Capítulo 28
D awn
—¡Para! —exigió Harold—. Para de gritar. —Se volvió hacia mí—. Haz que pare. ¡Todo ser vivo en cinco kilómetros a la redonda puede oírla!
Puse las manos sobre los hombros de Amber y se los acaricié intentando calmarla. —Amber, tienes que parar —dije con calma.
Pero Amber siguió llorando a gritos, chillando como si alguien la estuviera atacando. Le tapé la boca con la mano, pero ella me empujó con fuerza contra la pared. Continuó gritando mientras corría hacia el dormitorio y cerraba la puerta.
Harold miró por la ventana con los ojos muy abiertos. —Tienes que sacarla de ahí. Dile que nos vamos ahora mismo. No tenemos tiempo para esto. —Me miró con el rostro lleno de miedo.
Se dio la vuelta y se colocó en el centro de la ventana mirando al exterior con los prismáticos.
Un estallido amortiguado llegó desde fuera.
La ventana estalló y los cristales salieron volando por todas partes.
Me cubrí la cara mientras los fragmentos venían hacia mí.
Harold cayó al suelo y su rifle se desplomó a su lado.
Me tumbé rápidamente junto a Harold y lo volteé. Le faltaba el ojo izquierdo; en su lugar había un agujero rojo del que manaba sangre a borbotones. Grité más fuerte que Amber. Su cuerpo se sacudía en el suelo.
—¡Harold! —chillé. Su cuerpo quedó completamente inmóvil.
Cogí el rifle y me asomé por la ventana. Disparé rápidamente hacia los arbustos donde había visto el movimiento.
—¡Dejadnos en paz! —grité—. ¡Dejadnos en paz! —Volví a disparar.
El sonido del disparo resonó en la noche oscura y su eco se propagó por el paisaje. Los árboles seguían moviéndose con el viento como lo hacían siempre, pero yo no veía nada.
Oí un crujido en el porche de madera. Aferré el arma con fuerza y me giré cubriéndome la cara con los dedos, intentando mantener la compostura. Necesitaba ver fuera. Necesitaba dispararle, pero después de lo que le había pasado a Harold me daba miedo volver a levantarme.
La puerta crujió al abrirse y los pasos se fueron acercando hacia mí.
No fui capaz de encontrar fuerzas para disparar.
Lo único que podía hacer era taparme los ojos.
No podía ver a Rick. No podía soportar verle con el arma en la mano apuntándome de nuevo.
No podía contemplar cómo le ponía fin a mi vida.
Sabía que si abría los ojos él me devolvería la mirada con esa sonrisita burlona grabada en su cara. Cuando dejé de oír más pasos, abrí los ojos poco a poco.
Lo que vi era mucho peor.
Mike tenía un rifle en la mano. Se agachó, cogió el rifle de Harold y se lo colgó al hombro.
—Mike —dije con desesperación—. Creía que…
Mike sacó el móvil del bolsillo de su chaqueta de invierno y se lo acercó a la oreja.
—Los tengo —dijo.