La cacería de Halloween 28
51%

28

Le dije que iría a buscarla cuando acabaran las declaraciones y estuviera en casa. Me refería a después del anochecer. A media tarde ya estoy vigilando su ventana desde el piso vacío de enfrente, al otro lado del callejón. Tiene la cortina echada.

Llevo la máscara doblada en el bolsillo de la chaqueta.

No hay ninguna furgoneta de la prensa delante ni ningún coche de policía en su calle.

He comprobado las dos cosas antes de cruzar.

Subo sus escaleras y giro mi copia de su llave en el cerrojo.

La puerta se abre un palmo y se detiene con la cadena.

Le dije que no la pusiera. O ha cambiado de opinión sobre mí al salir el sol, o su amiga la ha obligado a echarla. De un modo u otro, voy a entrar.

Doblo un gancho en el extremo de un trozo de alambre rígido y empujo la puerta con cuidado hasta que la cadena cuelga floja.

Meto el gancho por la rendija. El tope de la cadena corre por una guía atornillada a la puerta.

Lo deslizo por la guía hasta el extremo abierto y la cadena se suelta.

Entro y cierro la puerta. El cerrojo gira bajo mi pulgar.

Su amiga tiene llave, así que vuelvo a meter el tope en su guía.

Duerme de costado bajo la manta, con las esquinas que le había metido bajo el colchón ya sueltas.

La cortina es fina y la luz del día la atraviesa y le cae sobre el pelo.

Me siento en la cama, a su lado. El colchón se hunde con mi peso y ella abre los ojos.

Son marrones, más claros al sol de lo que recordaba.

—Has puesto la cadena —le digo.

—Y has entrado igualmente. —Se incorpora apoyada en un codo—. No llevas la máscara.

Alguien golpea la puerta de entrada. Una voz de mujer atraviesa la madera.

—Jen. Soy yo. Abre.

Su mirada se desvía hacia la puerta abierta del dormitorio.

El hueco queda en línea con la puerta de entrada, al otro lado de la cocina, así que me levanto y me pego a la pared junto a su cómoda, fuera de esa línea.

El cuchillo del pan está encima de la cómoda, donde lo dejé la noche que lo sacó contra mí. Mantengo las manos vacías.

—Jen.

—Ya voy —dice en voz alta. Aparta la manta de un tirón. Sale del dormitorio con la camiseta y los pantalones de chándal con los que ha dormido. Oigo el cerrojo, y oigo la puerta frenarse contra la cadena.

—No has cogido el puto teléfono.

—Estaba dormida.

—Te he estado llamando desde que llegué al trabajo. He conseguido que alguien me cubra el resto del puto turno.

—Estaba dormida, Steph. He dormido.

—Déjame entrar.

Hay un silencio antes de que Jenna responda.

—Necesito dormir más. Estoy bien. Estoy aquí de pie, estoy bien, no estoy sangrando, no estoy llorando. Te llamo esta noche.

—Tienes una voz rara.

—He estado gritando toda la noche. Vete. Te llamo.

Hay otra pausa, más larga.

—Si no me llamas esta noche, tiro esta puerta abajo.

—Te llamaré.

La puerta se cierra y Jenna echa el cerrojo. Sus pasos cruzan la cocina. Se detiene en la puerta del dormitorio y me mira, apoyado contra su pared, con la cara descubierta.

—Era Steph —dice.

—Lo he oído.

—Esta mañana se plantó en mi pasillo y me obligó a poner la cadena. Dijo que no han cogido al hombre que mató a esos dos.

—Tiene razón.

—¿Cómo has pasado la cadena?

Dejo caer el alambre doblado sobre la cómoda.

—Una cadena es una cadena.

—Capullo.

Mira el cuchillo que tengo junto a la mano y luego me mira a la cara.

Me separo de la pared y salgo al sol. Ella cruza la habitación y se detiene a un brazo de distancia.

—Estás aquí —dice.

—Te dije que vendría.

—Eres guapo —dice, con total naturalidad.

Miro su cortina en lugar de mirarla a ella. No estoy acostumbrado a que me miren así.

Se sienta despacio en la cama.

—¿Y Stanek?

—Stanek es mi problema.

—Dímelo antes —pide—. Antes de hacerlo. No después.

Saco un teléfono barato de la chaqueta y lo dejo en su mesilla, al lado de la cámara.

—Hay un solo número, y es el mío. Úsalo cuando no te quede nada más.

Coge el teléfono y mira la pantalla apagada. Lo vuelve a dejar.

—¿Por qué estás aquí antes de que anochezca? —pregunta—. Steph podría haberte pillado en mi escalera.

—Quería verte al sol.

Me mira sin contestar. Se levanta de la cama y entra conmigo en la luz.

Le levanto un mechón de pelo del hombro. Es castaño donde le da el sol. Desde el otro lado del callejón parece negro.

La policía busca a un hombre sin boca. Yo pongo la mía sobre la suya. Tiene los labios secos de dormir. Me devuelve el beso con fuerza y me agarra la camisa con el puño para atraerme hacia ella.

Cojo el bajo de su camiseta y ella levanta los brazos para mí.

Se la quito. Se baja los pantalones de chándal por las piernas y los aparta de una patada.

El sol que entra por la cortina le cae en los pechos desnudos y el vientre.

El rubor le sube por el pecho hasta la garganta mientras la miro. Quiero tocarla toda a la vez.

—Eres preciosa —le digo.

Engancha los dedos en mi cinturón y me pega a ella.

Abre la hebilla y me baja la cremallera.

Noto sus nudillos fríos en el vientre. Me sacudo la chaqueta de los hombros.

Ella me levanta la camisa y me la quita mientras yo peleo con las botas.

La deseo tanto que se me enredan los cordones. Me quito los vaqueros a tirones.

Le subo las manos por la espalda para pegarla a mí y hace una mueca de dolor.

Las bajo al culo. Tengo la polla apretada contra su vientre y ella se restriega contra mí.

El glande le resbala por la piel y las caderas se me van hacia ella.

Le deja un reguero húmedo. Ya estoy luchando por controlarme y todavía no me ha metido dentro.

Me empuja hacia la cama y me recuesto contra el cabecero. Se sube y se pone a horcajadas sobre mis muslos, de espaldas a mí.

—Tendrías que ver lo que me ha hecho la puta pared —dice por encima del hombro.

Unos arañazos le cruzan los dos omóplatos, del ladrillo del Raspado, donde mi peso la empotró contra la pared. La piel de alrededor está rosada y tirante. Mantengo las manos por debajo, en las caderas. Aun así, se ha subido encima de mí.

Se alza sobre las rodillas y busca mi polla entre sus piernas.

Se deja caer sobre mí de golpe y se le escapa un jadeo.

Por dentro está más caliente que su piel.

El glande le toca el fondo. La agarro más fuerte.

Se queda ahí abajo, respirando por la nariz, mientras el coño se le tensa y se relaja a mi alrededor.

Apoya las palmas en mis rodillas. Con esta luz le veo la piel estirada alrededor de la base de mi polla. Quiero recordar esto.

Empieza a cabalgarme con restregones cortos y bruscos, teniéndome bien dentro.

Cada restregón le hunde el culo en mis muslos y la noto mojada en los huevos.

Saber que está así de mojada por mí me pone más duro.

Cada restregón me acerca más a correrme.

Las manos me sudan en sus caderas. Los músculos de la espalda se le mueven bajo los arañazos y el pelo le roza los hombros.

La mancha de sol sale de la cama y cae al suelo.

—Estás a punto —digo.

—Tu mano.

Se incorpora, me la quita de la cadera y la guía entre sus piernas.

Me aprieta dos dedos planos contra el clítoris.

Lo noto hinchado debajo. Mueve mis dedos al ritmo que quiere.

Cada vez que se mueven, se cierra sobre mi polla.

Los cabalga a la vez que me cabalga a mí.

Usa mi mano para correrse. Ahora mismo le daría cualquier parte de mí.

Tiene la espalda húmeda de sudor por debajo de los arañazos. Los gemidos se le vuelven más agudos y más seguidos. Yo también estoy a punto, pero ella se corre primero.

Se corre con un grito ronco y se dobla hacia delante sobre mis rodillas.

Me clava las manos en las espinillas. El coño se le contrae en espasmos alrededor de mi polla y la piel de alrededor de los arañazos se le tensa.

Hinco los talones en el colchón para no correrme con ella. Quiero oír ese grito todos los días.

Se endereza antes de haber recuperado el aliento y se balancea sobre mí, fuerte.

Esta vez dejo de esperar. Lo noto arrancar muy hondo, detrás de la polla.

Me corro dentro de ella mientras ella sigue corriéndose a mi alrededor.

Los talones me resbalan en la sábana. Mientras dura, soy suyo.

Cuando vuelve a balancearse, estoy tan sensible que tengo que cogerle las caderas y pararla.

Se aparta de mí despacio y se estira boca abajo a mi lado. El aire me enfría la polla. Le apoyo la palma en la parte baja de la espalda. Su humedad se me seca en los muslos. Quiero quedarme en esta cama con ella.

A alguien se le cae una bolsa de la compra en el descansillo y suelta un taco. El ruido nos despierta. Ya se ha puesto el sol.

Alarga el brazo por encima de mí hasta la mesilla, enciende la lámpara y llama a Steph.

—Soy yo. Dije que llamaría.

La voz de Steph se oye débil por el teléfono, pero distingo las palabras.

—Se te oye mejor.

—Me siento mejor. Siento no haberte abierto la puerta.

—¿Hay alguien ahí contigo?

Jenna me mira.

—Estoy sola. —Su voz se suaviza—. Gracias por preocuparte por mí, Steph. De verdad.

Cuelga y deja el teléfono en la mesilla, al lado del que le di yo. Se gira de lado, de espaldas a mí, y se tapa los ojos con el brazo.

—Salió del trabajo para ver cómo estaba y le he mentido —dice.

Le subo la manta hasta la cintura, por debajo de los arañazos.

—Dave me va a tomar la declaración él mismo por la mañana.

—Me habré ido antes de que llegue.

—Quédate hasta entonces.

Apago la lámpara y compruebo la cadena de la puerta. Está puesta. Me vuelvo a tumbar a su lado en la oscuridad.