37
Por la mañana, Wade está de pie junto a mi barra, a cara descubierta y con una taza de mi café en la mano.
La barba que le asoma en la mandíbula es oscura, y la cicatriz bajo el ojo parece más blanca a la luz del día que de noche.
La navaja de Mears está cerrada sobre la barra, junto a su mano.
Enfrente está mi cámara con la tapa del objetivo puesta, y al lado, boca abajo, la tarjeta de Keene, con el número de móvil escrito detrás en tinta azul.
Puse la tarjeta ahí al volver del restaurante. Wade no la ha tocado.
—Cuéntame qué has averiguado.
—Keene tiene un segundo móvil —dice Wade—. Lo guarda en el garaje, lejos de su mujer, y anoche lo usó para llamar a alguien. Tiene su propia copia de las imágenes de la Carrera. Sigue viéndolas.
Dejo la taza con cuidado, para que no tintinee.
—¿Qué más?
Mira de reojo la tarjeta.
—El muy cabrón se jactó de haberte visto en el desayuno. De haberte puesto la mano encima.
—Todo el restaurante estaba mirando —digo—. Si no, te habría dejado que le cortaras la mano por la muñeca.
Suelta una risa seca.
—Puede que haya otro. Keene comió junto al agua con un hombre mayor, con un abrigo gris marengo, y le enseñó ese móvil. El hombre conduce un sedán gris de lo más corriente. Tengo su matrícula.
Doce hombres me vieron aquella noche. Tenemos el nombre de uno y puede que la matrícula de otro. Giro la taza un cuarto de vuelta sobre la barra.
Señalo con la cabeza la navaja que tiene junto a la mano.
—Quita eso de mi barra. Primero Stanek. Después, Keene es tuyo.
Cierra la mano alrededor de la navaja y se la guarda en la chaqueta.
—Dijiste que le darías a Stanek un motivo para quemarse él mismo —dice—. ¿Cuál es?
—Una orden de registro. Su abogado no deja de decirles a los periodistas que algunas de las cámaras de la Curtiduría no funcionaban la noche de la Carrera.
La foto que me mandó Stanek viene de la cámara del Raspado.
Esa cámara funcionaba, así que le ha estado ocultando a la policía imágenes de esa noche.
Esta tarde le llevo la foto a Dave. Le digo que Stanek me sentó delante de sus monitores y me puso lo que grabó esa cámara.
Dave se lo lleva a un juez y consigue una orden para los discos duros de Stanek.
—Así Dave consigue los discos. ¿Y cómo consigue eso que el incendio parezca cosa suya?
—El día que el juez firme la orden, alguien del juzgado avisará al abogado de Stanek.
Lo he visto pasar en casos de Dave. El abogado se lo cuenta a Stanek.
A partir de ahí, Stanek sabe que Dave va a por pruebas que pueden mandarlo a prisión.
Si después de eso muere en un incendio en su sala de control, con los discos quemados, todo el mundo creerá que el fuego lo provocó él.
—El día que se entere, sabrá que fuiste a ver a Dave —dice Wade—. Puede mandarle a Dave la parte que empieza en la puerta.
—No la mandará. Ese vídeo es lo único con lo que puede negociar el móvil de Mears, y sus mensajes están en ese móvil. Cualquier cosa que le entregue a Dave demuestra también que ocultó imágenes de un asesinato.
—¿Y cómo sé qué noche es?
—Vigilas su casa. Cuando aparezca el coche de su abogado, esa es la noche. Se lleva esos discos a la Curtiduría todas las noches. Cuando el abogado se marche, me llamas en cuanto Stanek salga con el maletín.
—¿Y si Dave ejecuta la orden antes?
—Entonces Dave se queda con cada minuto de la Carrera y estamos acabados los dos. —Le sostengo la mirada—. No lo hará. Dave ejecuta sus órdenes al amanecer, con un equipo detrás. Siempre lo ha hecho. Stanek tiene una noche desde que su abogado se lo cuente, y esa noche es nuestra.
—¿Y las copias?
—Las copias de Stanek se quemarán con él, el maletín y lo que grabe esa noche.
Si ya guarda una en otro sitio, ese es un agujero que no puedo tapar.
Keene se quedó con una. Puede que otros también.
Que se la pasen de mano en mano durante la comida.
Cada copia lleva el chat en el lateral, con sus propios alias dentro.
Ninguno de ellos le va a entregar eso a un policía.
—¿Y el móvil de Mears?
—Después del incendio, imprimes la conversación.
La mandas al periódico y a Dave, con una nota de un miembro del equipo que no da su nombre.
Cualquiera que la lea deducirá que le quitó el móvil al cadáver de Mears y se lo guardó hasta que su jefe estuvo muerto.
Dave puede buscar a ese hombre todo lo que quiera.
La conversación le dice a todo el condado qué estaba quemando Stanek.
—En esa conversación sales tú.
—Sale un hombre vendiéndome. En este pueblo nadie va a mirar con lupa a la mujer de esa conversación, Wade. Que sientan lástima por mí.
Me estudia la cara.
—Esta la llevas tú.
—Hasta la última pieza.
—¿Sabes en qué la convierte eso?
—En mía. —Me adelanto—. En parte mía. Lo sé.
Asiente. Alarga la mano por encima de mi cámara y pone boca arriba la tarjeta de Keene con la punta del dedo en el borde. Lee el nombre, vuelve a dejarla boca abajo y la deja donde estaba.
Por la tarde cruzo la brigada de detectives con la placa prendida en el abrigo. La gente levanta la vista de sus mesas y la vuelve a bajar.
Uno de ellos dice:
—Hola, Jen.
Y yo le devuelvo el saludo.
La mesa de Dave está al fondo de la sala. Está sin chaqueta, con las mangas remangadas. Delante de él hay un expediente abierto con el nombre de la Curtiduría en la pestaña. Me ve llegar y lo cierra.
Me siento en la silla que hay junto a su mesa, la de los testigos.
—Tengo que contarte algo.
—Pues cuéntame.
—Fui a ver a Stanek.
No le cambia la cara, lo que me dice que el ayudante del sheriff ya se lo ha contado.
—Me diste tu palabra, Jen.
—Me escribió para que fuera a la Curtiduría, y fui en coche hasta allí.
Mantengo las manos en el regazo.
—Me subió a su sala de control, detrás de la puerta con teclado. Tiene una pared de monitores ahí arriba, Dave, todas las cámaras del edificio. Guarda las grabaciones en discos, en una maleta rígida. Me enseñó un trozo.
—¿Qué te enseñó?
—El Raspado. A Mears metiéndome mano contra la pared. A mí diciendo la palabra, y a él sin parar.
Lo miro de frente.
—Su cámara no falló. Me lo puso en su pared y no me quitó los ojos de encima mientras pasaba la grabación.
Saco el teléfono y lo dejo en su mesa, boca arriba, con la foto en la pantalla.
—Me mandó esto esta semana.
Dave mira la foto un buen rato, y también la línea de texto que hay debajo. Cuando termina, desliza mi teléfono bajo el borde de la carpeta, donde nadie que pase pueda verlo.
—¿Que no ha sabido nada de ti sobre qué?
—Su película. Me quiere en ella.
—¿Por qué iba a enseñarte eso?
—Porque quería que supiera que lo tenía. Quería que supiera lo que podía hacer con ello.
—¿Sale el encapuchado?
—Lo paró antes de que entrara el encapuchado.
—¿Te amenazó?
—Dijo que las cámaras son suyas. Dijo que él decide quién ve qué.
Dave apoya las dos manos planas en la mesa y se las mira. Saca mi teléfono de debajo de la carpeta y le hace una foto a la pantalla con el suyo. Se levanta, coge la carpeta y recorre la brigada de punta a punta hasta una puerta con un nombre en el cristal. La puerta se cierra tras él.
Me quedo en la silla de los testigos y espero. Ya me he sentado delante de esa puerta otras veces, con la cámara en el regazo, mientras un detective pedía una orden. Esta vez Dave pide una basándose en mi palabra. Si el juez la firma, Stanek arde con sus discos.
Vuelve a salir con la carpeta y se sienta.
—Orden —dice—. Para los discos, el ordenador, todo el sistema. Mañana, o pasado, según el juez.
Se frota la cara.
—Joder, Jen. Subiste allí sola.
—Te lo estoy contando ahora.
Suena un teléfono en algún rincón de la brigada y se calla. Su café está en la esquina de la mesa, con la tapa puesta. Ya estaba ahí cuando me senté. Dave se toma el café caliente, y este no lo ha tocado.
—¿Cómo está Steph? —pregunta, con los ojos en la mesa.
—Preocupada por mí.
—Bien. Alguien debería estarlo.
Gira el café un cuarto de vuelta, igual que yo giro el mío, y no sé si él me lo ha cogido a mí o yo a él.
—¿Sabes qué hice la mañana que dieron el aviso?
La radio dijo que había dos cadáveres en la Curtiduría.
Nadie dijo quiénes, y nadie me dijo que tú habías salido de allí por tu propio pie.
Me paré en el arcén de la carretera del río y me quedé sentado en el coche un minuto.
He ido a más escenas de las que puedo contar, y nunca, ni una sola vez, me había parado por el camino.
Me mira.
—No quería llegar y encontrarte en una sala con desagüe.
Bajo la vista y me agarro las rodillas hasta que las manos se me quedan quietas. Si abro la boca, se lo cuento.
—Estuviste encerrada en una habitación con Perry Stanek mientras él te ponía esa noche en sus monitores, y después viniste a verme. Tú.
Sacude la cabeza.
—Sigo esperando la parte en la que todo esto cobre sentido, Jen. La parte en la que me cuentas eso que hace que todo encaje.
—No hay nada que contar.
—Siempre hay algo, joder. Me he sentado enfrente de mil personas, y siempre hay algo.
Te conozco desde hace años. Lo llevas escrito encima y no consigo ver qué es.
Voy a conseguirte tu orden. Voy a ir a por Stanek con todo lo que tengo, porque está mintiendo y ahora puedo demostrarlo.
Eso lo has hecho tú. Has entrado, te has sentado en esa silla y me lo has contado.
No he tenido que escarbar para sacártelo.
Así que la próxima vez que tengas algo para mí, tráemelo antes de que se convierta en algo sobre lo que tenga que actuar.
Asiente mirando a su mesa y vuelve a abrir la carpeta. Me ha despachado.
Cruzo la brigada de vuelta y salgo a la tarde. En los escalones de la entrada me detengo con la mano en la barandilla. Dave quiere la verdad antes de verse obligado a actuar. Llegó demasiado tarde el día que eché lejía en mis vaqueros.
Las farolas están encendidas cuando llego a casa. Wade está junto a mi barra, con la chaqueta puesta, y la tarjeta de Keene sigue donde estaba esta mañana. Me desengancho la placa y la dejo al lado de la tarjeta.
—Ya está en marcha —digo—. Dave se lo llevó directo a su teniente.
—Conozco el coche de su abogado. Lo he visto aparcado en casa de Stanek.
Esta noche ato a un árbol, al otro lado de la carretera frente a su entrada, una cámara trampa de esas que usan los cazadores para vigilar los ciervos.
Cuando entre un coche, manda una foto a un teléfono que he comprado para esto.
—Pues quítala antes de que alguien vaya a husmear en su casa.
—La quito la noche que arda. Podrías quedarte en casa esa noche.
—Ni de puta broma.
—Puedo hacerlo solo.
—Esta vez no. Nunca has montado un incendio con un hombre vivo en la silla. No voy a mandarte ahí dentro a hacerlo solo con mi descripción. Yo estaré allí, Wade.
—Si te pone una mano encima, me dará igual lo que muestren las fotos.
—Entonces le quitaré la mano de encima yo misma.
—Jenna.
—Has dicho «de acuerdo» dos veces. Dilo otra vez.
Rodea la barra y se detiene con el pecho casi pegado al mío. Deja las manos a los costados.
—Cuando te llame, pasas por delante de la Curtiduría sin aminorar —dice—. Mi camioneta estará en el arcén, donde aparcó la gente para la Carrera. Aparca detrás de ella y sube a pie entre los árboles. Yo entro primero por su puerta. Tú entras cuando él ya esté en la silla.
—De acuerdo —digo.
Me agarra un puñado de pelo y me besa con tanta fuerza que me dobla hacia atrás contra la barra. Yo le agarro la camisa con las dos manos y lo beso igual de fuerte. Cuando levanta la cabeza, respira igual de agitado que yo.
—Deja ese teléfono donde puedas oírlo —dice.
Coge la máscara de mi mesa y se la guarda en la chaqueta. Un minuto después sale por la ventana de mi dormitorio y baja por la escalera de incendios.
Me quedo de pie delante del armario y elijo qué ponerme.
Escojo ropa oscura, sin logotipos ni cremalleras que atrapen la luz.
Ninguna cámara me ha visto con nada de esto.
Elijo unas botas con las que pueda correr.
Añado un gorro de lana para el pelo y un par de guantes.
Lo extiendo todo sobre la cama, en orden, y me quedo mirándolo.
En una bolsa pequeña meto una linterna y un par de guantes de repuesto, por si uno se rompe. Las cerillas se quedan fuera. La cerilla que encienda el fuego tiene que salir de la Curtiduría. Dejo la bolsa junto a la puerta.
La ropa se queda sobre la cama. Me tumbo a su lado con el teléfono barato en la almohada, y dormiré con él ahí hasta que suene.