La cacería de Halloween 12
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El edificio es más ruidoso de lo que esperaba.

El sonido llega de todas partes a la vez: de los altavoces colgados de las vigas, de los propios corredores, que empiezan a gritar antes de que nadie los toque, y de los actores.

El metal repica contra el metal. En algún sitio, una voz de mujer recita una cuenta atrás.

La niebla de los pasillos es tan espesa que cada destello del estroboscopio la ilumina entera y no se ve nada a través.

Hombres encapuchados emergen de ella con las manos rojas en alto y se vuelven a hundir dentro arrastrando a alguien.

Se supone que tengo que estar en la Cal.

Me quedo en la Cal el tiempo que tarda en atravesarla el primer corredor, un hombre al que no conozco que pasa a mi lado con los brazos por encima de la cabeza.

Lo dejo pasar y abandono mi puesto. Mears me dijo que no me moviera de ahí hasta la campana.

Que se joda Mears. No he venido a trabajar.

El actor apostado en el Remojo, al lado, me saluda con la cabeza cuando paso junto a él de camino a la salida, y yo le devuelvo el saludo. No tiene ni idea de quién soy. Nadie en este edificio la tiene. Todos los demás hombres de este equipo hacen de asesino por una noche. Yo no estoy actuando.

La encuentro por cómo se mueve.

Todos los demás en este edificio corren.

Ella no. Avanza por el primer pasillo con la espalda pegada a la pared y la mirada en alto, comprobando el techo, los cruces y las cúpulas ahumadas que nadie más ha visto.

Se mueve cuando el estroboscopio está apagado y se detiene cuando se enciende.

Le tiemblan las manos y jadea. Está asustada, y aun así sigue adelante, de una pared a la siguiente.

Cuando el estroboscopio ilumina el vano de la puerta, me ve y se detiene.

Los ojos se le van directos a mis guantes rojos y ahí se quedan.

No me mira la cara. Cruza a la pared de enfrente y pasa a mi lado pegada al ladrillo.

Mantengo las manos a los costados. El pasillo es estrecho y me llega igualmente el olor de su sudor.

Tiene la camiseta blanca húmeda. Podría cruzar ese espacio y agarrarla por la nuca antes de que emitiera un sonido.

Se me pone dura solo de pensarlo. La dejo pasar.

El edificio huele a cuero viejo, a cal y a agua de río calada en el ladrillo. Las máquinas de niebla ponen por encima de todo un olor dulzón a producto químico. Parte de lo que oigo es una grabación. Un grito que se corta por la mitad, el metal y la cuenta atrás suenan en bucle.

Una corredora dobla la esquina a toda velocidad y un actor sale de una sala lateral y le planta una mano roja entre los omóplatos al pasar. Ella grita. La huella roja se ve desde el otro lado del pasillo. El actor le señala el corral. Camina en esa dirección, llorando, y nadie la mira.

Jenna lo observa. No le cambia la cara. Mira la mano, mira la camiseta, mira la dirección que le ha señalado el actor, y entonces se mueve.

Veo cómo deja que un tipo grande, que no ha parado de correr, entre al Remojo antes que ella.

Ella espera en el pasillo. Cerca del centro de la sala, un actor se levanta de uno de los canales y lo agarra.

Ella calcula hasta dónde alcanza el actor y cuánto tiempo lo sujeta.

Cuando lo suelta, entra pegada a la pared del fondo, donde él no puede alcanzarla.

Deja que los demás corredores encuentren a los actores por ella.

Ningún actor de este edificio le va a poner una mano roja en la camiseta. De eso me encargo yo.

La sigo por el Remojo hasta el Tinte, donde las viejas cubas recortadas se alinean en filas. Se pone detrás de una y se agacha. Un actor avanza sigiloso por la fila con las manos rojas por delante y pasa lo bastante cerca para tocarle el pelo. No la ve.

Si la toca, le rompo esa mano.

Ella deja de respirar mientras él está cerca. La última vez que aguantó así la respiración, justo después se corrió con mi polla dentro. Suelta el aire cuando él se ha ido, despacio, entre los dientes, y ya está de pie y en movimiento antes de que el estroboscopio pueda iluminarla.

Hay una cúpula en la esquina del Tinte. Cualquier cosa que le haga a él aquí dentro, la hago delante de la cámara.

Pienso en la puerta de acero con el teclado, y en Stanek detrás de ella con un café, mirando a un hombre con una máscara sin boca que se queda de pie en una sala y no marca a la única corredora que hay en ella.

Pasa por delante del Raspado sin entrar, y me alegro. Si yo quisiera hacerle daño a alguien en este edificio, lo haría en la sala del desagüe.

En el cruce junto a las escaleras de atrás, el bocazas, el Corredor 3, está en el suelo con varios actores encima, y grita:

—¡Esto es una gilipollez! ¡Habéis hecho trampa, joder! ¡Que venga el dueño!

Lo arrastran por los brazos hasta la Cal, el puesto que he abandonado, con los talones resbalando sobre el hormigón y la camiseta todavía blanca. Una sola mano roja acabaría con esto. En vez de eso, lo dejan gritar. Todos los corredores y actores del cruce se paran a mirar.

Desde que entró, Jenna se ha servido de los demás corredores para esquivar a los actores. Lo usará a él también, y las escaleras son la única salida de este cruce que no tiene a nadie.

Voy yo primero. Mientras el estroboscopio está apagado y todos los ojos están puestos en el Corredor 3, atravieso el cruce y subo las escaleras a toda prisa.

La puerta de acero del descansillo está cerrada, y oigo a Mears riéndose ahí dentro.

Su equipo está trabajando abajo y él está aquí arriba, donde no pueden verlo.

Sigo subiendo por el tramo estrecho hasta el desván.

El desván está más tranquilo. Las pieles de lona cuelgan en filas de las vigas, tiesas y amarillas, y aquí arriba el estroboscopio es más lento.

Las filas aparecen de golpe, se apagan y vuelven a aparecer.

Hay actores entre las pieles, y no distingo a un hombre de una piel hasta que estoy encima de él.

Los hombres de la primera fila están quietos y dejan que los corredores vengan a ellos. Llevan capucha y guantes rojos, con las bocas de las capuchas cosidas con hilo negro.

Camino hasta el extremo opuesto de esa fila y me vuelvo de cara a las escaleras. Me quedo de pie como están ellos, con las manos abajo y el cuerpo inmóvil.

Quiero que me encuentre. Quiero que sus ojos recorran esta fila y se detengan en el hombre que ha estado dentro de ella.

Sube las escaleras y, al llegar arriba, se pega de espaldas a la barandilla.

El estroboscopio destella, y ella está recorriendo con la mirada la primera fila de hombres encapuchados. Se apaga. Vuelve a destellar.

Me encuentra.

Lo veo suceder. Sus ojos van de una boca cosida a la siguiente. Llegan a mí, pasan de largo y vuelven. En el siguiente destello, tiene la cara blanca.

Abre la boca y no sale ningún sonido. La mano busca la barandilla a su espalda y la agarra.

Los gritos de la planta de abajo suben por el hueco de la escalera, y ella se queda ahí mirando mi máscara.

Ha tenido la palma de la mano apoyada en ella.

La llevaba contra el cuello la noche que me la follé por detrás en su dormitorio.

De toda una fila de hombres encapuchados, me ha distinguido en cuestión de segundos. Se me sacude la polla contra la cremallera. La dejo mirar.

Ninguno de los dos se mueve.