Capítulo 12
M ike levantó el arma y apuntó por toda la cabaña, mirando a través del visor con una sonrisa. Pero en cuanto vio el miedo en mi cara, su expresión se ensombreció. Yo seguía con la boca abierta.
—¿Qué pasa? —preguntó—. No sabes disimular, la verdad. No he tenido un arma desde antes de casarme contigo.
—Bueno… —Intenté encontrar las palabras. Parecía tan cómodo con el arma en la mano. Tan contento de sostenerla. Al ver mi miedo, fue como si le hubieran dado a un interruptor, y pareció enfurecerse.
—Rick ha hecho algo bonito —dijo Mike—. Esta arma es especial. —Levantó el arma y apuntó hacia una pared—. El visor todavía parece bueno. Me pregunto qué tal dispara.
Rick entró en la cabaña, me dedicó una sonrisa y volvió a abrazar a su hermano. —Ya veo que el regalo te ha encantado. Feliz cumpleaños de nuevo, hermano. Él quería que lo tuvieras tú. Nunca debió ser mío.
Observé cómo Mike se daba la vuelta y se secaba los ojos.
—Sé hombre. —Rick soltó una carcajada—. A papá le habría horrorizado verte llorar sujetando así su escopeta favorita.
Mike se unió a la risa. —Sí, te la habría quitado de inmediato.
—Y te habría llamado nenaza, como mínimo. —Rick se volvió hacia mí y sacudió la cabeza con una sonrisa—. Veo que le he disgustado a la señora, así que mi trabajo aquí ha terminado. —Se acercó para darme un abrazo y yo me estremecí, retrocediendo un paso.
—¿Qué te pasa? —dijo Rick—. ¿Me odias tanto por haberle regalado un rifle? Es por su valor sentimental. Dudo que Mike llegue a usarlo siquiera.
Respiré hondo. Pensé en la chica del sótano. Sabía que no era el momento de armar un escándalo, por mucho miedo que sintiera.
Un momento antes había estado dispuesta a contarle a Mike lo de ella, pero ahora, viéndole sostener el rifle, me sentía… inquieta. Tenía la fortísima sensación de que algo iba mal.
—Tienes razón, Rick —dije—. Perdona. Es un regalo bonito. —Me acerqué y le abracé por última vez—. Que disfrutéis de la cacería.
—Siempre —respondió. Se volvió hacia Mike—. A esos preparacionistas les gusta cazar con todas las comodidades. Hemos alquilado una cabaña y todo. Nuestro padre era demasiado duro para eso. Nos hacía acampar fuera.
Mike sonrió. —El viejo era de otra pasta.
Rick asintió. —Bueno, ya os he fastidiado suficientemente la noche por ahora. —Se volvió hacia mí—. Hasta la próxima.
—Gracias, Rick —dijo Mike—. Que disfrutes del fin de semana.
—Vosotros también. Si os aburrís de vuestros amigos de la alta sociedad, avisadme. Puedo pasarme cuando queráis.
Sonríe, me dijo mi voz interior. Por fin logré esbozar una amplia sonrisa. —Me alegra haberte visto —dije—. Llévate unas cuantas galletas para el camino.
Los ojos de Rick se abrieron de par en par. —Claro, claro. Gracias. —Cogió unas cuantas de la bandeja, saludó con la mano y salió de la cabaña. Lo seguí con la mirada a través de la ventana mientras subía a su Jeep amarillo.
El sonido de un clic hizo que volviera la cabeza de inmediato. Mike apuntaba por la habitación y apretaba el gatillo varias veces.
—Noto que me estás mirando —dijo.
—Es que… No quiero tenerlo en casa. Junior todavía es demasiado pequeño.
Mike bajó el arma y asintió a regañadientes. —De acuerdo. Alquilaré una taquilla en algún sitio.
—A decir verdad, tampoco me gusta tenerlo en la cabaña.
Mike puso los ojos en blanco. —Bien, lo guardaré abajo.
—¡No! —dije demasiado alto. Mike se volvió hacia mí arqueando una ceja. Improvisé una mentira rápidamente. Mi regalo está ahí abajo. No lo he escondido. No tuve tiempo de envolverlo antes de que llegaras.
—¿Otro regalo? —Echó un vistazo a la mesa—.
Creía que el collage era mi regalo. —Me observó fijamente, atento a mi reacción, hasta que sonrió—.
Eres una caja de sorpresas. Otro regalo.
Qué mujer tengo. —Se acercó a la mesa, apartó el collage a un lado y dejó el arma junto a él—.
Por Junior, no tengo ningún problema en alquilar una taquilla.
—Estudió las fotografías—. Chico, si supieras los líos en los que nos metíamos de críos jugando con las armas de papá...
Tienes razón. Las guardaremos en una taquilla. Por suerte, Junior no es Rick.
—Algo en lo que los dos podemos estar de acuerdo.
Mike se fijó en una de las fotos. —Sabes, cuando papá murió y le dejó este rifle a Rick, me quedé destrozado. Es solo un arma, lo sé. Pero para él significaba mucho. Era casi como su tercer hijo. Le hablaba. Hasta le puso nombre. Justice .
—Justice. ¿Por qué ponerle nombre a un arma?
Mike se rió. —Nunca nos lo dijo. Compró el rifle después de la Guerra de Vietnam, antes de volver a América.
Su versión era que se lo quitó a un soldado que intentó matarle, después de…
Bueno, ya sabes… Era especial para él. Era la única arma que usaba cuando iba de caza.
No creo que Rick lo use. Le gustan los rifles más modernos.
Mayor capacidad de munición. Miras láser.
Cuando yo cazaba, me gustaban las armas sencillas como esta. —Me miró—. ¿Qué me querías decir?
—¿Cómo? —Me quedé confundida.
—Antes de que llegara Rick, querías contarme algo. Parecías preocupada. —Mike bajó la vista hacia la mesa y cogió una nota amarilla que yo le había escrito.
—Eso era justo lo que quería decirte. Vic y Sarah llegan pronto. Necesitamos provisiones. Cerveza. Quería comprar filetes para todos. —Y también necesitaba un momento a solas para pedir ayuda. Amber Townsin dependía de mí.
—Me parece perfecto. Vamos.
—No —dije—. Quédate, disfruta del regalo de tu hermano, que parece gustarte más que el mío.
—Eso no es justo —dijo. Cogió el arma de su padre—. Me pregunto si todavía tengo el kit para limpiarla. Creo que está en el sótano, en alguna de las cajas de papá.
Lo observé y pensé en Amber. —Quizá es mejor que vengas conmigo —dije a regañadientes—. Eres muy exigente con la cerveza y con el corte de filete que elegimos.
Mike sacudió la cabeza. —Nunca escoges un buen corte. No prestas suficiente atención cuando tomas decisiones. Coges lo que tienes más cerca. Hay que fijarse en el marmoleo del filete. En su grosor.
—Gracias por la lección —dije, cogiendo su chaqueta del gancho—. Ahora, vámonos. —Se la tendí a Mike.
Por fin alcanzó su parka. Era de un verde desvaído, pero le había abrigado durante muchos inviernos en nuestra cabaña. Se la puso, tomándose un momento para ajustarse la capucha antes de volverse hacia mí con una sonrisa.
No sabía qué pensar. ¿Era Mike el responsable de lo de Amber Townsin? Si no era él, ¿quién si no?
—Listo —dijo, esperándome. Asentí y me puse las botas y la chaqueta.
Pasara lo que pasara, una vez en el pueblo, lo único que necesitaba era tiempo suficiente para llamar a la policía.
Mike se volvió hacia mí con expresión preocupada. —Antes de irnos, hay algo que tengo que hacer.