34
Vuelvo a pie hasta mi camioneta con el teléfono en la oreja. Arranco el motor antes de decir una palabra.
—Conduce hasta casa —le digo—. No hables. Iré detrás de ti.
Su coche pasa junto a mi camioneta en la carretera del río. La dejo coger bastante ventaja antes de salir tras ella. Mantenemos la llamada abierta todo el camino.
Aparca en su sitio y espera dentro del coche.
Paso de largo y aparco un poco más abajo, en la misma calle.
Por el teléfono oigo cerrarse la puerta de su coche y el tintineo de las llaves.
Cuelgo y me meto por el callejón hacia su escalera de incendios.
Estoy entrando por la ventana de su habitación cuando oigo correrse la cadena de la puerta.
Está en la cocina, pálida, con el abrigo todavía abotonado hasta arriba. Quiero rodearla con los brazos. Antes de que pueda moverme, levanta una mano.
—Déjame contarlo primero —dice.
Espero en el umbral. Está junto a la encimera, apoyada en ella con las dos manos.
—Me sentó en una silla y me puso esa noche en los monitores —dice—. Primero el Raspado. Al lado de la imagen había un chat abierto. Hombres escribiendo mientras Mears me ponía las manos encima. Lo leí todo.
—¿Cuántos hombres?
—No conté los nombres de usuario.
—Doce.
Se queda mirándome.
—¿Quién te ha dicho eso?
—El teléfono de Mears. Esta mañana leí todo el hilo de Stanek.
—Esta mañana. —Aparta las manos de la encimera—. Me dejaste entrar ahí sin saberlo.
—No quería que te sentaras enfrente de él sabiéndolo.
—La próxima vez, lo oigo yo primero.
—Lo harás.
—Dime qué dice.
—Le dijo a Mears que usara cuchillas de verdad —digo—. Dijo que nadie iba a contar los tres minutos del documento. Luego mandó: «Ya vamos por doce en la sala. Han estado mirando las solicitudes. Les gusta la fotógrafa».
Se queda muy quieta.
—¿Y?
—«Uno de ellos ha puesto cincuenta más por la fotógrafa. Que sea ella».
Se agarra a la encimera.
—Stanek me dio un nombre —dice—. Howard Keene. Dijo que Keene pagó por mí más que nadie. Tienen que ser esos cincuenta.
—El vendedor de coches.
—Después de la Carrera, Keene llamó a Stanek para decirle que estaba decepcionado con cómo había ido la noche. Stanek me dijo que, si él muere, Keene vendrá a hacer preguntas. Keene conoce mi cara por las noticias.
Uno de los doce tiene nombre.
—¿Qué más te enseñó? —pregunto.
—El resto de esa noche. La muerte de Mears. A ti en el foso. —Traga saliva—. A nosotros en el desván, con mi mano en la tuya.
El desván es la única parte de esa noche que quería conservar. También la tiene él.
—Y el descansillo —dice—. Le diste un golpecito a la cúpula.
—Quería que supiera que lo había visto mirando.
—Quiere el teléfono de Mears —dice—. Y te quiere a ti. Cree que sé tu nombre.
—Lo sabes.
—Cree que te entregaré a él.
La cocina se queda en silencio. Me observa mientras lo asimilo.
—Si no le llevo el teléfono, Dave recibe una copia —dice—. Stanek lo empezará donde apareces tú en el umbral. Lo de Mears manoseándome no saldrá.
—Así que Dave me ve matar a Mears mientras tú estás ahí de pie —digo—. Y luego te ve marcharte conmigo.
—Marcharme contigo a propósito —dice—. Después de haberle dicho que huí.
—¿Eso es todo?
—No. Lo último que puso fue el Raspado al amanecer.
—Las luces estaban apagadas —digo.
—Esa cámara ve en la oscuridad —dice—. Tiene cada minuto de los dos contra esa pared.
—¿Sonido?
—Ninguno. Tu nombre no está en sus discos. Me dijo que lo ha visto más de una vez. Cuando salí, lo estaba poniendo otra vez.
—¿Lo tiene alguien más?
—Dice que los discos se quedan con él. Su abogado sigue creyendo que algunas cámaras fallaron.
El cuarto de herramientas no tenía cámara.
Aun así elegí el Raspado, porque pensé que la oscuridad cegaba la cúpula.
Me equivoqué, y ella tuvo que tragárselo entero sentada al lado de Stanek.
En sus imágenes la tengo sujeta por el cuello contra ese ladrillo mientras me la follo.
El cabrón se sienta ahí arriba a mirarlo.
Eso me lo robó a mí. Ninguno de sus discos le va a sobrevivir.
—Yo te puse contra esa pared —digo.
—Yo lo quería tanto como tú.
Rodeo la encimera y le cubro la mano con la mía. Me deja.
—Cuando me levanté, apoyó la mano en el cajón de arriba —dice—. La dejó ahí hasta que llegué a la puerta.
Apostaría a que en ese cajón hay una pistola. Lo añado a lo que sé de él.
—Mientras estabas ahí arriba ha entrado un coche patrulla —le digo—. El agente ha rodeado tu coche, ha mirado hacia la ventana de él y ha apuntado la matrícula.
—Entonces Dave sabrá que estuve allí.
Ya he sentido rabia otras veces. Los hombres a los que mato se acaloran y se vuelven estúpidos cuando se enfadan. Así es como los cazo. La mía es fría. Me permite quedarme quieto durante horas. Esta noche he terminado de estarme quieto.
Saco la navaja plegable de Mears y la dejo junto a su mano.
—Lo quiero a él —digo—. Esta noche.
Ella mira la navaja y luego me mira a mí.
—No.
—Te sentó en una puta silla y te obligó a mirar cómo te follaba mientras él miraba.
—Y hoy un agente ha apuntado mi matrícula en su aparcamiento —dice ella—. Si muere esta noche, el mío es el último coche que ha visto alguien allí.
—Te dije que te esperaría. Me he pasado toda la tarde esperando entre esos árboles.
—Pues espera un poco más. —Se desabrocha el abrigo—. No esta noche. Pronto. Ahora sé cómo hacerlo.
Cuelga el abrigo de su gancho. Abre el grifo, se enjuaga la boca y escupe en el fregadero.
—He tenido que vernos en su pantalla —dice—. Esta noche te quiero a ti, no una pantalla.
Cruza la cocina, me agarra la nuca con una mano y me baja a su altura. Me besa despacio al principio, luego con fuerza.
Sigo furioso. Stanek puede esperar. Ahora mismo la necesito a ella.
Me quita la chaqueta, luego la camisa, y deja las dos en la silla. Me coge de la mano y me lleva a su dormitorio oscuro. Corre la cortina de la ventana y luego da al interruptor de la pared. Se enciende la luz del techo.
—En el Raspado no podía verte —dice—. Su cámara sí. Esta noche dejo la luz encendida.
Señala el borde de la cama.
—Siéntate.
Me siento. Ella me mira desde arriba.
Pongo las manos sobre la sábana. Retrocede, fuera de mi alcance, y se desnuda bajo la luz del techo. Se toma su tiempo con cada prenda. El jerséy cae al suelo y el sujetador lo sigue. Los vaqueros salen al final, junto con la ropa interior. Los moratones del Raspado siguen oscuros en sus muslos.
—Stanek me tiene medio desnuda en su disco y lo pone cuando le da la gana —dice—. Ahora elijo yo quién mira. Te elijo a ti.
Miro. Bajo esa luz no queda nada de ella escondido. Tiene los pezones duros. Se le eriza la piel en las costillas. Me duele la polla detrás de la cremallera y hundo los dedos en la sábana para no alargar la mano hacia ella.
Vuelve a mí y me recorre el pecho con las palmas hasta el cinturón, despacio. Se arrodilla entre mis piernas, abre la hebilla y me baja la cremallera. Cuando me saca la polla, su puño cálido se cierra alrededor y se queda quieto. Espera hasta que palpito en su mano.
Baja la boca sobre mí. El calor húmedo me contrae el estómago.
Me va tomando despacio, con la lengua plana por la parte de abajo.
A la primera succión larga, gimo. Se retira hasta la punta y vuelve a bajar, más hondo.
Con la mano libre me agarra el muslo. Me trabaja con la boca, tomándome más cada vez, hasta que siento el fondo de su garganta.
Se me tensan los muslos. Mantengo las manos en la cama, aunque todo mi cuerpo quiere llevárselas al pelo.
Cuando las caderas empiezan a despegarse de la cama, me deja salir de su boca y me aprieta la base con fuerza.
Me corta justo antes de correrme. Todo mi cuerpo se tensa y oigo mi propia respiración, entrecortada, en su habitación silenciosa.
Alza la mirada hacia la mía. Tiene la boca roja y brillante.
—Pídelo —dice ella.
He visto a hombres suplicarme por su vida y se la he quitado igual. Ahora ella me tiene la polla en el puño y me está haciendo pedirlo. Le suplicaría de rodillas si me lo pidiera.
—Déjame correrme. —Apenas me salen las palabras.
Se inclina otra vez y me toma hondo, hasta la garganta.
Traga conmigo dentro y ese apretón casi acaba conmigo.
Las manos se me van de la cama y se enredan en su pelo.
Me deja. Su cabeza sube y baja en mi regazo.
La garganta se le abre para mí cada vez que me traga hondo, hasta que se le llenan los ojos de lágrimas.
Cuando estoy a punto de correrme, se aparta de mí con un sonido húmedo.
Me saca las manos del pelo y las devuelve a la sábana.
—Todavía no —dice ella.
El pecho me sube y me baja. Tengo la polla mojada de su boca y tan dura que duele.
Se levanta y se aleja de mí hacia la cómoda, donde hay un espejo colgado en la pared, encima.
Mueve el cuchillo del pan a un extremo de la cómoda y apoya las manos donde estaba.
Me sostiene la mirada en el cristal. Después de hoy tiene todas las razones del mundo para no querer saber nada de los hombres, y ahí está, inclinada, esperándome.
—Ahora —dice—. Fóllame delante de este espejo.
Me levanto de la cama y me pongo detrás de ella.
Me bajo los vaqueros de un tirón por debajo de las rodillas, le agarro las caderas y la embisto.
Tiene el coño empapado y caliente. Suelta un sonido grave y desgarrado cuando la lleno.
Salgo casi del todo y vuelvo a entrar de golpe.
Sus dedos se curvan sobre el canto delantero.
El espejo nos muestra a los dos. Le veo la cara, los pechos rebotando con cada embestida y mis manos abiertas sobre su cintura.
—Me has hecho suplicar —le digo—. Te toca.
Me detengo, enterrado en ella. Cuando intenta moverse contra mí, le agarro las caderas con fuerza suficiente para mantenerla quieta. Se cierra sobre mí, apretada, y yo no me muevo.
Clava la mirada en mi reflejo.
—Cabrón.
La hago esperar. Noto su pulso latir rápido a mi alrededor. Baja la cabeza, jadeando. El sudor me resbala por el pecho. Prefiere insultarme antes que suplicar, y por eso la deseo aún más.
—Querías mirar —le digo.
Levanta la cabeza. Su cara en el espejo está roja hasta el nacimiento del pelo y tiene los labios entreabiertos.
—Wade —dice—. Más.
Se lo doy. La follo tan fuerte y tan rápido como puedo. Cada embestida la empuja contra la cómoda y hace que esta golpee la pared. El cuchillo del pan repiquetea donde lo dejó. Se pone de puntillas.
—Joder —gime—. Joder.
Le levanto la rodilla y la apoyo en la cómoda, y la sujeto ahí con una mano.
El ángulo la abre y me deja entrar más hondo.
Con la otra mano le llego por delante y le froto el clítoris.
Gime sin parar. En el espejo veo cómo se le abre la boca.
Tiene los ojos entrecerrados y los nudillos blancos en el borde de la cómoda.
—Veo cada gesto que haces —le digo.
Mantengo el mismo ritmo con las caderas y con la mano.
Se corre mirando mi reflejo, no el suyo, y no aparta los ojos de los míos hasta que termina.
Su coño me aprieta, se relaja y vuelve a apretar.
Arquea la espalda y se estremece. Contra aquella pared, lo único que tuvo fue la oscuridad y mi máscara.
Me corro justo después de ella, muy hondo, con la mano todavía entre sus piernas y los ojos fijos en los suyos a través del espejo. La habitación se desdibuja y parpadeo hasta que vuelvo a verla con nitidez.
Está sonriendo. Es la primera sonrisa que le veo desde que salió por aquella puerta del muelle de carga, y la miro hasta que se da la vuelta.
Después, desnuda, se sienta en la cama con las piernas cruzadas, bajo la luz. Yo me tumbo a su lado, cuan largo soy, y le rodeo el tobillo con la mano.
—Te sentaste cuando te lo dije —dice ella—. Stanek también lo hará.
—Cuéntame cómo.
Me lo cuenta con las manos relajadas en el regazo.
—Muere en su sala de control —dice—. En su silla. Está ahí arriba todas las noches con sus discos. Se jactó de ello. La luz se le ve desde el aparcamiento, y el ayudante del sheriff la vio hoy. Es donde estaría si decidiera acabar con todo por su propia mano.
—¿Acabar cómo?
—Fuego. Los discos, la sala y él. Sus propias pastillas están sobre el escritorio, debajo de la ventana, con su nombre en la etiqueta. El whisky, justo al lado. La gasolina del generador está en un bidón, en la plataforma de su camión. Todo es suyo.
—¿Y por qué iba a quemarse vivo?
—Tendrá un motivo cuando llegue el momento. Yo se lo daré.
—¿Qué motivo?
—Déjame resolver esa parte primero.
—Se resistirá.
—Tú tendrás el cuchillo. Entre eso y su whisky, elegirá el whisky. Sus propias pastillas en su propio vaso, las suficientes, y estará dormido antes de que le llegue el humo.
—Dormido.
—Respirando. —Recalca la palabra—. Tiene que estar vivo cuando empiece. Hollín por debajo de las cuerdas vocales. Monóxido de carbono en la sangre. Si está muerto antes del fuego, el forense lo sabrá enseguida, y entonces pasa a ser un homicidio. Tiene que respirar ese humo, Wade.
Le aprieto el tobillo.
—Y no lo tocas —dice ella—. Nada de atarlo.
Nada de golpes. Nada de estrangularlo. Las marcas de ligadura sobreviven a un incendio.
Un moratón también. Un estrangulamiento deja puntitos rojos en los ojos, y esos también sobreviven.
El forense busca todo eso. Tú lo tienes a punta de cuchillo y él bebe. Eso es lo único que le hacen tus manos.
—Él conoce los doce nombres —digo.
—Entonces los consigues sin marcarlo, o no los consigues.
Nadie me había planeado nunca un asesinato. Debe de habérsele ocurrido mientras el vídeo de los dos corría en su pantalla.
—De acuerdo —digo.