Capítulo 24
V ic se retorcía por el suelo cubriéndose la garganta, con sangre brotándole de la boca. Sarah yacía inmóvil sobre la mesa. Rick me apuntó con su pistola, pero yo me mantuve firme, protegiendo a Amber tras de mí.
Mike lanzó un grito y se abalanzó sobre Rick por un lado.
—¡Corre! —me gritó Amber.
Me cogió de la camisa y tiró de mí hasta que eché a correr con ella hacia fuera, hacia la nieve que caía. Todavía podía oír a Rick y a su hermano forcejear en el suelo, gritándose el uno al otro. Los gritos desde el interior de la cabaña se intensificaron.
Mientras corríamos hacia la fría noche invernal, caí en la cuenta de que ninguna de las dos estábamos preparadas para las gélidas temperaturas, pues habíamos salido sin botas ni abrigos.
—¡No hay tiempo para detenerse! —gritó Amber sin soltarme la mano, mientras nos internábamos más y más en el bosque. La seguí a regañadientes, mirando atrás de vez en cuando hacia la cabaña.
De repente sonó un disparo y me quedé paralizada, con el pensamiento puesto en Mike, mi marido, a quien había abandonado a su suerte. Me detuve. Amber tiró de mi brazo, pero me la sacudí de encima.
—¡Mike! —grité.
—¡Para! —exclamó Amber. —Nos va a encontrar.
Me volví hacia Amber. —Le abandoné. Le abandoné para que le matasen. Todo porque no me fiaba de él.
Amber volvió a tirar de mi mano y dijo: —Tenemos que ir si queremos salir de esta con vida. Vamos, muévete.
Mientras corríamos, sonaron dos disparos más desde el interior de la cabaña. Me giré y volví a gritar el nombre de mi marido. —¡Mike!
Amber me arrastró hacia unos arbustos espesos. —No me obligues a dejarte aquí, Dawn. Tenemos que irnos, ¡ahora! ¡Por favor!
Al cabo de unos instantes, oí que alguien gritaba mi nombre. —¡Dawn! ¡Dawn! ¡Para! —No era Mike, sino Rick. —¡No lo entiendes!
Miré a Amber. —Bien, vamos —asentí. Nos apresuramos hacia el bosque tan rápido como pudimos.
Era una tarea abrumadora. La nieve caía con fuerza y apenas se veía por dónde íbamos.
El frío nos mordía la piel, entumeciendo los dedos de las manos y de los pies.
Notaba el gélido aire clavándose en los huesos.
Los pies ya se me habían quedado sin sensibilidad y cada paso era una lucha por evitar que se me helaran del todo.
Amber también lo estaba pasando mal; le castañeteaban los dientes mientras corría a mi lado. No íbamos a aguantar mucho más.
Avanzamos penosamente, con cada paso más difícil que el anterior. Sentía que el agotamiento hacía mella en mí y la mente empezaba a divagar. Pensé en Mike. Pensé en los tres disparos desde la cabaña. Pensé en Sarah y en Víctor, muertos, a los que ahora se unía mi marido.
Luego pensé en Junior.
El pensamiento de mi hijo me sacó del letargo. Tiré de la mano de Amber obligándola a detenerse. —Tenemos que trazar un plan. Rick conoce este bosque mejor que nosotras. Nos encontrará.
—La vez que estuve corriendo antes, siguió mis huellas.
Alcé la vista hacia la intensa nevada. —Por suerte, puede que la Madre Naturaleza nos eche una mano y cubra nuestras huellas. —Señalé hacia la lejanía. —Crescent Lake está por allí. —Señalé una colina. —Y allá arriba está la carretera.
—¡Vamos! —exclamó Amber intentando llevarme hacia la carretera.
La sujeté de la mano y negué con la cabeza. —Es exactamente adonde Rick irá a buscarnos. Rick sabe perfectamente dónde está la carretera.
—¿Y qué hacemos entonces?
Incluso de noche y con la nevada, reconocía el sendero por el que íbamos y sabía adónde conducía. Me volví hacia Amber. —Tengo un plan.