La Cabaña Familiar Capítulo 5
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Capítulo 5

E ntré en la cabaña y cerré la puerta con llave detrás de mí. Me giré, dejé caer la bolsa delante del sofá y puse el plato de galletas sobre la mesa de la cocina. Abrí el equipaje y rebusqué entre la ropa que había traído para Mike y para mí hasta encontrar el sobre con las fotografías.

Todas eran de Mike en distintas épocas de su vida.

Se me había ocurrido que sería bonito hacer un collage con su historia.

Cogí la más antigua. Era una foto en blanco y negro de Mike en pañales.

Su madre lo sostenía contra el pecho y él parecía de lo más tranquilo.

Tuve cuidado de no dañarla, ya que era una de las pocas que Mike tenía con su madre.

No pude evitar sonreír mientras la contemplaba. Mi marido era tan pequeño e inocente, con la cara regordeta y un mechón de pelo oscuro en la cabeza. Su madre lo miraba con una expresión cálida y llena de amor, y se notaba a la legua que lo adoraba.

Había comprado un marco con alambres metálicos cruzados del que colgaban pequeñas pinzas para sujetar las fotos. La primera que coloqué fue la de Mike con su madre. Volví a sonreír al contemplar a mi marido y a su madre. Me hizo pensar en mi hijo, Junior.

El día en que le dije a Mike que estaba embarazada seguía grabado en mi memoria con toda claridad.

Nunca había visto a nadie tan feliz como lo estuvo él cuando le conté que íbamos a tener un hijo.

Llevábamos más de seis meses intentando concebir sin éxito.

Estábamos pensando en consultar a un especialista. Mike ya empezaba a culparse a sí mismo.

Y entonces ocurrió. Se lo dije, y el recuerdo de su felicidad quedaría grabado en mí para siempre.

Ojalá entendiese por qué Mike no había sido él mismo durante los últimos meses. Cuando pensaba en aquel recuerdo de la primera vez que supo que iba a ser padre, tenía fe en que podríamos superar lo que fuera que estuviese pasando.

Fui colgando más fotos en el marco. En una de ellas, Mike se graduaba del instituto luciendo un horrible corte de pelo a lo mullet que, por fortuna, ya había abandonado.

En otra aparecía delante de su primera camioneta.

Su hermano Rick le había pasado el brazo por el hombro y los dos sonreían para la foto.

Esta vez era Rick quien llevaba el mullet, del que también, afortunadamente, se había desprendido.

La siguiente foto era de él y su hermano flanqueando a su padre, que estaba sentado en un sillón de cuero. Los rasgos del padre transmitían dureza y exigían respeto. Incluso a través de la foto sentí lo mismo que cuando era más joven y lo visitaba en su casa.

Su padre no solía decir mucho, especialmente a mí.

Yo daba por sentado que me odiaba. Fue el día de nuestra boda cuando lo vi de otra manera.

Albert me dijo que nunca había visto a su hijo tan feliz como en aquel momento.

No sonrió al decirlo. Era como si estuviese enunciando un hecho.

El cielo es azul. La tierra es redonda. Y mi hijo es feliz.

Fue lo más entrañable que le había oído decir a su padre.

Continué colgando las fotos en el marco. Algunas de cuando éramos más jóvenes. Una de mí empotrándole tarta de boda en la nariz. Otra de Junior, en pañales, sostenido con orgullo por Mike.

Fue por aquel entonces cuando empezó a llevar sus ya célebres gafas de montura negra. Algunos decían que se parecía a una versión más atractiva de Drew Carey.

Cuando el collage estuvo terminado, lo contemplé con satisfacción. Eran instantáneas de la vida de mi marido, todas ellas llenas de amor. Tenía muchas ganas de que las viera.

Tiré el sobre en el cubo de basura que había debajo del fregadero y me puse a recorrer la cabaña.

Había adquirido la costumbre de revisar cada habitación siempre que veníamos.

No teníamos sistema de alarma y la cabaña estaba en medio de la nada.

Me preocupaba que alguien pudiera entrar a robar, o que llegase a la cabaña y me encontrara grafitis por todas partes.

Recorrí el salón y eché un vistazo a la cocina, satisfecha de que todo estuviera en orden.

El pequeño televisor estaba donde debía.

No se podía ver ningún canal; no había cobertura en la zona.

Solo podíamos usarlo para ver DVD. El reproductor de DVD seguía al lado del televisor.

El suelo de madera natural conservaba toda su belleza, igual que la última vez.

A pesar del frío que hacía fuera, la temperatura interior era agradable.

Las ventanas de triple acristalamiento que le había pedido a Mike que instalara ayudaban mucho.

Aun así, ajusté el termostato para que estuviera un poco más acogedor.

La chimenea de ladrillo que había contra la pared conservaba los troncos carbonizados de la última vez que la habíamos usado.

Pasé al cuarto de invitados, que en su día fue el dormitorio del padre de Mike.

Aunque era más grande que la habitación donde dormíamos nosotros, Mike nunca se sentía cómodo durmiendo allí.

Era la habitación de Junior cuando veníamos en familia.

Aunque, sin importar con qué intentáramos sobornarlo para que se quedase en su cuarto, Junior siempre acababa en nuestra cama en algún momento de la noche.

Por primera vez, se utilizaría como habitación de invitados para Victor y Sarah.

Entré en el dormitorio principal, llevé la pequeña maleta con la ropa que había traído para Mike y para mí, y la guardé en la cómoda.

Volví a la cocina y abrí la nevera. No había gran cosa, apenas algunos condimentos.

Tenía tiempo suficiente para acercarme al pequeño pueblo de Canmore, que estaba cerca, y comprar más provisiones.

El filete era el plato favorito de Mike.

Había una buena carnicería donde nos gustaba comprar nuestros cortes de carne.

Cogería un pack de cervezas para Mike y Vic, y unas cuantas botellas de vino para Sarah y para mí.

Sonreí al pensar en lo bien que lo íbamos a pasar esa noche y durante el fin de semana.

Abrí un cajón y encontré un bloc y un bolígrafo.

La primera página estaba llena con una lista de cosas que había que arreglar en la cabaña.

Pasé la página y escribí un mensaje para Mike diciéndole que había ido al pueblo a comprar comida y provisiones, y que me llamara si llegaba a la cabaña antes de que yo volviera. Arranqué la hoja y la dejé sobre la mesa de la cocina.

Metí la mano en el bolsillo, saqué el móvil y miré la hora.

Debería poder volver antes de que llegara Mike.

Recordé lo que había dicho sobre las condiciones meteorológicas.

Abrí el navegador para comprobarlo. Efectivamente, tenía razón.

Se esperaban fuertes nevadas durante todo el fin de semana.

Aunque no vi ningún aviso de condiciones de ventisca.

Esperaba que pudiéramos marcharnos el domingo sin demasiados problemas.

Por un momento pensé en cancelarlo todo, como había querido Mike. ¿Qué pasaría si todos nos quedábamos atrapados en la cabaña más tiempo del previsto por culpa de la nieve y las carreteras no estaban despejadas?

Fue entonces cuando oí un golpe. Un ruido fuerte que venía del sótano. Me quedé paralizada, escuchando. Sabía que la caldera a veces hacía ruidos, pero este era distinto.

Al principio dudé si ir a investigarlo. Había leído una historia sobre una mujer que encontró un oso hibernando bajo el porche de su cabaña.

Sonreí al imaginar lo ridícula que le parecería a Mike si le dijera que me daba miedo bajar al sótano.

En el peor de los casos, podría ser algún animal pequeño.

Una mofeta desde luego me arruinaría los planes del fin de semana.

Dejé el móvil sobre la mesa de la cocina y caminé hacia las escaleras. Di al interruptor de la luz y me asomé al estrecho tramo de escalones que bajaba hacia el sótano.