La Cabaña Familiar Capítulo 6
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Capítulo 6

A mber

Cuando oí los pasos en el piso de arriba, me estremecí. Había vuelto.

Llevaba horas desde que me dejó en el sótano.

Hacía frío. Con las manos encadenadas a la espalda me resultaba más difícil mantener el calor.

A ratos me ponía a caminar de un lado a otro por la pequeña habitación, hasta donde las cadenas me lo permitían.

Intentaba pensar en cómo podría escapar.

Las esposas apretaban demasiado las muñecas como para poder soltármelas de un tirón.

De pequeña vi una película de terror en la que una mujer se rompía la mano y los dedos para escurrirse las esposas. Respiré hondo al recordar que a esa mujer la acababa matando el asesino, a pesar de haberse liberado.

Aunque consiguiera deshacerme de las esposas y la cadena, seguía el problema de la puerta.

Le había oído correr el cerrojo al otro lado antes de marcharse.

¿Cómo iba a salir de esa habitación? La puerta parecía de madera gruesa.

En las películas, echar puertas abajo parece muy sencillo, pero yo sabía que ese no sería mi caso.

Sin zapatos, la que acabaría destrozada sería yo si lo intentaba.

Los pasos continuaban en el piso de arriba, moviéndose por la planta principal sobre mi cabeza. Sentí que una lágrima me recorría la mejilla.

Respiré hondo y apreté los labios.

No le des el espectáculo que busca. No dejes que vea tus lágrimas. Es exactamente lo que quiere.

Miré la comida para perros. Quiere que beba y coma como una perra. Quiere que haga todo lo que él diga.

Quiere que tenga miedo. La idea del poder que creía tener sobre mí me llenó de rabia.

Seguía sin haber comido un solo trozo de comida para perros. Ni siquiera cuando me gritó que lo hiciera le obedecí. Los ojos fríos de la máscara de lobo me miraban fijamente sin cambiar de expresión, pero yo podía notar que, bajo esa máscara, estaba furioso.

No estaba haciendo bien el papel de víctima.

Seguramente quería que le suplicara. Que comiera los trozos de comida para perros a sus pies y bebiera mi agua dándole las gracias y pidiéndole más.

Aunque no pudiera verle la cara, sabía que sonreiría si yo obedecía como la buena perrita que quería que fuera.

Cuando esa certeza me golpeó y acepté mi situación, me forcé a dejar de llorar. Fue entonces cuando me ordenó que comiera la comida para perros. Le dije que no.

Gritó. Yo me negué y le grité a mi vez. Me dijo que me callara. Supe que eso significaba que podía haber alguien fuera que me oyera. Solo tenía que esperar una oportunidad.

Cuando seguí rechazando sus exigencias, se acercó a mí, se detuvo y se quedó de pie mirándome desde arriba. El hombre era alto, fácilmente más de metro ochenta. Esperé a que hiciera algo.

Sabía lo que les ocurría a las mujeres jóvenes que eran secuestradas. Había oído relatos de crímenes reales sobre las cosas monstruosas que los hombres eran capaces de hacerles a las mujeres.

Sin embargo, el hombre simplemente me miró. Esperó a que yo levantara los ojos hacia él. Cuando lo hice, vi las ranuras de la máscara y sus ojos de verdad mirándome.

—Será mejor que empieces a hacer lo que te digo, perrito —dijo con una voz grave—. O empezará el dolor. —Se marchó de inmediato, cerrando la puerta con llave al salir.

Ahora había vuelto. El dolor, había dicho, no tardaría en comenzar. Los pasos continuaban en el piso de arriba. Pronto vendría a verme, lo sabía.

Ha vuelto para… acabar conmigo. Quiere que tenga miedo. Quiere que tema por mi vida.

Quizá resistir era mejor que seguirle la corriente en ese juego enfermizo que tenía preparado para mí.

Me levanté de la silla y le di una patada con fuerza. Golpeó el suelo con estrépito. La volví a patear, haciéndola deslizarse por el cemento.

Estaba a punto de soltar todos los tacos que sabía cuando oí pasos bajando por las escaleras. El ritmo era lento. Era como si supiera que la acumulación de terror que bullía dentro de mí era demasiado para soportar. Le odié profundamente por eso.

La imagen de mi madre acudió a mi mente.

Tendría que haber cogido el teléfono cuando llamó la noche en que me secuestraron, pero no lo hice. Estaba demasiado obstinada para cogerlo. Quería que aprendiera la lección.

¿Y qué estúpida razón tenía yo para no querer hablar con mi madre? Habíamos tenido una discusión por política. Su visión del mundo era muy distinta a la mía. Me exasperaba, sobre todo ahora que la educación me había abierto de verdad los ojos al mundo en que vivía.

Tendría que haber cogido el teléfono. Le habría dicho cuánto la quería. Le habría pedido perdón por lo tonta que fui al ignorarla. ¿A quién le importaban sus ideas sobre el mundo que no tenían nada que ver con mi vida personal?

Fui una estúpida por dejar que eso fuera un motivo para no hablar con ella. Por no decirle cuánto la quería. Por haberme criado sola después de divorciarse de mi padre.

Luego pensé en él, en mi padre.

Si él me hubiera llamado antes de que me secuestraran, habría cogido el teléfono de inmediato, para ponerle a caer de un burro.

Era un hombre violento que había hecho daño a mi madre sin parar. Cuando sabía que él estaba de mal humor, mi madre me encerraba en mi habitación. Antes creía que era porque no quería que le viera así. De mayor supe la verdad: no quería que yo también saliera herida.

Cuando tenía doce años, le di mi número a Cody Bobbery, el chico más guapo de la clase. Nunca pensé que fuera a llamar. Era el chico popular de la clase, y yo no lo era. Pero sí llamó, solo que fue mi padre quien cogió el teléfono.

Aquella tarde me golpeó en la cara y me llamó puta.

Al día siguiente, mamá hizo dos maletas y nos fuimos mientras él estaba en el trabajo.

No le había vuelto a ver ni hablar con él desde aquella noche. Intenté convencer a mamá de que llamara a la policía, pero me dijo que no provocara a mi padre. Estaba muy enfadada con mi madre por dejar que se saliera con la suya después de todo lo que nos había hecho.

Mi padre, el monstruo, desapareció de mi vida para siempre después de aquello. De vez en cuando, mi madre me contaba algo sobre él. Yo le decía que no me interesaba saber nada.

Por lo visto, mi padre también pasó página. Mi madre se enteró de que se había vuelto a casar y tenía otro hijo. Me daba pena esa criatura. Con el tiempo descubriría a las malas lo que era su padre: un monstruo.

Hacía tiempo que no pensaba en mi padre…

Hasta ahora, en el sótano, mientras el monstruo se acercaba de nuevo a mí.

Las lágrimas ya no pudieron resistirse más y me corrieron libremente por la cara. Lo único que quería era ver a mi madre. Pensé en el miedo que sentí aquella noche en que mi padre me golpeó porque el pequeño Cody Bobbery me había llamado a casa.

Entre sollozos, me senté en el suelo de cemento, aparté la cara de la puerta y cerré los ojos. No quería volver a verle. No con esa máscara puesta.

—¡Por favor! —grité—. ¡Amo… no me hagas daño!

Oí correr el cerrojo y la puerta se abrió despacio.