Capítulo 22
A mber
Corrí a toda velocidad por el bosque bañado de luz de luna, con los pulmones en llamas con cada zancada, impulsada por la adrenalina y la determinación. En algunos momentos sentí una sensación parecida a la que tenía cuando hacía atletismo en el instituto.
Oí al hombre de la máscara detrás de mí, gritándome: —¿Adónde crees que vas?
Mientras seguía corriendo, le oía cada vez menos, pero sabía que seguía ahí. Persiguiéndome, rastreándome, buscando mis huellas en la nieve. Al final me encontraría, lo sabía. Todavía llevaba el rifle encima.
Mi entrenador de atletismo, el señor Anderson, fue una enorme fuente de motivación para mí en el instituto. Sabía cuándo me faltaba empuje. Me gritaba que me espabilara y alargara la zancada. A veces intentaba seguirme, quedándose generalmente rezagado, gritándome, empujándome a ir más rápido.
El entrenador Anderson estaba más disgustado que yo cuando dejé de ir. Creía que tenía condiciones suficientes para conseguir una beca gracias a mis dotes atléticas.
¿Por qué lo había dejado? Ya no lo recordaba.
—¡Te encontraré! —gritó mi captor en la oscuridad. Miré atrás. Apenas se le distinguía, pero le vi moviéndose hacia mí.
Ahora no puedo rendirme, lo sé.
Sin botas, los pies se me estaban helando.
No tenía chaqueta, ni gorro, ni siquiera unos guantes.
Dondequiera que fuera, la nieve dejaba un rastro para que él me encontrara.
Cuando el miedo se apoderaba de mí hasta el punto de querer rendirme, oía al entrenador Anderson gritándome que siguiera.
Era como si estuviera aquí fuera en la nieve conmigo, animándome a seguir con vida.
Cuando estaba en el sótano, mi captor me advirtió de que si no seguía sus instrucciones, me dispararía. Cuando levantó el arma y disparó, la bala impactó en la pared de cemento. El dolor en los oídos fue inmenso y me cubrí la cabeza.
Después hice caso de lo que me decía. Puse las manos en la pared, de espaldas a él. Le oí mover el cubo y apoyar la silla contra la pared. Sacó una llave del bolsillo y me quitó las cadenas y las esposas.
Luego me apuntó a la cabeza con el arma. Noté el cañón contra mi pelo.
—Como te muevas, estás acabada, perrito —me amenazó.
No le puse a prueba. Sabía que lo decía en serio. Me quedé quieta hasta que me indicó que me moviera. Me giré y aquella monstruosa cara de lobo se burló de mí. Escruté los ojos que había bajo la máscara y pude ver lo furioso que estaba.
—Muévete —dijo, empujándome hacia la puerta—. Sube las escaleras y sal por la puerta principal.
—Necesito zapatos —dije antes de dar el primer paso hacia las escaleras.
Me apuntó con el arma como respuesta. —Nada de réplicas. Ya me tienes harta. ¡Haz lo que te digo, ahora! O te vuelo aquí mismo.
Obedecí y subí los escalones a regañadientes hasta que me clavó con fuerza el cañón del rifle en la espalda y caí de bruces sobre los escalones, golpeándome el antebrazo.
—Levántate —dijo—. Muévete, más rápido, sube las escaleras y sal por la puerta, ahora mismo.
Me levanté y me miré el moratón del brazo.
Quise volverme hacia él y decirle todo lo que pensaba, pero era mejor no hacerlo.
Al llegar a la planta principal, crucé la habitación y abrí la puerta de la cabaña.
Mi captor me observó mientras se dirigía a una mesa de cocina, cogía una mochila desgastada y se la echaba al hombro.
Miré fuera, donde seguía cayendo nieve. Casi pierdo el equilibrio al poner el pie en el porche.
Si no hubiera extendido la mano y me hubiera apoyado en el buzón rojo que había junto a la puerta, habría vuelto a caer.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
—A mi coche —respondió con rapidez—. Venga, muévete. Por ahí. —Señaló hacia un grupo de árboles. Hice lo que me decían; los calcetines se me empaparon enseguida en el suelo cubierto de nieve.
Señaló en la dirección de su coche. —Sigue moviéndote, más rápido.
—Por favor —supliqué—. Si tuviera zapatos podría ir más rápido.
El hombre con cabeza de lobo negó con la cabeza y volvió a apuntarme con el rifle. —Tienes que obedecer. ¡Muévete!
Avancé unos pasos más y fingí perder el equilibrio, cayendo al suelo. Oí cómo suspiraba de forma audible.
—No tengo tiempo para estas gilipolleces —dijo—. Tienes que levantarte.
Cerré los ojos y lloré sin lágrimas. No lloraba porque estuviera triste. Estaba furiosa.
—No puedo levantarme —grité—. No puedo… no puedo.
Esperé hasta que se agachó para ayudarme.
Cuando lo hizo, aproveché el momento. Empujé la cabeza hacia arriba contra la máscara de lobo.
Noté su cara cuando choqué contra la máscara con la coronilla.
Le empujé hasta que el arma cayó detrás de él.
Me lanzó un puñetazo y lo esquivé, clavándole los dedos en el cuello.
Le arranqué un trozo de piel con las uñas.
Gritó de dolor y me tiró al suelo sin esfuerzo.
Se volvió y cogió el arma rápidamente, y mientras lo hacía, eché a correr tan rápido como pude hacia el bosque.
Mientras seguía corriendo, podía oírle persiguiéndome. El cuerpo me dolía, las piernas me flaqueaban, los pies se me helaban, pero el corazón no quería rendirse.
—¡Sigue, Amber! —me gritaba la voz del señor Anderson—. ¡No te rindas como hiciste conmigo! ¡No vuelvas a rendirte!
Seguí corriendo, con sus gritos resonando a lo lejos, hasta que por fin distinguí en la oscuridad un Jeep amarillo aparcado en un camino.
Corrí hacia él, pero no había nadie dentro.
Miré por la ventanilla del lado del conductor con la esperanza de encontrar las llaves, pero no había nada salvo una revista de caza.
Y fue entonces cuando lo vi. En el asiento trasero había una máscara de lobo, igual que la que llevaba el hombre en ese momento. Había dos máscaras.
¿Para quién era la otra?
—No vas a escapar —gritó mi captor, acercándose, y yo grité con todas mis fuerzas mientras volvía a correr hacia la oscuridad del bosque.
Me escondí detrás de un árbol y miré a mi alrededor.
A lo lejos podía ver la chaqueta de franela de mi captor.
Ya no llevaba la máscara de lobo, pero estaba demasiado lejos para verle la cara.
La luz de la luna dejaba al descubierto el rifle que todavía sostenía en la mano.
Agachó la cabeza y estudió la nieve. Y en ese momento supe que estaba siguiendo mis huellas.
No me quedaba mucho tiempo antes de que me encontrara.
Él iba bien abrigado, con botas y un arma.
Yo solo tenía mis calcetines y mi determinación de sobrevivir.
Corrí hacia el interior del bosque, tratando de poner la mayor distancia posible entre él y yo, cuando me detuve en seco. Una cabaña.
Varios coches estaban aparcados fuera. Me acerqué corriendo hasta que me fijé en el buzón rojo junto a la puerta principal.
Era la misma cabaña de la que había escapado. De algún modo, había conseguido dar un círculo completo en plena noche.
Oí un disparo a mis espaldas y sentí algo silbar junto a mi cabeza. No me volví. Mi captor estaba ahí sin duda, intentando apuntar mejor. Lo que sí vi fue un punto rojo que se deslizaba por la nieve hasta desaparecer.
Me agaché y eché a correr en zigzag hasta llegar a la cabaña. Subí los escalones tan rápido como pude y abrí la puerta.