Capítulo 25
S ubimos por el sendero hacia la cabaña de Harold Vaughn.
Los pies nos dolían de frío y tenía los dedos entumecidos; la única manera de entrar en calor era metiéndolos bajo el brazo.
Mientras avanzábamos penosamente por la nieve con el viento aullando a nuestro alrededor, no pude evitar pensar en lo distintas que eran estas caminatas de las que había hecho con Mike en el pasado.
Siempre íbamos bien preparados, con chaquetas abrigadas y botas de senderismo resistentes, pero ahora Amber y yo íbamos completamente mal equipadas para las duras condiciones del bosque.
Por fin, la cabaña apareció ante nosotras.
Ya la había visto antes; en alguna que otra ocasión había vislumbrado a Harold sentado en el porche, absorto en sus tallas de madera.
La cabaña era pequeña y rústica, construida con troncos toscamente labrados que parecían haber sido cortados del bosque de los alrededores.
Una chimenea sobresalía del tejado y lanzaba columnas de humo al aire.
Pero en ese momento las luces estaban apagadas, y no pude evitar sentir una inquietud creciente.
Me temí lo peor: que no estuviera en casa. No podía ser demasiado tarde; recé para que se hubiera ido a dormir. Harold Vaughn era la única esperanza que teníamos Amber y yo de salir de aquello con vida.
—Date prisa —dije, frenética. Corrimos hacia la puerta. Amber llegó antes que yo. Escudriñó por las ventanas hacia la oscuridad del interior y luego aporreó la puerta con fuerza.
—¡Señor Vaughn! —grité—. Por favor, dese prisa. Soy yo, Dawn. ¡Dawn Nelson! ¡Harold! —vociferé—. ¡Por favor!
Una camioneta destartalada estaba aparcada junto a la cabaña, y supe que Harold tenía que estar allí.
—Tiene que estar en casa —dije. Llamé a la puerta y grité su nombre con más fuerza.
Amber echó un vistazo al bosque que teníamos detrás. —No podemos hacer tanto ruido… ¿Cuántos años tiene ese hombre?
—Casi setenta —dije, volviendo a llamar—. Harold, por favor, abre la puerta. Por favor, despierta.
Amber se llevó las manos a la frente y volvió a mirar hacia dentro. —Sigo sin ver nada. ¿Quizás deberíamos seguir corriendo?
Llamé a la puerta de nuevo, esta vez con más suavidad, casi a punto de rendirme. Seguir corriendo por el bosque sin ropa ni calzado adecuados parecía una empresa inútil, un esfuerzo condenado al fracaso que acabaría con nosotras atrapadas o vencidas por el frío.
—¡Una luz! —dijo Amber señalando, y vi un parpadeo en la ventana—. Está despierto, creo. Está despierto, gracias a Dios. —Apenas podía contenerse.
Volví a llamar. —Harold, soy yo. Soy Dawn. Por favor, date prisa.
La puerta principal chirrió al abrirse y Harold asomó la cabeza. —¿Dawn? ¿Qué estás haciendo? ¿Qué hora es?
Empujé la puerta con urgencia y la abrí un poco más. Eso pareció sorprenderle.
—Harold, por favor —dije—. Necesitamos entrar. Estamos en peligro. Intenta matarnos. Mike está muerto. A algunos de mis amigos los han disparado y matado.
Los ojos de Harold se abrieron de par en par. —¿Qué? ¿Mike está muerto?
—Rick lo mató. Intentó matarme a mí. —Con las manos temblando, cogí a Amber, que estaba acurrucada junto a mí—.
Rick la había secuestrado. Por eso pasó todo lo de esta noche.
La encontré en el sótano de la cabaña, donde Rick la tenía encerrada.
Ahora nos persigue por el bosque y lleva su pistola… Necesitamos llamar al 911.
—Rick —repitió Harold—. Bien, calmaos. —Nos hizo señas para que entráramos. Irrumpimos en su cabaña y él cerró la puerta, echando un vistazo al bosque mientras lo hacía. Acto seguido corrió hacia el fondo de la habitación y apagó la luz.
—Tenemos que guardar silencio —dijo—. Hay muchas posibilidades de que os haya oído y sepa exactamente dónde estáis. ¿Adónde más ibais a ir? —Se llevó un dedo a los labios y luego fue hacia las ventanas a cerrar las cortinas.
—Fuera está nevando mucho —dije—. Esperamos que nuestras huellas hayan quedado cubiertas mientras corríamos.
—Con suerte, quizás —dijo Vaughn—. Pero dadas las circunstancias, creo que no.
Amber asintió mirando a Harold, pero yo lo observé con atención. Resultaba casi desconcertante la rapidez con que comprendió lo que estaba pasando. No parecía asustado por nuestra presencia, ni preocupado por sí mismo. Daba la impresión de estar buscando soluciones sobre qué hacer a continuación.
—Necesitamos que llame a la policía —dijo Amber.
Harold negó con la cabeza. —No tengo teléfono. Llevo años sin tener uno.
Amber se quedó atónita. —¿Quién no tiene teléfono?
—No tengo a nadie a quien llamar. —Se rio entre dientes—.
Hay unas mantas allí. —Señaló hacia un montón de mantas apiladas en un sofá cercano.
Mis ojos siguieron la dirección que indicaba y se toparon con la inquietante visión de varias cabezas disecadas de animales colgadas en la pared.
Era una decoración nada infrecuente para alguien como Harold Vaughn, un hombre de campo.
Notó nuestra incomodidad. —Lo entiendo. No hay un momento que perder.
Señalé hacia la ventana delantera. —Necesitamos subir a tu camioneta e irnos antes de que Rick nos encuentre.
—Sí que tenemos que huir, es verdad. Pero antes de marcharnos, necesitáis ropa adecuada. En el dormitorio, al fondo del armario, están las ropas de mi mujer. Buscad algo abrigado… —Se giró y caminó hacia una escalera que bajaba al sótano—. Ahora vuelvo.
—¿Adónde vas? —preguntó Amber.
Harold se apresuró todo lo que pudo. —A coger mi pistola.