La Cabaña Familiar Capítulo 13
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Capítulo 13

M ike caminaba delante de mí hacia un grupo de árboles altos que había detrás de la cabaña. Era un paseo que habíamos hecho muchas veces. Esa corta excursión era la segunda tradición que tenía Mike Nelson cuando visitábamos la casa de vacaciones.

Como siempre, apenas hablaba. Tenía la cabeza gacha y apartaba la cara para que yo no viera sus ojos húmedos.

Por fin llegamos a un gran árbol caído. En verano estaría cubierto de musgo y otras señales de vida, pero aquel día la nieve lo cubría casi por completo.

Mike se acercó al centro del árbol caído y me miró. Tendió la mano. Al principio dudé, pero sabía que no era momento de dejar de fingir. Mike siempre se emocionaba cuando venía a su rincón.

Verle tan vulnerable era algo que antes me conmovía. Después de descubrir a Amber en el sótano, ya no sabía qué pensar.

Me acerqué a él y le rodeé la cintura con el brazo.

—Te quiero, mamá —dijo Mike mirando el árbol caído. Solía ser lo primero que decía al llegar. Mike esperó, como si el árbol fuera a responderle.

—Ojalá… pudieras verme ahora —dijo Mike—. Junior ya tiene seis años. Dawn —añadió mirándome de reojo— sigue aguantándome. Ojalá pudieras verlo.

Estreché mi abrazo de forma instintiva, queriendo consolarlo. Pensé en la chica encadenada en mi sótano y lo aflojé de nuevo.

La madre de Mike le había abandonado. Dejó a su padre cuando Mike era pequeño. Dejó a Rick antes de que este pudiera decir una frase completa.

Abandonó a su familia.

Mike no me habló de su madre durante años. Solo cuando nos comprometimos se abrió. Una mañana, mientras estaban en la cabaña, ella dijo que tenía que marcharse. Y no volvió jamás.

Mike tenía entonces la misma edad que Junior.

Su padre tuvo que criar solo a sus dos hijos pequeños. Eso me hizo pensar en Rick. Era mucho más fácil entender al hombre que era cuando uno descubría lo que su madre les había hecho.

El árbol caído era un lugar donde Mike guardaba buenos recuerdos de su madre. Ella lo llevaba allí, con el pequeño Rick en brazos durante las caminatas. Se sentaba en el tocón y les leía a los dos sin parar, durante horas.

Mike quería a su madre, aunque a veces le costaba recordarla. En su última visita a la cabaña, cuando llevó a Junior a ver su rincón junto al árbol caído, me confesó que había olvidado cómo era su cara. Aquel día lloró delante de su hijo.

Yo no lo entendía. Habíamos ido a su rincón muchas veces, donde decía que le gustaba visitar a su madre, pero era la primera vez que se derrumbaba de ese modo.

Junior fue más comprensivo que yo en ese momento.

Abrazó a su padre y me explicó que simplemente echaba de menos a su mamá.

Junior me dijo que él también estaría triste si no me tuviera a mí.

Fue entonces cuando empecé a notar el cambio de comportamiento de Mike. Fue entonces cuando empezó a salir de casa de improviso, en su mayoría para estar solo, suponía yo.

Mike tocó la nieve que cubría el tronco y le dio unas palmaditas con la mano.

—Sabes —dijo—, a veces pienso en aquel día que se fue.

Mi padre ya no fue el mismo. Se volvió más duro.

Más difícil de aguantar que antes. Harold Vaughn y su mujer, Anna.

Fueron de gran ayuda. Anna era como un ángel.

Traía comida. Mucha comida para mi familia.

—Bajó la cabeza—. Solo pienso en ello porque le has visto hoy. Me da pena el pobre viejo.

—¿Quieres ir a visitarle hoy? —pregunté. Esperaba que dijera que sí. Eso me lo pondría más fácil para asegurarme de que Amber recibiera ayuda y estuviera a salvo.

—No —respondió secamente, sin dar más explicaciones.

Asentí y estreché el brazo que tenía alrededor de él. Observé cómo una lágrima le bajaba lentamente por la mejilla. Se la sequé con la mano y él me sonrió.

Nunca había conocido a Anna antes de su desgraciado fallecimiento.

Mike hablaba de ella con una admiración enorme.

Me costaba creer que la mujer de la que hablaba hubiera estado unida al hombre al que había visto hoy caminar detrás de la cabaña.

Harold Vaughn no parecía un ángel en absoluto, con su escopeta al hombro de siempre.

—Lo siento, mamá —susurró Mike mirando fijamente el árbol caído.

—¿Por qué dices eso cada vez que venimos aquí?

—Me gustaría poder retroceder en el tiempo. Tomaría mejores decisiones. Una de ellas sería decirle a mi madre cuánto la quería antes de que se fuera aquel día. A lo mejor se habría quedado. No sé… Gracias por acompañarme a visitarla. Siempre significa mucho para mí.

—Claro que sí —dije. Mike se inclinó hacia mí y cerró los ojos. Respiré hondo, pensando en Amber Townsin, encerrada en la sala de despiece. Cerré los ojos y le besé rápidamente.

—Bueno —dijo abriendo los ojos—. Vamos al pueblo.