La Cabaña Familiar Capítulo 9
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Capítulo 9

M ike se sirvió un vaso de whisky escocés y escondió la botella debajo del fregadero de la cocina.

Cogió un puro del bolsillo de su abrigo de invierno y abrió la puerta principal para encenderlo.

Era su tradición. Era algo que él, su padre y su hermano hacían siempre al comienzo de un viaje a la cabaña.

Yo fui recorriendo la cabaña, recogiendo un poco, fingiendo prepararme para nuestros invitados, mientras intentaba aclarar en mi mente qué debía hacer.

Él daba caladas al grueso cilindro de tabaco mientras miraba fijamente el bosque. Al rato salió al porche y cerró la puerta tras de sí.

Siempre odié la tradición de la familia Nelson.

El olor de un puro era insoportable para mis pulmones intactos.

Tradicionalmente, sin embargo, la familia Nelson fumaba dentro de casa.

Una vez que Mike y yo heredamos la cabaña, establecimos la norma de no fumar en el interior.

A Mike le preocupaba más el humo de segunda mano cuando se trataba de Junior.

El tiempo que pasó fuera me dio la oportunidad de pensar. La joven en el sótano. Había dado por sentado automáticamente que Mike era quien la había metido allí.

¿Y si no había sido él?

Teníamos una piedra falsa con una llave de casa dentro, completamente a la vista de cualquiera, fuera, en el jardín delantero de la cabaña. Alguien podría haberla encontrado y haber usado la casa para lo que fuera que tenía planeado hacer con la mujer en el sótano.

No había mucha gente que se manejara por estos bosques salvo quienes tenían una cabaña.

Eso me hizo pensar en Harold. Estaba haciendo senderismo cerca de la casa cuando llegué. ¿Con qué frecuencia lo había visto cuando íbamos a la cabaña? Solo unos pocos encuentros, como mucho. Aunque vivía solo. Si hubiera secuestrado a una mujer, ¿por qué no la habría retenido en su propia casa?

Nada de aquello tenía sentido.

Lo único en lo que podía pensar era en la chica. ¿Qué cosas terribles le habría hecho alguien? ¿Sería ese alguien mi marido?

Observé a Mike desde el interior de la cabaña mientras expulsaba una densa nube de humo.

Parecía no tener ninguna preocupación en el mundo. Más allá de su momento emotivo al llegar, parecía más contento que nunca. Casi como el de antes.

Volví a pensar en la joven. Estaba asustada, con razón. Estaba sucia, pero no parecía herida en ningún modo que yo hubiera podido apreciar. Físicamente, al menos.

Necesitaba saber quién era ella, por qué estaba allí y si mi marido la había puesto allí.

Mike expulsó una densa cortina de humo blanco de su puro. Respiré hondo, observando cómo estaba. Si había secuestrado a la chica, ¿por qué actuaba como si no hubiera pasado nada?

Quizás Mike era el mejor actor de nuestro matrimonio, y no yo.

Habla con él sin más, pensé. Esto no puede ser Mike. No es un hombre violento. Nunca se peleó con nadie, salvo con su hermano de pequeño. Nunca levanta la mano a Junior ni a mí. Se emocionó cuando me contó los maltratos que su padre le infligía cuando era niño.

Pero claro, últimamente no ha sido él mismo. Llega tarde del trabajo, sale de casa solo durante horas. ¿Cómo sé que siquiera estaba trabajando hoy? A veces trabaja en remoto.

—No dejes que me haga daño.

Esas fueron las últimas palabras que me dijo la chica antes de que volviera a cerrarla en la habitación.

La imagen de ella me golpeó con fuerza esta vez. El olor a comida de perro esparcida por el suelo. El cubo, que solo podía servir para una cosa.

Mike no sabía nada de mi viaje sorpresa a la cabaña. Llegó bastante rápido después de que se lo contara. Debería haber tardado al menos una hora más.

En cuanto llegó a la cabaña, me cogió el teléfono.

La regla del teléfono móvil no era nueva.

De hecho, fui yo quien la había impuesto la última vez que estuvimos en la cabaña.

Le arrebaté el móvil cuando estaba revisando su cartera de acciones.

Podría haber estado esperando para hacer lo mismo conmigo cuando yo tenía el teléfono, aguardando a tomarse su venganza de marido.

Sacudí la cabeza. Hace dos años decidimos desconectar la línea fija de la cabaña. La única manera de comunicarnos con alguien era a través de nuestros teléfonos móviles. Fue idea mía para ahorrar un poco de dinero.

Mientras Mike disfrutaba de su puro, intenté encontrar mi teléfono.

Había muchas posibilidades de que todavía lo llevara en el bolsillo, aunque eso iría en contra de la regla de no usar teléfonos.

Registré la cocina, abriendo cajones y revisando los sitios habituales donde solíamos guardar las cosas.

Si era lo bastante rápida, podía correr al baño, echar el pestillo y llamar al 112, y luego devolver el teléfono a su sitio antes de que terminara. Habría que esperar un buen rato hasta que llegara la policía, pero afortunadamente a él le gustaban los puros gruesos y largos.

—¿Qué vamos a cenar? —llamó Mike desde fuera.

—Eh, estaba pensando en filete, ¡con Vic y Sarah! —grité, cerrando un armario. Busqué por el salón, entre los cojines del sofá.

—¡Estupendo! —dijo Mike—. Tendría que haber traído otro puro para después de cenar.

—¡Qué lástima! —respondí, mirando detrás del televisor y del reproductor de DVD. No encontraba mi teléfono por ninguna parte.

Como por arte de magia, sonó un teléfono móvil.

Era un tono que conocía: «I've Got You Under My Skin», de Frank Sinatra.

Era el teléfono de Mike. Sus gustos musicales siempre iban unas cuantas generaciones por detrás de cualquier cosa moderna.

Seguí el sonido hasta descubrir que estaba en el único lugar al que no podía llegar: encima de la nevera.

Mike se levantó de un salto y entró en la cabaña. Con el puro todavía firmemente sujeto en la boca, cogió su teléfono, miró el número y sonrió.

—Hola, Darlene —le dijo a mi madre—. Gracias, gracias —dijo al cabo de un momento—.

Sí, los cuarenta este año. —Se volvió hacia mí con una sonrisa—.

Sí, tu hija intentó darme una sorpresa, aunque al final se le escapó sin querer en el último momento.

—Asintió y escuchó—. Junior quería llamarme.

Sí, ponme al crío. —Esperó a que su hijo le saludara—.

¡Hey, Campeón! —dijo—. ¿Lo estás pasando bien en casa de los abuelos?

Bien. ¿Y qué estás haciendo? Ah, viendo la tele.

—Mike me guiñó el ojo—. Gracias, hijo, por felicitarme el cumpleaños, aunque sea la semana que viene.

Tendrás que felicitarme otra vez. —Su sonrisa se ensanchó—.

Yo también te quiero, chico. Bueno, Junior, diviértete.

¿Quieres hablar con mamá? —Volvió a decirle que le quería antes de pasarme el teléfono.

Mientras observaba a mi marido hablar con nuestro hijo, se me derritió el corazón. ¿Cómo había podido pensar que era capaz de hacerle algo a la mujer de abajo? Era mi mejor amigo. Mi compañero de vida. Y yo aquí, fingiendo que era una especie de monstruo.

Mike me pasó el teléfono. Me lo acerqué despacio al oído. —Hola, Junior —dije.

—Hola, mamá —respondió con su voz de niño. Cada año su tono cambiaba más y más a medida que crecía—. Le hemos sorprendido a papá de verdad, ¿a que sí?

—Pues claro que sí.

—¿Está contento?

—Lo está. —Respiré hondo y le sonreí a Mike al responder.

—Qué bien, porque sé que papá ha estado…

triste. Necesita estar contento en su fiesta de cumpleaños.

—Me reí. Mi niño era tan sensible a las emociones de nuestra casa.

Había intentado no hablar con él de lo que le estuviera pasando a Mike.

Esperaba que no hubiera notado lo diferente que estaba actuando su padre.

Era ingenua al pensar que no había percibido la tensión emocional en casa.

—¿Mamá? —dijo Junior a modo de pregunta.

—Dime, Junior.

—Cuando sea de verdad el cumpleaños de papá, ¿podemos volver a celebrarlo? Quiero estar yo también en su cumpleaños.

—Por supuesto. Haremos otra fiesta cuando sea el cumpleaños de tu padre. Solo nosotros tres. —Al decir eso, la cara de Mike se iluminó.

Eso me hizo sentir aún más culpable por los pensamientos que había tenido. Este era el hombre al que amaba. ¿Cómo podía no tener fe en él?

—Mamá y papá tienen que irse ya —le dije a Junior con ternura—. Buenas noches, hijo. Te quiero.

—Yo también te quiero, mamá —dijo Junior.

Terminé la llamada y fui bajando el teléfono despacio. Lo dejé sobre la mesa, junto al collage.

Mike se dio cuenta de repente de que todavía tenía el puro en la boca al expulsar una bocanada de humo, y se disculpó dirigiéndose hacia la puerta principal.

—Espera —le dije. Se detuvo y me sonrió—. Tenemos que hablar. —Cuando dejé ver la preocupación en mi cara, su expresión cambió.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Tenemos que llamar… —Un fuerte golpe en la puerta me sobresaltó. Mike se dirigió tranquilamente a la puerta principal y la abrió, sonriendo ampliamente al ver quién era.

Su hermano Rick le devolvió la sonrisa mientras Mike la abría del todo.