Capítulo 8
M e dirigí rápidamente hacia la escalera y me quedé mirando hacia arriba. Había demasiado que asimilar y no tenía tiempo para hacerlo. Solo podía pensar en una pregunta.
¿Quién era ella?
—¡Dawn! —llamó Mike desde arriba—. ¿Dónde estás?
Apoyé el pie en el primer escalón.
¿Quién era ella?
¿Por qué estaba encerrada en el sótano de nuestra cabaña?
Oí a Mike moverse por ahí, con el suelo crujiendo a cada paso. Se estaba acercando a las escaleras.
Sonríe, me exigió una voz interior. Sonríe.
Hice caso a mis instintos, esbocé una sonrisa y subí las escaleras a toda prisa.
—Hola, Mike —dije al llegar arriba. Estaba en el salón y se volvió hacia mí ajustándose sus gruesas gafas.
—Aquí estás —dijo. Estudié su rostro con atención en busca de cualquier indicio de que supiera que la había encontrado. Cuando vio mi amplia sonrisa de bienvenida, me devolvió la suya. Llevaba trece años casada con Mike y casi a diario veía esa sonrisa.
Ese día era como si el hombre que me sonreía fuera un desconocido.
¿Quién era ella? ¿Qué le había hecho Mike?
—Has llegado muy pronto —dije—. No te esperaba hasta dentro de una hora más o menos. Has arruinado los preparativos y también tu sorpresa.
Mike soltó una carcajada. —Me encanta arruinar las cosas, lo siento.
Estaba al otro lado de la habitación, frente a mí.
Nos mirábamos separados por varios metros.
De repente me di cuenta de que no estaba interpretando muy bien el papel de esposa de un hombre que celebra su cumpleaños.
Me acerqué a mi marido, le rodeé la cintura con los brazos y le di un fuerte abrazo.
Levanté la vista hacia él y le di un beso rápido.
Soy de estatura baja. Mike, en cambio, medía más de un metro ochenta. A veces se quejaba de dolor de espalda cuando se agachaba para besarme. Ese día sonreía. Yo le devolví la sonrisa, pero por dentro sentía náuseas.
—Feliz cumpleaños —dije con ternura—. Bueno, feliz fiesta de cumpleaños, supongo.
—Me alegra haber cambiado de opinión —dijo Mike. Bajó la vista hacia la mesa de la cocina, hacia el collage que había preparado. Lo cogió despacio, tomándose su tiempo para revivir cada recuerdo. —Es… precioso, de verdad —dijo—. A veces no me creo la mujer que tengo.
Yo tampoco me creo a mi marido, pensé para mis adentros. —He estado trabajando en eso desde que llegué.
Mike bajó el marco. Seguía mirando las fotos cuando preguntó: —¿Por qué estabas en el sótano? —Me miró cuando tardé en responder.
—Nuestro vecino de cabaña, Harold Vaughn —conseguí decir—. Estaba de excursión cuando llegué. Mencionó que creía que tenía la caña de pescar en el sótano.
Mike se rió. —No, no está ahí.
—Bueno, de todas formas quería que le dijera feliz cumpleaños.
—Qué detalle de su parte.
—¿Cómo estaba Junior cuando lo dejaste en casa de mi madre? —pregunté, pensando en cualquier cosa que decir en lugar de gritar aterrorizada por la mujer atrapada en mi sótano y por mi marido, que la había metido allí.
Mike sonrió cuando mencioné el nombre de nuestro hijo. —Emocionado. No hacen más que quedarse toda la noche sentados viendo la tele con él, pero le encanta.
Mike dejó el marco y pareció secarse una lágrima. —Dawn —dijo en voz baja. Me miró de una manera que nunca antes había visto. No supe distinguir si a continuación iba a sonreír o a estallar de rabia.
—¿Va… todo bien, Mike? —pregunté—. Pareces ido. —La frase me revolvió las entrañas. La que estaba ida era yo .
—Yo… —Mike buscaba las palabras con dificultad. Era extraño verlo así—. Lo siento.
La sonrisa se me borró en ese momento. Ya no había necesidad de actuar. La expresión de su cara me habría inquietado independientemente de lo que había encontrado en el sótano.
—¿Qué quieres decir, Mike? —dije, dando un paso atrás—. Me estás asustando.
Mike negó con la cabeza. —Lo siento, no he sido yo mismo últimamente.
—¿Y quién has sido?
—Un hombre triste. La vida… es tan fugaz. Junior está creciendo muy rápido, y yo también. —Una lágrima le rodó por la mejilla. Lo miré fijamente intentando entenderlo, hasta que me di cuenta de que necesitaba consolarlo. Le cogí el brazo y me acurruqué contra su pecho.
—Sé que últimamente has necesitado tu espacio —dije—. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?
Mike observó el collage. —Puedes decirme la verdad.
Solté su brazo y lo miré. —¿Qué verdad?
—Todos estos recuerdos que me vienen al mirar este collage.
En cada foto estoy sonriendo, pero no estoy seguro de haber sido realmente feliz en muchas de ellas.
—Puso un dedo sobre la foto de su madre y él—.
Creo que no lo fui hasta que te conocí. Hasta que tuvimos a Junior.
Pero ahora… me siento diferente. Cuarenta años —dijo, negando con la cabeza—.
Recuerdo que cuando era adolescente me burlaba de los hombres de cuarenta que eran oficinistas, que no hacían nada con su vida, y ahora soy uno de ellos.
—Se volvió hacia mí sin intentar ocultar sus emociones por una vez—.
Estoy preocupado. Mi padre no llegó a los setenta.
Mi abuelo murió en los cincuenta de un infarto.
Mi vida ya ha llegado a la mitad. Últimamente he estado pensando mucho en la vida.
Me preocupa no haberla aprovechado al máximo.
—No, Mike —dije. Le cogí el collage de las manos y lo dejé sobre la mesa—.
Eres un buen hombre. —Lo había dicho por impulso, sin pensar en la chica del piso de abajo.
Hasta ese día nunca había cuestionado la clase de hombre que era—.
Eres un buen padre —dije. Eso era fácil de afirmar—.
Y un buen marido. Esta vida se trata de los recuerdos que hacemos con las personas que queremos.
—Señalé el collage—. Estos son solo unos pocos con tus personas que te quieren.
Mike bajó la cabeza y se secó una lágrima.
Se rió. —Qué emocional estoy hoy. Es todo lo que has hecho por mí.
No esperaba tu regalo. Me ha llegado de verdad.
Ver a mi madre y a mi padre. A Rick. A nosotros.
A Junior. De verdad que tengo una mujer increíble.
Y has organizado una pequeña reunión para mí.
—Miró afuera, hacia la nieve que seguía cayendo—.
Hablando de Vic y Sarah, ¿seguro que vienen? Está empezando a nevar en serio.
—Ella dijo que vendría pase lo que pase, aunque llegará un poco tarde por el trabajo de Vic.
Mike asintió. Divisé mi móvil en el borde de la mesa y lo cogí rápidamente. Mike abrió la nevera.
—No hay cerveza —dijo.
—Iba a acercarme al pueblo —dije con la voz quebrada, mientras me metía el móvil en el bolsillo de los vaqueros y me dirigía hacia el dormitorio. Abrí la puerta y la cerré de golpe tras de mí. Noté que me temblaba la mano de forma incontrolable.
Respiré hondo y saqué el móvil. El 112. ¿Qué iba a decir siquiera?
Antes de que pudiera marcar, Mike abrió la puerta del dormitorio y me miró. Tenía la misma cara que en la cocina. No sabía si debía gritar o sonreír.
—¡El móvil! —dijo en un tono gracioso—. Ya sabes las reglas, nada de móvil. —Me lo quitó rápidamente de las manos y me dedicó una sonrisa juguetona—. Reglas de la cabaña.