Capítulo 42
R egresamos a la cabaña a pie sin decir una sola palabra. Lo único en lo que podía pensar era en lo que había dejado atrás en el bosque, junto al árbol caído.
Pensé en Junior, y la imagen de su cara en mi mente me entristeció aún más.
¿Qué le diría? ¿Cuánto debería contarle?
Ya tenía edad suficiente para comprender la vida y la muerte. Entendía el mal, aunque nunca lo hubiera vivido en carne propia.
Pensé en el Mike que había conocido. El marido que tuve. Mi compañero de vida. Todo había sido mentira desde el principio.
Mike era mejor actor que yo.
Junto al árbol caído había dejado atrás cualquier pensamiento de que mi marido fuera una buena persona.
El monstruo que caminaba delante de nosotras de vuelta a la cabaña era la cruel realidad de un hombre que nunca había llegado a conocer de verdad.
Amber llevaba el rifle apuntado hacia él, lista para cualquier cosa.
Yo me había colgado el arma del padre al hombro, intentando no pensar en el marido que creí tener.
Mientras Mike caminaba delante, Amber y yo susurramos sobre qué hacer a partir de ese momento. Estábamos de acuerdo.
Una vez dentro de la cabaña, ella preparó el rifle. —Ya sabes adónde ir —le dijo a Mike con dureza.
Mike asintió y bajó en silencio al sótano.
—Abre la puerta de carnicero —dije una vez que estuvimos abajo. Mike se volvió hacia mí y le señalé la habitación con el rifle de su padre.
Abrió la puerta mansamente y se quedó mirando la oscuridad del cuarto, tomando una bocanada de aire.
—Puedes encender la luz —dijo Amber—. Yo nunca tuve esa opción, pero tú sí puedes.
Mike entró y tiró del cordón, iluminando la habitación sin ventanas. Entré, cogí la silla y la coloqué con cuidado para él. Recogí todo mientras Amber mantenía el arma apuntada a Mike.
Amber metió la mano en el bolsillo con rapidez y le lanzó las esposas a Mike, quien las cogió al vuelo. —Ya sabes lo que tienes que hacer —dijo. Mike se colocó bien las gafas antes de ponerse las esposas en las manos.
—Más apretado —dijo Amber, y Mike presionó las esposas, haciendo clic hasta que ya no pudo más.
Mike se volvió hacia mí. —Estoy… lo siento.
—¿Lo sientes? —repetí. Lo miré, sin rastro del amor que alguna vez tuve. Me acerqué al cubo que había en el suelo, lo cogí con la manga y lo puse boca abajo con cuidado para mi marido. —¿O sientes que te hayan pillado?
—Nada de esto fue idea mía, nunca.
Amber le apuntó con el rifle. —Claro, estoy segura de que eso mismo pensaban esas otras nueve mujeres antes de que las mataras. O las incontables que tu padre y tu hermano mataron después de que tú no hicieras nada por ayudarlas.
Mike volvió a girarse hacia mí, con los ojos húmedos. —¿Y qué pasa con Junior?
—Lo sabrá. Algún día entenderá lo que eres.
Mike agachó la cabeza. —Matadme sin más.
—No —dijo Amber sin rodeos—. Voy a asegurarme de que recibas algo mucho peor. Voy a exponerte a ti y a tu familia.
Asentí en señal de acuerdo. —Fuera sigue nevando —dije con frialdad—. Las carreteras probablemente estarán cortadas al menos durante el resto del fin de semana.
Amber sonrió. —Aunque llamemos a la policía, les costará llegar hasta aquí. —Mike la miró. Por primera vez vi miedo en sus ojos.
Salí de la habitación y volví con un cuenco de agua y otro con comida para perros. Los dejé junto al cubo.
—Parece que seguiremos pasando juntos tu fin de semana de cumpleaños —susurré.