45 #2
Me sabe la boca a bilis. Quiero meterle un rodillazo en los huevos y romperle la nariz con la frente.
Me quedo quieta. Mantengo los puños pintados cerrados a los costados, lejos de él y lejos del cristal, porque la pintura fresca en esta ventana dejaría mis huellas para cualquiera que venga a buscarlas.
No suelto ni un sonido. Sé cómo acaba su noche.
Si Wade está viendo esto desde los árboles, se lo hará pagar, sin duda.
—Los guantes, Dale —dice Hanley, sin levantar la voz.
Dale retrocede y se pasa la manga por la boca.
De un tirón me bajo el top y la camiseta blanca en cuanto deja de aplastarme.
Nadie más se mueve. Su saliva se me enfría en el cuello.
Con la pintura aún fresca en las manos, me froto el cuello contra el hombro.
Me duelen los pezones donde me ha pellizcado, y el mordisco sigue escociendo.
Quiero que me frieguen con lejía cada sitio que ha tocado.
Y después quiero la boca de Wade en todos ellos.
Por encima del hombro de Hanley, los hombres se están poniendo guantes rojos. Dale flexiona los dedos enguantados hacia mí.
—Las reglas —dice Hanley—. Son más simples que las de Perry.
El terreno de detrás de esta casa es mío, colina arriba y hasta el otro lado.
Está todo vallado. Mi portón se queda encadenado hasta el amanecer, así que nadie se va de aquí en coche antes de esa hora, mis invitados incluidos.
Si tu amigo está en mi bosque, está dentro de mi valla, con nosotros.
—Estos caballeros contarán hasta sesenta —dice—. Después saldrán a buscarte. Si uno de ellos te deja una mano roja en esa camiseta, eres suya hasta que salga el sol. —Mira mi camiseta—. Si está limpia al amanecer, el dinero es tuyo y no volveré a molestarte.
—¿Y la palabra?
—No hay palabra. —Lo dice con suavidad—. Esto no es el edificio de Perry.
Me vuelvo hacia las mujeres que están junto al fuego.
—¿Y ellas?
—Son para los caballeros que no te pillen.
La mujer del moratón mira al suelo. Hanley coge un rifle del rincón, junto a la puerta trasera. Wade me dijo que recordara el rifle, y lo recuerdo. Hanley abre la puerta y entra el frío.
Más allá de las luces del porche, el césped se extiende un trecho hasta la linde de los árboles, y el bosque se alza detrás.
De una viga del porche cuelga una vieja campana de latón atada a una cuerda corta.
Los hombres me adelantan en tropel y salen al porche.
Mojan los guantes en un cubo de pintura junto a la barandilla y cogen linternas de una hilera que hay a lo largo de ella. La pintura roja gotea en las tablas.
Hanley cierra los dedos en torno a la cuerda.
—Perry tenía una frase para esta parte —dice—. Si oyes la campana, corre.
Bajo del porche y cruzo la hierba hasta el borde de la luz.
Me detengo ahí, de espaldas a la casa. El aire de la noche me cala de lleno la camiseta blanca.
Wade está ahí fuera. Los árboles son negros, y siento que me observa.
No miro hacia ellos. Una sola mirada mía y todos los hombres de ese porche mirarán donde yo mire.
Suena la campana y corro. A mi espalda, Hanley empieza a contar en voz alta y los hombres se le unen. Uno grita por encima de los números:
—¡Dejadme algo de ella!
Para cuando llegan al veinte ya estoy bajo los árboles, con las luces del porche a mis espaldas.
Corro cuesta arriba sobre hojas que por debajo están mojadas y por arriba crujen.
Está demasiado oscuro para verme los pies.
Los troncos se perfilan contra un cielo apenas más claro, y corro entre ellos con las manos extendidas por delante.
Una rama me azota la mejilla. Sigo corriendo.
«Hasta la cresta», me dijo Wade. «Cruza por arriba y baja por la otra ladera hasta el arroyo. El granero está más abajo. Ve agachada. Que el ruido lo hagan ellos».
En el sesenta dejan de contar. Un hombre suelta un alarido. Las botas retumban al bajar los escalones del porche.
Cuando miro atrás, las luces ya están en el bosque, por debajo de mí: diez círculos blancos que se balancean entre los troncos y se van abriendo en abanico. En esta oscuridad, la camiseta blanca destaca con cualquier luz. Cruzo los brazos sobre ella. Voy dejando troncos entre las luces y yo.
—Jen-na. —Viene de mi izquierda, agudo y cantarín—. Jen-na. Sal, sal, dondequiera que estés.
Uno de ellos se ríe. A otro se le oye caer entre las hojas.
—¿Dónde cojones se ha metido? —grita, y otros dos se ríen de él.
Me mantengo agachada y subo. Las botas me resbalan en la pendiente. Me agarro a raíces y arbolillos para impulsarme hacia arriba. Me oigo respirar demasiado fuerte, así que respiro más despacio.
A media subida, una luz sube la ladera por debajo de mí, más rápida que las demás.
Me tiro de boca detrás de un tronco caído, con los brazos sobre la camiseta y la mejilla hundida en las hojas mojadas.
Unas botas se detienen al otro lado del tronco.
Su luz barre la parte de arriba, a treinta centímetros por encima de mi cabeza.
En el borde del haz, una gota de pintura roja cae de su guante sobre una hoja, junto a mi cara.
—Sé que estás aquí arriba —dice sin aliento—. He pagado dos veces por ti.
Me quedo inmóvil hasta que me arden los pulmones. Escupe entre las hojas y maldice la pendiente. Su luz se desvía hacia la izquierda y él se aleja monte arriba, cruzando la ladera en diagonal.
Me levanto de entre las hojas y sigo subiendo.
Una luz barre el árbol que tengo al lado.
Me pego al lado opuesto del tronco, con la corteza contra la mejilla y las manos pintadas apretadas contra el pecho.
La luz se detiene en el árbol y se queda ahí.
Oigo respirar al hombre que la sostiene. Le huelo el whisky encima.
—Te oigo —dice—. Sal de ahí, Diecisiete.
Es la voz de Dale, la que tenía pegada al oído junto a los ventanales. Va de farol. A su derecha, cruje una rama. Su luz gira hacia el ruido y él sale tras él a trompicones, haciendo ruido. Ese ruido no lo he hecho yo. Suelto el aire contra la corteza y sigo subiendo.
En lo alto de la loma hay un puesto de caza, una caseta sobre cuatro patas con una escalerilla, negra contra el cielo. Me agacho junto a una de las patas y vuelvo a mirar cuesta abajo.
Estoy jadeando y tengo los brazos entumecidos de frío. Cuento las luces que hay más abajo y me salen nueve. Las cuento otra vez para asegurarme. Donde Dale persiguió el ruido, la ladera está a oscuras, y nadie de ahí abajo lo llama a gritos. Wade debe de haberlo encontrado primero.
La mayoría de las luces deambulan por la ladera en todas las direcciones, y todavía oigo risas ahí abajo.
Una luz sube en línea recta por donde he subido yo, lenta y constante.
El hombre que la lleva no hace ningún ruido.
Mantiene el haz bajo, sobre las hojas, sobre mi rastro. Pienso en el hombre del vaso lleno.
Cruzo corriendo lo alto de la loma hacia el sonido del arroyo. Nueve hombres me están cazando en el bosque de Hanley, y el hombre sin boca los está cazando a ellos.