La cacería de Halloween 14
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La campana cambia el edificio.

Los actores se retiran a las paredes, como les dijo Mears.

Lo veo en el pasillo, fuera de la Cal. Hombres con capucha salen de la niebla y se aplastan contra el ladrillo con las manos rojas bajadas, y los corredores que siguen ahí fuera pasan corriendo a su lado sin que ninguna mano se estire.

Los altavoces se callan. Los focos estroboscópicos bajan el ritmo. La niebla deja de moverse.

Ya no está en la Cal antes de que la campana deje de sonar.

Es rápida. La campana está abajo, en los fosos, y alguien de allí abajo acaba de tocarla. Quiero ver quién sube por la escalera de atrás y hacia dónde va antes de seguirla. Me quedo en el umbral de la Cal y vigilo la escalera. Dos hombres suben del sótano.

Llevan las mismas capuchas cosidas que los actores, pero con guantes negros.

Uno de ellos es Mears. Conozco su manera de andar y sus hombros, y lo oí reírse detrás de la puerta de Stanek.

El otro es el hombre grande y callado del tráiler.

Al llegar a la planta baja se separan. El grande da media vuelta y baja otra vez hacia los fosos, y Mears viene hacia mí.

Pasa a mi alcance. Lleva un cuchillo en el cinturón, uno de verdad, de hoja fija y con funda de cuero. No tiene nada de utilería. Al pasar junto a mí se lleva la mano al cuello y habla hacia él en voz baja:

—Tengo a la diecisiete.

Una voz le responde desde el auricular que lleva en la oreja, demasiado baja para que yo la entienda. Sigue andando por el pasillo en la dirección por la que ella corrió.

La diecisiete es ella. Sabe dónde está, y alguien que puede verla se lo ha dicho. Lo sigo.

Los actores pegados a las paredes giran la cabeza para no mirarlo y clavan la vista en el suelo, como hacen los hombres cuando pasa el jefe.

Uno de ellos, en cambio, me mira a mí. Soy un actor con guantes rojos caminando por el pasillo después de la campana, cuando todos los actores deberían estar contra la pared.

Ladea la cabeza. Vuelve a mirar al suelo.

En este edificio nadie detiene a nadie, y cuento con eso.

Camina despacio y no mira atrás ni una vez. Pasa el Remojo. Pasa el Tinte. Entra en el Raspado, la sala del desagüe.

Estoy en la puerta cuando le pone las manos encima.

El plan era ser uno de ellos, quedarme cerca de ella, mantener las manos rojas lejos de su cuerpo y ver qué es la Curtiduría desde dentro. Nada en ese plan contemplaba a un hombre con un guante negro por debajo de su camiseta.

Ella está contra la pared del fondo. El suelo baja en pendiente desde allí hasta el desagüe del centro de la sala.

Él tiene un guante negro apoyado en la pared, junto a la cabeza de ella, y el otro metido bajo la camiseta blanca, sobre su piel desnuda, donde la exención dice que no va ninguna mano.

Ella le empuja los hombros con las dos manos.

Él carga todo el peso contra ella para aplastarla contra el ladrillo, y a ella le resbalan los pies en la pendiente.

Las últimas manos sobre esa piel fueron las mías. Me oigo los latidos en los oídos. Las manos se me cierran en puños y aprieto los dientes hasta que me duelen. Quiero partirle esa muñeca, arrancarle el brazo del hombro y escucharlo gritar.

—Piedad —dice ella.

Lo dice alto y claro. Así les dijo Mears a los corredores que lo dijeran en la orientación. Yo lo oigo desde la puerta, y él también.

—La sujeción no ha acabado, zorra —dice él.

La llama zorra mientras tiene la mano sobre su piel. En esta sala ya no veo nada más que la parte de atrás de su capucha.

La mano se mueve bajo la camiseta de ella. Ella aparta la cara de él, hacia la puerta, y me ve allí de pie. Abre mucho los ojos. Lo vuelve a decir, mirándome directamente a mí.

—Piedad.

Me lo está diciendo a mí. Se me cierra tanto el pecho que no puedo respirar.

Él se ríe detrás de la capucha. La mano bajo la camiseta baja más.

—Tres minutos, bonita. Cuéntalos.

Se está riendo de ella. Nunca se me ha acelerado el pulso al matar. Siguió lento mientras Lusk pataleaba por su vida. Ahora me martillea, y me tiemblan las manos.

El Raspado tiene una cúpula como todas las demás salas. Quien esté mirando a través de ella puede ver todo esto, tal como prometía la exención, y es quien le ha dicho dónde estaba ella.

Me obligo a levantar la vista hacia la cúpula. A todos los hombres que he matado los he matado donde ninguna cámara podía verme. Por eso nunca me han cogido. Si me muevo ahora, lo hago delante de una cámara que pertenece a quienquiera que haya enviado a Mears a por ella. Sé que debería esperar.

Ella ha dicho la palabra dos veces, y su mano sigue bajo la camiseta. Tengo una norma sobre los hombres que ponen las manos encima de una mujer. Me da igual quién esté mirando.

No le doy tres minutos. No le doy ni uno.

Lo cojo por detrás. Le paso el antebrazo por la garganta, lo bloqueo con la otra mano, lo aparto de ella de un tirón y lo arrastro hacia abajo por la pendiente hasta que quedo de espaldas con él encima.

Es la misma llave que usé con Lusk. Él es más fuerte y reacciona más rápido.

Busca el cinturón con la mano que tenía sobre ella.

Siento el cuchillo salir de la funda contra mi cadera.

Suelto la mano con la que bloqueaba y le atrapo la muñeca.

El antebrazo me sigue cruzado sobre su tráquea.

Peleamos por el cuchillo, con sus talones arañando el hormigón mojado.

Es rápido y tiene palanca. La hoja gira una vez hacia mi cara, y la giro de vuelta.

No puede respirar, no consigue llevar el cuchillo donde quiere, y pelea con más fuerza.

Le doblo esa muñeca hacia atrás hasta que cruje y se le abren los dedos, y le quito el cuchillo de la mano igual que le quité a ella el cuchillo del pan. Este no lo dejo en ningún sitio.

Se lo clavo en la garganta.

La hoja entra por debajo de la costura de la mandíbula de la capucha, y tiro de ella de lado. Su sangre salpica el ladrillo junto a nosotros en una línea alta, y la salpica a ella también, porque sigue de pie donde él la dejó. Le cruza la camiseta blanca en una franja que va del hombro a la cadera.

Mears se queda quieto. Las manos se le sueltan de mi brazo. Las botas dejan de arañar el suelo.

No suelto. Sé que está muerto. Lo sé por todas las veces anteriores, por cómo se le vence el peso.

Aun así aguanto, tumbado debajo de él en el suelo del Raspado mientras su sangre baja por la pendiente junto a mi cara hacia el desagüe, hasta que el pulso se me calma y las manos se me quedan quietas otra vez.

No he terminado con él.

Lo quito de encima y me pongo de rodillas a su lado. La mano de la muñeca rota está con la palma hacia arriba sobre el hormigón, todavía dentro del guante negro. Esa mano estuvo bajo la camiseta de ella. Siguió moviéndose después de que ella dijera Piedad.

Le clavo el antebrazo al suelo con la rodilla y le apoyo el filo de su propio cuchillo en la muñeca rota.

Primero corto la piel y los tendones. Después busco el hueco de la articulación, cargo el peso sobre la hoja y giro hasta que cede.

Lleva su tiempo, y no me doy prisa. Cuando la mano se desprende, la dejo en el hormigón, junto a la cadera.

Me quedo de rodillas en el silencio y levanto la vista hacia la cúpula de la esquina. Dejo que quien haya al otro lado vea lo que he hecho.

Me pongo de pie. Tengo el cuchillo en la mano y su sangre en los guantes, encima de la pintura roja. El único sonido de la sala es una vocecilla que sale del auricular de Mears.

Ella no se ha movido. Sigue contra la pared, con la franja que le cruza la camiseta y las palmas apretadas contra el ladrillo que tiene a la espalda, con los ojos fijos en la mano.

Lleva encima la sangre de él, y se la he puesto yo.

Quiero ponerle las manos encima, repasar cada centímetro de piel que le ha tocado.

Los guantes están mojados de él, así que los mantengo pegados a los costados.

Le saco el auricular de la oreja. Es la voz de un hombre.

—Jimmy. Jimmy, contéstame.

Lo dejo caer por el desagüe y lo oigo repiquetear hacia abajo.

Levanta la vista hacia mí.

—Has dicho la palabra —le digo.