25
La bocina dura más de lo que esperaba. Suena desde el tejado, una sola nota larga y grave que llega hasta el fondo del Raspado. Mientras brama, él y yo nos miramos, y el cuero le deja los ojos azules en sombra.
Levanta el guante rojo y lo aplasta con fuerza contra el ladrillo, junto a mi hombro. Cuando lo retira, queda una huella roja en la pared con los dedos abiertos. Es la marca que no me puso en toda la noche, y ahora puede quedarse aquí.
—Esa es la única marca que voy a dejar donde puedan verla —dice.
Da un paso atrás. La bocina sigue. Me mira un segundo más y luego se da la vuelta y sale por la puerta del Raspado hacia las escaleras traseras, sin correr.
Observo su silueta negra en el gris hasta que desaparece.
Quiero seguirlo, pero me quedo donde me ha dejado.
Cuando el pasillo está vacío, salgo del Raspado.
He recorrido este pasillo a oscuras, pegada a la pared, y lo he cruzado entre la niebla con sus dedos cerrados en torno a mi muñeca.
Ahora lo recorro bajo la luz gris, con la bocina sonando sin parar.
Las luces generales se van encendiendo a mi paso.
La niebla se ha ido. No hay nadie detrás de las cubas del Tinte ni en las canaletas del Remojo.
Los estroboscopios están apagados, y los altavoces también.
Lo único que se oye son mis zapatos sobre el hormigón y la bocina.
Me duelen los muslos a cada paso, y sigo mojada de él.
Soy la única camiseta blanca que queda en la Curtiduría.
El corral está delante, detrás de las puertas gruesas de madera. Antes de llegar oigo crujir las gradas cuando todos los de dentro se ponen de pie. Empujo las puertas y todas las voces se callan de golpe.
Están de pie en las gradas con sus camisetas marcadas, con huellas rojas en el pecho, en los hombros y en la espalda.
Todos miran las puertas, y luego me miran a mí.
El Corredor 3 está en la fila de arriba, con los brazos cruzados y una huella en la espalda.
Cuando ve mi camiseta, lo dice lo bastante alto para que lo oiga todo el corral.
—El tío sin boca estaba ahí mismo con ella al final. Pudo marcarla en cualquier momento y no lo hizo, joder.
Nadie le contesta. El Corredor 9 está sentado en la fila de abajo con las rodillas juntas y las manos entre ellas, mirando mi camiseta. Me vio junto al cuerpo de Mears. La Corredora 6 está a su lado. Su mirada pasa de mi camiseta a mis manos y a mi cara. No dice nada.
La mujer de la mesa de registro se levanta con el portapapeles contra el pecho.
—Diecisiete —dice.
Levanto las manos para mostrarle los números que llevo pintados en ellas. Sale de detrás de la mesa para comprobar mi camiseta por delante. Me levanta el bajo, da una vuelta a mi alrededor para revisar la espalda y vuelve a quedarse frente a mí. No tiene ni una marca.
—Joder. Nunca nadie ha… —dice, y no termina la frase.
Detrás de ella, la bocina se detiene. En el silencio, un cerrojo se descorre al otro lado de las puertas principales. Las dos hojas se abren hacia fuera, y el aparcamiento está ahí mismo.
El aire frío me golpea primero. El edificio se mantuvo caliente toda la noche por las máquinas de niebla y los cuerpos corriendo. Aquí fuera, el aire huele al río.
Los focos siguen encendidos, blancos contra un cielo gris.
La gravilla está mojada y vacía. Hay más gente a lo largo de la valla que cuando se cerraron las puertas.
Han venido a ver perder a los corredores.
Ahora las puertas están abiertas y en el umbral hay una corredora con la camiseta limpia.
Por un segundo, nadie ahí fuera hace el menor ruido.
Entonces empieza el ruido, y no para. Alguien grita desde delante:
—¡La hostia!
El foco de la furgoneta de los informativos gira hacia mí y se queda ahí. La gente levanta los móviles a lo largo de toda la valla. Yo me quedo en el umbral.
Dejo que me miren hasta que no lo soporto, y luego un rato más. Cada segundo que me dedican es un segundo en que nadie mira el muelle lateral. A estas alturas ya debe haber salido del conducto y estar entre los árboles.
Perry Stanek se abre paso entre la multitud con un micrófono, con la misma chaqueta buena que llevaba anoche. Sube los escalones hasta la puerta del corral con la mano ya extendida, me la pone en el hombro y me gira hacia la cámara. Su mano es pesada y cálida. Quiero que la quite de ahí.
—Corredora diecisiete —dice al micrófono, al aparcamiento, a la furgoneta de los informativos, a los móviles—. Jenna Doland. La fotógrafa del médico forense. Ha amanecido, la camiseta está limpia y esto no lo ha logrado nadie. Nadie. —Su mano me aprieta—. Ya os dije que la vigilarais.
La multitud vitorea. Alguien le pasa un cheque gigante de cartón.
El importe del premio está impreso en él, y mi nombre garabateado arriba con rotulador negro, con la tinta todavía brillante.
Me lo pone en las manos y mantiene la suya en un extremo.
Sonríe a la cámara mientras los flashes estallan detrás de la valla.
Agarro el cartón, miro fijamente al foco de la tele y mantengo la cara inexpresiva.
—Sonríe —dice sin mover los labios, apartado del micrófono.
La boca no se me mueve. Estoy pensando en el camino del río y en el hombre que va por él.
La mujer del registro saca las bolsas numeradas en su soporte.
Detrás de mí, el corral se vacía, y los corredores marcados pasan en tropel a mi lado hacia el gris y van cogiendo sus móviles.
El mío vibra dentro de una bolsa de plástico con un 17.
Cuando la mujer me lo entrega, la pantalla está llena de llamadas perdidas de Steph.
Steph cruza la puerta de la valla sin pedir permiso, y el chaval que la vigila la deja pasar. Se detiene a un paso de mí y mira mi camiseta, luego mi cara.
—Estás limpia.
—La camiseta lo está.
—Estás hecha una mierda.
—Ha sido una noche larga.
Me abraza fuerte. Por encima de su hombro, veo a Stanek retroceder con el micrófono para que la cámara capte el abrazo. Más allá de él, más allá de la multitud, miro hacia el lado del edificio que da al río, donde no hay nadie.
Dentro del edificio, un hombre empieza a gritar en algún lugar del fondo, bajo tierra. Toda la noche los altavoces han estado soltando gritos falsos. Este sale de la garganta de un hombre de verdad, y no se detiene. La multitud se calla de delante hacia atrás. Stanek gira la cabeza.
Un miembro del equipo sale corriendo por las puertas del corral a mi espalda, con la capucha en la mano y la cara gris. Llega hasta Stanek y le susurra al oído. No me llega nada. A Stanek no se le mueve un músculo de la cara. Asiente, le agarra el brazo y lo manda otra vez dentro.
Stanek se vuelve hacia la multitud con el micrófono en la mano derecha y la palma izquierda levantada. Esta vez su voz es plana en lugar de amable.
—Amigos, necesito que todo el mundo se quede donde está. Hemos tenido un incidente con nuestro equipo. Ya estamos dando el aviso. Nadie sale del aparcamiento.
Saca un teléfono de la chaqueta y marca. Conozco esa llamada. Las llamadas así son las que me mandan a trabajar.
Steph me sigue rodeando con los brazos.
—Jen. Jen, ¿qué coño está pasando?
En lugar de responder, miro a Stanek. Ya ha terminado la llamada.
Sigue de pie en el escalón más alto del corral, con el teléfono en la mano, mientras los que lo rodean dejan de hablar, y me mira fijamente.
Me repasa la camiseta limpia, las manos, la cara y los brazos de Steph en torno a mí.
Entonces sonríe con todos los dientes, la misma sonrisa que le dedicó a la cámara.
Sus cámaras no me han perdido de vista en toda la noche.
Y, sea lo que sea lo que le hayan mostrado, parece que le gusta.
La primera sirena sube por la carretera del río.