31
La Dra. Ruiz me dio la semana libre, así que nadie me espera cuando paso la tarjeta por la puerta lateral y bajo las escaleras hasta nuestra oficina del sótano.
Cada escalón me tira de los muslos magullados.
Ahí abajo huele a lejía y a café quemado.
Las cámaras frigoríficas zumban detrás de sus puertas de acero.
Ruiz está sentada a su mesa, en el despacho de cristal, con las gafas de leer puestas, y se las quita al verme. Me obligo a sonreír.
—Esta semana la tienes libre —dice.
—Me dejé aquí un objetivo —digo con ligereza.
—Un objetivo.
Es una mujer menuda que ha abierto más cuerpos que nadie en este condado. Me estudia sin pestañear y luego pasa a otra cosa.
—Las fotos de la Curtiduría llegaron anoche. Tu nombre está en ese expediente como testigo. No lo abras.
—No lo haré.
Me arde el cuello.
Se vuelve a poner las gafas.
—Encuentra tu objetivo y sal de mi sótano.
Mi mesa está igual que la dejé. La lista de casos nuevos aparece en la pantalla. La Curtiduría está arriba, con un número de expediente, las iniciales de la compañera de la oficina que las tomó y un número de fotos tan alto que aparto la mirada.
Lo abro de todos modos. Mi ropa está sumergida en un cubo de pintura roja en ese edificio, y necesito saber si alguien la ha encontrado.
Apenas respiro mientras se cargan las imágenes.
Las primeras muestran el muelle entero a la luz del día.
Paso de largo el corral, los pasillos con todas las luces encendidas, el Remojo y el Tinte.
Del cuarto de herramientas solo hay unas pocas fotos, tomadas desde la puerta.
Se ven el banco y el panel de herramientas, con el cubo junto a una de las patas del banco.
Me acerco a la pantalla. Sobre la pintura se ha formado una costra seca, y está intacta.
Nadie la ha removido, y los hombros se me destensan.
Las fotos del Raspado empiezan en la puerta y se van acercando a la pared.
La sangre de Mears se ha secado marrón en un largo trazo que baja por el ladrillo, por encima del desagüe.
Ese ladrillo me dejó los omóplatos en carne viva, y me escuecen mientras lo miro.
Al lado de la sangre, a la altura de mi hombro, hay una huella roja de guante con los dedos extendidos y una regla junto al pulgar.
El pie de foto la cataloga como huella de guante sin identificar.
Lo vi estamparla ahí al amanecer, con la sangre de Mears aún costrosa en el guante.
Si el laboratorio la analiza, encontrarán a Mears en la pintura, a un palmo de donde el chaval jura que me vio.
Me imagino a un técnico de laboratorio tomando una muestra de esa huella con un bastoncillo y se me cierra el estómago.
Paso a los fosos. En las fotos tomadas desde el suelo y desde las escaleras, Tabor cuelga de la cuerda de la campana. La tomada desde arriba muestra a Mears en el foso del fondo. Cierro el expediente.
En el cuarto de herramientas, Wade me dijo que ha estado detrás de mi cinta desde la bañera. La foto del garaje ya está en una tarjeta de memoria en casa, en mi caja fuerte. El expediente de la bañera ha seguido cerrado porque me da miedo lo que hay dentro. Lo abro ahora.
El informe lo llama accidente. Un hombre resbaló en su propia bañera y se ahogó.
El nombre de su mujer está en las notas, con un informe hospitalario adjunto.
Fotografié el baño desde la puerta, luego la bañera, luego las manos de él.
Las fotos del gentío van al final. Paso las de los vecinos agolpados tras la cinta.
Una mujer se aprieta la bata al cuello con el puño.
Un chaval está sentado en su bici con un pie en el bordillo.
Las últimas fotos son todas del mismo hombre, al fondo de la multitud.
Es una cabeza más alto que los vecinos que lo rodean, con los brazos relajados y los ojos puestos en mi objetivo en lugar de en la casa.
La luz es peor que en el garaje y se le ve menos.
Es Wade. Se me pone la piel de gallina en los brazos.
Mi cámara se detuvo en él y se quedó ahí.
Aquella noche volví a casa en coche con su cara en la tarjeta de memoria, sin tener ni idea de que estaba ahí.
Estaba en mi puto objetivo.
Me dijo que he fotografiado más muertes suyas que la de la bañera.
Abro los casos en los que he trabajado desde entonces y salto al final de cada uno, donde están las fotos del gentío.
En un accidente de coche en la autopista, está más allá de las bengalas.
Frente a un incendio en una casa, espera bajo una farola mientras los vecinos graban el tejado.
En un parque de caravanas, está junto a un buzón bajo la lluvia con el cuello subido.
En cada multitud, está mirando a mi cámara.
El pecho se me cierra un poco más con cada una.
Me echo hacia atrás, lejos de la pantalla. Algunas de estas muertes son suyas, pero las fotos no dicen cuáles. Me arrodillé junto a esos cuerpos con mi regla mientras él, al otro lado de mi cinta, me miraba. Tiemblo en la silla. Y sigo deseándolo.
Podría borrarlas. Dejo la mano en el ratón hasta que me suda la palma, y luego la aparto.
Cierro la sesión. Ruiz me llama a través de su puerta abierta sin levantar la vista.
—¿Has encontrado tu objetivo?
Doy un respingo.
—Sí.
Saco un objetivo del cajón, porque dije que venía a por uno, y lo meto en el bolsillo del abrigo.
Hay una mujer apoyada en mi coche cuando salgo al aparcamiento.
Aflojo el paso. Necesito un momento para situarla.
La última vez que la vi estaba en las gradas, al amanecer, con un seis pintado en cada mano.
Hoy lleva una chaqueta de correr, el pelo recogido y los brazos cruzados.
Es la Corredora 6. Aprieto más las llaves.
La alianza vuelve a estar en su dedo y la hace girar con el pulgar.
—En las noticias dijeron que trabajas aquí —dice ella—. No sabía qué coche era el tuyo, así que esperé.
—¿Y cómo has elegido este?
—Es el único con una bolsa de cámara en el asiento.
Me detengo a un metro de ella con la llave del coche entre los dedos. El aparcamiento está vacío salvo por un hombre que fuma junto a la puerta de carga con los ojos en el móvil.
—Le dije al detective que ahí abajo no había nadie más —dice.
—Lo sé. Dave me lo contó.
—Sí que había alguien más.
El pulgar se le detiene sobre el anillo.
—Bajaste esas escaleras y te quedaste ahí plantada con el cuchillo de ese hombre en la mano. No corriste. No le tenías miedo.
—¿Y entonces por qué coño mentiste por mí?
Ella mira hacia el edificio.
—Ese hombre me tenía las muñecas sujetas a la espalda y la mano dentro de la camiseta. Contaba en voz alta, y pasó de cien antes de que el que no tenía boca le echara una cuerda al cuello.
No le tiembla la voz.
—Lo que seas para él es asunto tuyo. Yo tengo un marido en casa y una carrera que correr. Y la voy a correr.
Quiero tocarle el brazo. En vez de eso, cierro los dedos alrededor del objetivo que llevo en el abrigo.
—Entonces, ¿para qué me has buscado?
—Para que supieras que mentí a propósito. —Descruza los brazos—. Ya he acabado con esto. No me voy a preguntar quién es ni me voy a preguntar nada de ti.
Suelto el aire.
—¿Cómo te llamas?
—No necesitas saberlo.
Pasa por mi lado. A mitad del aparcamiento, se detiene y se da la vuelta.
—Me salvó. Sea lo que sea aparte de eso, díselo.
Se marcha trotando, con los codos pegados al cuerpo y la zancada firme. Me quedo junto al coche hasta que dobla la esquina. Pienso en ella durante todo el camino a casa.
Preparo la cámara antes de que llegue. Bajo una del estante y le meto una tarjeta de memoria vacía.
La tarjeta se me escurre dos veces antes de encajar con un clic.
La cámara queda sobre la encimera, apuntando a la puerta de mi dormitorio.
Le quito la tapa del objetivo al final y la dejo al lado.
La última tapa que encontré en esta encimera la había puesto él.
Hago café que no me bebo y espero junto a la encimera.
Ya de noche, cuando la ventana del dormitorio sube y vuelve a bajar, dejo la taza.
Sale de mi dormitorio a la cocina, se saca la máscara de la chaqueta y la lanza sobre la encimera.
Sus ojos van de la cámara a la tapa del objetivo y de ahí a mí.
Cruza la cocina y se detiene tan cerca que su chaqueta me roza la camiseta.
Incluso después de lo de hoy, la respiración se me acelera.
—Hoy he estado en el trabajo —digo.
—Lo sé.
Cojo la taza.
—¿Estuviste en la puerta de mi trabajo?
—Tu coche no estaba en tu edificio, así que comprobé el aparcamiento del condado. Aparqué enfrente hasta que saliste.
Salí hasta ese coche sin mirar ni una sola vez al otro lado de la calle. Me vigiló todo el camino y yo no tenía ni idea.
—¿Cada cuánto compruebas dónde estoy?
—Todos los días.
—Eso no es normal.
—Para mí sí.
Agarro la taza con las dos manos.
—Entonces viste quién me esperaba junto al coche.
—La corredora de los fosos.
—Le mintió a Dave a propósito. Quiere que sepas que la salvaste.
—No lo hice por ella.
—A ella le da igual por qué. —Miro la cámara y me humedezco los labios—. Abrí el expediente de la bañera. Sales en él.
Se inclina y apoya las manos en la encimera, una a cada lado de mi cuerpo.
—Esa semana encontré tu edificio.
Se me encienden las mejillas y se me quedan las manos heladas. Sabe dónde duermo desde la semana de la bañera.
—También abrí mis otros casos. ¿Cuáles de esas muertes son tuyas?
Responde sin apartar la mirada.
—La bañera y el parque de caravanas.
En el parque de caravanas fotografié los nudillos partidos de un hombre muerto. Me agacho para salir por debajo de su brazo y retrocedo. Respiro demasiado rápido.
—¿Me tienes miedo? ¿Después de todo?
—Sería una idiota si no lo tuviera. —Mantengo la taza entre los dos.
—Esos dos hombres pegaban a mujeres.