Capítulo 10
A mber
Estaba sentada en el suelo, ajena al frío del cemento mientras escuchaba los pasos que retumbaban encima de mí.
¿Quién era la mujer que había bajado las escaleras?
Fuera quien fuese, parecía tan asustada como yo cuando me encontró. La expresión de asco que puso al ver la comida para perros era idéntica a la que debí de tener yo la primera vez que la vi.
¿Quién era la segunda persona que la llamó a gritos?
Dawn. Ese era su nombre.
Intenté repasar a toda la gente que conocía. No conocía a nadie que se llamara Dawn. Y desde luego no conocía a esa mujer en persona. ¿Podría ser una amiga mayor de alguna amiga? ¿La tía de alguien que yo conociese? ¿Una amiga de mi madre?
Desde que había despertado en el sótano, me había costado mantener las emociones a raya, oscilando entre el llanto y la rabia.
La voz del hombre que había llamado a Dawn no me resultaba familiar. Aunque la voz del hombre que llevaba la cabeza de lobo sonaba amortiguada, parecía más grave.
Cada vez que caminaban por el piso de arriba, temía que estuviesen volviendo a por mí. Tenía la certeza de que, en algún momento, el hombre de la máscara regresaría.
Puede que la mujer no fuese alguien que yo conociera y que pareciese asustada, pero ¿quién podía asegurar que no estaba involucrada de algún modo con la persona que me había secuestrado? ¿Me ayudaría de verdad?
Lo único que sabía era que el miedo en los ojos de Dawn era el mismo que el mío. Se había sorprendido tanto de verme como yo de verla a ella. Con suerte, eso significaba que podía ayudarme. Con suerte, eso significaba que haría algo.
Había algo en la expresión que Dawn había puesto antes de irse que me reconfortaba. Incluso las palabras que dijo antes de marcharse me habían hecho sentir mejor.
—Quédate callada —me advirtió.
Esas palabras las había escuchado antes. Aquellas noches de la infancia en que mi padre estaba más alterado de lo habitual y mi madre cerraba con llave la puerta de mi habitación, decía algo parecido. Mi madre tenía incluso la misma expresión de preocupación que Dawn antes de cerrar la puerta.
Fue entonces cuando caí en la cuenta: Dawn quería protegerme de quien fuera que estuviese con ella.
Aquellas noches en que mi padre estaba fuera de sí, le escuchaba descargar su rabia sobre mi madre. El solo pensarlo seguía haciéndome daño, más de una década después. Desde pequeña supe que mi padre era un monstruo.
A veces me costaba recordar su cara. Hacía tanto tiempo que no le veía. Me negaba a pronunciar su nombre. Era mejor pensar en él como un esqueleto en el armario que jamás volvería a ver la luz del día.
Mis padres no estaban casados. Mi llegada a este mundo fue un accidente. Aunque apenas se conocían, intentaron criarme juntos. A mi madre le costó años de maltrato darse cuenta de que eso era una mala idea.
A veces solía pensar que mi madre era débil por haber aguantado tanto tiempo con mi padre. A veces estaba enfadada con ella por lo que vi de pequeña y por lo que me pasó a mí.
No había comprendido la fortaleza que hacía falta para abandonar a un hombre como mi padre.
Estaba sentada en aquella pequeña habitación sobre el suelo de cemento, deseando poder decirle tantas cosas. Cosas positivas, para variar.
Con ese pensamiento, moví las manos a mi espalda.
Había estado moviendo las cadenas mientras estaba sentada, intentando colar las muñecas por las esposas.
En un momento creí que se habían deslizado un poco, pero estaba segura de que era mi mente jugándome una mala pasada, dándome la esperanza de que podía escapar.
No recordaba cuánto tiempo llevaba sin comer ni beber. De repente, la comida para perros esparcida a mi alrededor empezaba a resultar cada vez más tentadora.
Miré el cuenco de agua, me incliné hacia delante y bebí.
Con las manos atadas a la espalda, era difícil y agotador.
Separé las piernas para llegar al cuenco y bebí a sorbos.
Estuve a punto de caerme y de darme con la frente en el cemento, pero logré mantener el equilibrio.
Casi vacié el cuenco, procurando no pensar en lo ridícula que debía de parecer.
Fue entonces cuando se me ocurrió. Las cadenas. Las esposas.
¿Podría actuar el agua como lubricante para ayudar a deslizar las esposas?
Giré el cuerpo hacia el cuenco y entonces escuché algo nuevo. Un tercer par de pasos en el piso de arriba.
¿Cuánta gente iba a venir a esta casa? Si pedía ayuda a gritos, ¿haría algo alguno de ellos por mí? Al menos Dawn estaba de mi parte. ¿Sería buena persona quien fuera que estuviese también en esa casa?
Pensé en gritar, pero me detuve: ¿y si todos eran malos? ¿Qué me harían los tres? ¿Cuáles eran sus planes?
Sacudí la cabeza e intenté no pensar en ello. Yo tenía mis propios planes. Me concentré en intentar meter las muñecas en lo que quedaba de agua en el cuenco.