsey fue más rápida y llegó antes hasta el autobús atravesado en medio del cruce, cogiendo en brazos a Sandra y volviendo a la acera.
Se la entregó a su madre, que, con las lágrimas en los ojos, la puso en el suelo para cerciorarse de que estaba bien.
—¡Sandra, cariño! Sandra, no puedes alejarte de mamá así. No puedes salir a la carretera tú sola.
Kelsey hizo el ademán de agradecimiento al conductor dándole tiempo a Janine con su hija. Volvía hacia el coche cuando escuchó otro frenazo y un portazo. Kelsey tomó aire antes de girarse a recibir al espontáneo.
—¿Qué coño ha pasado? —preguntó el padre avanzando a zancadas hasta ellas.
—Nada, están bien. Solo ha sido un susto —respondió Kelsey por su amiga.
—¡Y una mierda! Lo he visto desde la carretera. ¿Qué cojones estabas haciendo, Janine? —le gritó— Juro por Dios que como le pase algo a mi hija vas a acompañarla a…
Kelsey se antepuso entre el padre y su amiga con las manos por delante.
—Ey, cálmate, Jeremy. Sandra está bien. El conductor la ha visto a tiempo.
—¿Y tú qué coño haces aquí? ¿Cuántas veces voy a tener que decirte que dejes a mi familia en paz? No quiero que te acerques a mis hijos —sentenció con un dedo amenazante sobre el esternón de Kelsey.
Janine se puso en pie con Sandra entre sus brazos, pegando su mejilla a la de su hija y tomando la mano de su marido.
—Cariño, solo estaba ayudándome a cargar las cosas en el coche. Sandra se despistó por unos segundos.
—Estaba distrayéndote de lo que tienes que hacer como madre, que es cuidar de tu puta hija. ¿Es que ni eso sabes hacer bien?
Kelsey apretó los puños y respiró profundamente, irguiendo el pecho ante Jeremy.
—¡Eh! Relájate un poco —gritó dando un paso al frente—. No es culpa de Janine, solo ha sido un susto.
—No te metas, Harvey. ¿No hay un cartel que tengas que reponer en un árbol en medio del bosque?
—La verdad es que no. ¿Has estado bebiendo?
Jeremy escuchó la pregunta como si se tratase de un golpe en la mandíbula.
—¿Cómo? —Dio un paso amenazante hasta Kelsey y Janine se adelantó a él.
—No lo dice en serio, cariño. Vámonos a casa, tengo que cambiar a Terry…
Su marido la apartó con un manotazo sin desviar la mirada de Kelsey.
—¿Qué insinúas?
—Qué casualidad que estabas por aquí y no por el taller…
—Salgo del taller para ver a mi familia cuando me sale de los cojones.
—¿Estás seguro de que no has estado bebiendo?
—Key, por favor… —Janine suplicó.
Kelsey la observó unos segundos y relajó los hombros, dando por zanjada la discusión. Su amiga insistió con la mano en el hombro de su marido para hacerle andar hasta el coche. Finalmente, cedió y tomó a su hija en brazos, volviendo la cabeza a cada paso para mirar con desprecio a Kelsey.
Vigilando que la familia se marchaba del aparcamiento en el mismo vehículo, Kelsey esperó hasta verlos alejarse por la carretera para acercarse hasta el bar andando. El único establecimiento del pueblo que tenía la múltiple misión de ser cafetería, restaurante y pub.
La campana de la puerta advirtió de su llegada a los pocos parroquianos que solían visitar ‘El oso y el castor’ por las mañanas. Una mujer de unos cincuenta años con delantal se giró tras la barra y vertió café en una taza.
—¡Buenos días, corazón! ¿Gofres con sirope o pollo frito? Si estás por aquí a estas horas no es buena señal —dijo acercándole la taza humeante.
Kelsey sonrió y depositó su sombrero en el taburete a su lado derecho mientras tomaba asiento.
—Sirope.
—¿Extra de beicon?
—Me conoces demasiado bien. Ojalá tuviese tu intuición, Marla.
—Eso quisieran todos, reina. Treinta y cinco años sirviendo mesas te hace aprender de todo. Y ver de todo.
—Por eso prefiero el bosque. La gente no es lo mío por lo que se ve —declaró pasándose una mano por el pelo—. Dime, ¿por casualidad ha estado Jeremy por aquí antes?
—Ah, ¿es puro interés o tienes alguna preocupación por la seguridad vial de repente?
Kelsey la miró con gesto serio.
—¿Ha estado bebiendo por aquí o no? —insistió.
—Es posible que le haya mandado un mensaje a su hermano Cory para que le eche un ojo…
—Marla…
—Corazón, cada cual tiene derecho a su privacidad. Incluso alguien como Jeremy. Cory puede que no lo arreste, pero no va a dejar que termine como su padre.
—No sé... Creo que está muy cerca. Estoy preocupada por Janine.
—Janine es lo único bueno en la vida de ese muchacho. Lo mantiene con la cabeza sobre los hombros. Aquí tienes —agregó poniendo el plato de gofres delante de ella.
Kelsey se lanzó de inmediato sobre el desayuno y Marla tomó el silencio entre sus bocados como buen momento para servir una nueva ronda de café entre las mesas.
La campanilla sonó de nuevo. Unos pasos se acercaron hasta ella y el taburete a su lado izquierdo rechinó en el suelo.
Una exuberante melena rizada desveló la sonrisa pícara de Leanne.
—¿Qué es lo que ven mis ojos? Pero si es la guardabosques en un bar por la mañana. ¿O debería decir ‘superintendente’?
Kelsey se giró con las mejillas infladas por el gofre para dirigirse a ella. Tragó haciendo un esfuerzo.
—Aún no.
—En breve. ¿Qué haces por aquí? ¿Te ha entrado un antojo de dulces de repente?
—Podría hacer la misma pregunta, tu turno no empieza todavía.
La mujer a su lado sonrió y golpeó la barra con las llaves.
—Cierto. Es posible que haya aprovechado que mi hijo adolescente ya tiene clases para pasar la mañana preparándome para mi cita de hoy…
—¡Leanne! —Kelsey acompañó el tono cantarín con un toque en el brazo— Estoy muy orgullosa de ti. ¿Quién es el afortunado?
—Hay un nuevo agente inmobiliario en Kaswick que tiene interés en conocer mis propiedades.
Ya sabes a lo que me refiero —dijo señalándose el pecho y guiñando un ojo.
Kelsey soltó una carcajada e intentó contener el gofre que aún masticaba en vano—.
¿Y tú qué? Sé que has invitado a alguien al Festival.
¿Quién se ha merecido tal honor? ¿Él? ¿Ella? ¿Elle?
Kelsey tragó y se ruborizó.
—Ella —casi de forma imperceptible, su semblante cambió.
—Oh, oh, chica. ¿Cuál es el problema esta vez?
—Sigue sin contestar a mi invitación…
—Key —cambió a un tono de aviso maternal—, ¿le has dejado claro que…?
La llamada en el walkie-talkie de Kelsey interrumpió su pregunta. La guardabosques se excusó con un gesto y se puso en pie para recibir el mensaje.
«Harvey, tenemos nuevo avistamiento en zona oeste, cerca de la torre de vigilancia. Hay que coordinar a los rangers para efectuar un rastreo y comprobar las medidas de seguridad del camping.»
—¡Entendido, Súper!
Kelsey lanzó un billete a la barra, tomó su sombrero y, dándole un beso en la mejilla a Leanne, salió a toda prisa.