Capítulo 14
— Puedo conducir —dijo Mike, sacando las llaves del bolsillo de la chaqueta.
Mike se sentó en el asiento del conductor y arrancó el motor, poniendo de inmediato los calefactores de los asientos. Yo me senté despacio en el lado del copiloto.
—¿Hay algo mejor que los asientos calefactados? Fuera empieza a hacer frío —dijo, estremeciéndose.
Observé los grandes copos de nieve que caían. El sol empezaba a ponerse y el bosque se iba oscureciendo.
Amber Townsin me necesitaba, me recordé a mí misma.
Terry Shreb, mi profesor de interpretación, era mucho más que un mentor para mí.
También acudía a él en busca de sabiduría para la vida.
Él me decía qué hacer cuando dudaba de mis dotes como actriz.
Interpreta el papel, decía Terry. Engaña a tu público para que piense que no eres tú.
Puede que estés asustada en el escenario, preocupada por olvidar el texto y arruinar una escena.
Nada de eso importa tanto como esto: ¿te encuentra tu público auténtica?
Cuando Mike metió la marcha, cogí su mano y la apreté con fuerza sobre su regazo. Era algo que había hecho muchas veces cuando íbamos juntos en coche.
Vi la sonrisa en su cara y supe que pensaba que mi actuación era auténtica.
Siempre se me había dado bien mentir cuando era necesario. La interpretación me salía de forma natural.
La mujer en el sótano no podía confirmar quién la había llevado allí.
La respuesta obvia era Mike. ¿Cuáles eran sus intenciones?
Si realmente la había secuestrado, ¿por qué estaba tan tranquilo y actuando con tanta normalidad?
Sabía que yo también había estado en el sótano.
¿Esperaba que de algún modo no me hubiera dado cuenta de que había una mujer abajo?
¿Estaba Mike ofreciendo una actuación mejor que la mía?
¿Estaba jugando conmigo?
Las dudas matan tu actuación. Eso también me lo dijo Terry.
No te preguntes en todo momento si el público te quiere o te odia.
Quieres que el público te encuentre auténtica en tu papel, pero no quieres cuestionarte a ti misma durante la representación.
Pide a un amigo o a alguien de quien sepas que será sincero contigo que tome notas durante la obra.
Pregúntale: ¿cómo de auténtica he resultado?
Lo que no debes hacer es interpretar cualquier cosa que veas hacer a algún espectador mientras estás en el escenario.
Si ves a alguien bostezar en el patio de butacas, no es porque se haya levantado a las cinco de la mañana, sino porque le pareces aburrida. No te hagas eso a ti misma.
Mike apretó mi mano y supe en el fondo de mi corazón que él no sabía nada. Lo que yo deseaba saber era la verdad.
—¿Lo estás pasando bien en tu cumpleaños hasta ahora? —le pregunté con cariño.
—Gracias por todo lo de hasta ahora. Ha sido sin duda una buena sorpresa.
Yo me he llevado una mala sorpresa, pensé para mis adentros. —Bien. —Muy pronto tendría más público. Sarah y Victor podían llegar en cualquier momento. Sarah podría ser quien me diera las notas, aunque era un papel que ojalá nunca hubiera tenido que asumir.
Por supuesto, no quería meter a mi amiga en todo esto. Volví a mirar por la ventana la nieve.
—Puede que tengas razón con lo del tiempo —dije—. Podríamos llamar a Vic y a Sarah y cancelar lo de esta noche. Lo último que quiero es que les moleste quedarse atrapados por la nieve. Además, no me importa estar a solas con el cumpleañero.
Mike me miró de reojo mientras conducía. Asintió despacio. —De acuerdo, claro. —Paró el coche y metió la marcha atrás. —Deberíamos volver a la cabaña y llamarles. Cancelar ahora.
Pensé en Amber. Inclinada hacia delante comiendo comida para perros en el suelo, con las manos esposadas a la espalda.
—No, vamos al pueblo. Ya hemos llegado hasta aquí.
Mike volvió a meter la marcha. Cuando llegamos al camino principal, giró y me sonrió.
—Entonces, Lady MacBeth, ¿vamos a ensayar tus frases otra vez esta noche? —preguntó.
Era muy bonito que a Mike le importara tanto cómo me iban las obras.
Desde que me uní al grupo de teatro del pueblo, no había sido más que un apoyo.
Siempre estaba en primera fila en todo lo que yo hacía, aunque fuera el papel más pequeño.
Le encantaba ensayar mis frases. Por las noches, antes de dormir, repasábamos juntos alguna escena.
Aunque Mike nunca lograba meterse tanto en su papel como yo, le encantaba verme entrar en el personaje.
Lo llamaba magia. Creo que disfrutaba imaginando que estaba en el escenario conmigo.
Se sabía el texto lo suficientemente bien como para haberlo estado.
A veces le pillaba murmurando el texto desde la primera fila.
—Creo que ya me sé el papel de memoria, gracias a ti —dije. Sonreí y él me devolvió la sonrisa.
¿Cómo podía un hombre así ser capaz de hacerle algo terrible a una mujer como Amber? Mike apretó mi mano. Se inclinó y me dio un beso en la mejilla. Sentí una culpa instantánea.
Giré la cabeza hacia la ventana y retiré mi mano de su regazo.
En ese momento divisé la camioneta blanca de Harold aparcada en el arcén.
En el asiento del conductor, Harold tenía la cabeza gacha.
Cuando los faros delanteros de Mike lo iluminaron, se llevó una mano a la cara para cubrirse y nos saludó.
Mike le devolvió el saludo y se incorporó a la carretera principal.
—¿Qué hace aparcado ahí? —pregunté.
—Quién sabe. El viejo cada vez está más raro. La última vez que le vi me confundió con mi padre.
Me reí. —Tu padre nunca llevó gafas. O sea, cuando te las quitas, sí, supongo que lo veo.
Mike sacudió la cabeza. —Se está yendo de la cabeza. No me imagino lo que debe de ser perder a tu mujer. Yo también me volvería loco, seguramente.
Mike me había contado la historia de Anna, la mujer de Harold. Era una tragedia. Un accidente terrible. Mike me había dicho que la policía tardó días en encontrar el cuerpo.
—Fue un accidente en barca, ¿verdad? —pregunté.
Mike sacudió la cabeza. —En kayak, así que supongo que más o menos tienes razón.
Ocurrió aquí mismo, en Crescent Lake. Su mujer salió sola.
Era una apasionada del kayak. Harold me dijo que fue idea de ella comprar la cabaña porque le recordaba a estar cerca de los Grandes Lagos y a todos los deportes acuáticos que practicaba cuando vivía en Ontario.
Así que ese día, por lo que entiendo, había viento.
La embarcación volcó bajo el agua y ella no fue capaz de darse la vuelta.
—Eso pasa continuamente en kayak, ¿no? —pregunté—. ¿No debería haber sabido cómo darse la vuelta?
—Debería, sí. Eso cabría pensar. ¿Quizás no tenía fuerzas? No sé. Terrible, de todas formas. Él la encontró en el agua.
—No me lo imagino —dije. Lo imaginé nadando hacia el kayak frente a la orilla. Metiéndose la cabeza bajo el agua y viendo el cuerpo de su mujer. Su expresión de miedo con los ojos bien abiertos, grabada para siempre en su cara.
Odiaba lo visual que podía llegar a ser mi mente en ocasiones. Como actriz, tendía a visualizar situaciones terribles para conseguir sentir las emociones de los demás. Era un buen truco si querías sentirte de una determinada manera antes de empezar una escena.
Por desgracia para Harold Vaughn, aquello era su vida real.