Capítulo 27
A mber
Seguí al anciano llamado Harold hasta su cocina, con la tensión acumulándose en el pecho mientras él abría la puerta de la despensa y cogía una bolsa. De forma rápida y metódica la fue llenando con magdalenas, barritas de granola y otros alimentos.
El olor a abandono me golpeó de lleno. Los platos sucios se amontonaban en el fregadero y sobre la encimera, migas y manchas cubrían la mesa, y el suelo estaba pegajoso con vaya usted a saber qué.
Sobre la encimera había una taza de café manchada con una mano de dibujos animados levantando el dedo corazón.
Harold añadió una caja de galletas saladas y una bolsa de patatas fritas antes de pasarme la bolsa. Le di las gracias, y fue entonces cuando vi una bolsa de pienso para perros a medio acabar. Me pareció extraño no haber oído nada de ninguna mascota desde que llegamos allí.
—¿Tienes un perro? —pregunté.
—Tuve uno. Jessie era una buena labradora, ya mayor. Una buena perra. Tuve que sacrificarla el año pasado.
Me estremecí cuando dijo que había tenido que sacrificarla. El hombre de la máscara de lobo, Rick, como yo sabía que se llamaba, había querido hacer lo mismo conmigo apenas unas horas antes.
Harold preguntó entonces: —Tu nombre es Amber Townsin, ¿verdad?
—Sí.
Sonrió. —He oído algo en las noticias. Tu nombre ha sido difundido por todo el condado. Menos mal que llamasteis a mi puerta esta noche. Vamos a llevarte a casa.
—Gracias.
—Y, hablando de eso, es hora de que nos marchemos. —La sonrisa desapareció de su rostro.
Volvimos al salón y Dawn levantó un dedo en el aire mientras escudriñaba por la ventana.
—He visto algo. Quiero decir… creo que sí. No sé. Puede que solo fuera el viento.
Harold se acercó rápidamente a ella, cogió los prismáticos y se puso a mirar hacia fuera. —De acuerdo. Hay más armas abajo. Si os lo digo, quiero que bajéis vosotras. Armaos y esperad. Esperad en el sótano.
Cuando pronunció la palabra sótano, las tripas se me revolvieron. Sentí náuseas. El sótano era lo último que me apetecía.
Harold asintió mientras seguía inspeccionando los arbustos hacia donde Dawn había señalado. —No sé. No creo que vea nada.
Retrocedí unos pasos hacia el interior del salón, con el corazón aleteando en el pecho. Me dio un vuelco y noté cómo el pulso se me aceleraba. La respiración se me iba volviendo dificultosa. El pienso de la despensa y que me mandara al sótano. Era demasiado.
Pensé en el Jeep amarillo y en la segunda máscara de lobo que había en el asiento trasero.
Había más de uno. Una era de Rick. ¿Para quién era la otra máscara? Retrocedí unos pasos más, con los ojos fijos en Harold y en el rifle que llevaba colgado al hombro. Me giré y clavé la mirada en la pared de cabezas de animales. Todas parecían burlarse de mí con sus ojos muertos.
Respiré hondo intentando calmarme, pero fue entonces cuando lo vi. La última cabeza de la colección. Era un lobo, con la lengua asomando hacia mí. Grité.