Capítulo 3
A l salir del trabajo, corrí hasta el coche loca de emoción, con ganas de llegar a la cabaña.
Mike había dicho que llevaría a Junior a casa de mis padres al terminar su jornada.
Todavía no sabía lo que tenía planeado para él, ni siquiera que íbamos a ir a la cabaña.
Le había hecho prometer que estaría listo para una divertida noche de pareja.
—Estás trabajando demasiado —le dije la noche anterior—. Necesitamos una noche de diversión. Solo nosotros dos.
Mike aceptó a regañadientes. Era más cabezota en época de impuestos.
Siendo contable, era el comienzo de su temporada alta.
Aunque era febrero, y conociéndole como le conocía, sabía que las noches más ocupadas estaban por llegar.
En esa época del año todavía podía disfrutar de casi todos los fines de semana conmigo y con Junior.
Los meses siguientes los pasaría trabajando casi sin parar, de día y de noche.
Suspiré al pensarlo mientras conducía.
Conocer su trabajo como lo conocía me tenía preocupada.
Últimamente decía que necesitaba trabajar algunas noches en la oficina.
Otras veces ponía excusas para salir de casa, normalmente cuando Junior ya estaba en la cama.
La mayoría de esas noches decía que salía con su hermano Rick.
A veces me preguntaba si eso era cierto, sin embargo.
¿Acaso quería estar solo?
¿Cuánto tiempo querría pasar alguien con Rick, a fin de cuentas? El hombre era insoportable. Un borracho. Tenía que recurrir a mi técnica de la sonrisa cada vez que le veía para aguantarle. No era de extrañar que siguiera soltero a los treinta y nueve años.
—No tengo ningún interés en tener una mujer —me había dicho Rick en varias ocasiones. Yo creía que era al revés. No me parecía que muchas mujeres quisieran tener demasiado que ver con Rick.
¿Cómo podía la madre de Mike haberle traído a él y a Rick al mundo desde el mismo vientre? Dos personas completamente distintas. Mike era un hombre de éxito. Había llegado a socio en su empresa de contabilidad cuando tenía veintitantos años gracias al duro trabajo que había dedicado a ello.
Rick ganaba poco más del salario mínimo cuando tenía trabajo, que era raramente.
No era del tipo que resulta fácil de contratar.
Tenía tendencia a mandar a su jefe a la mierda de vez en cuando.
Aunque a veces eso era algo que le admiraba.
Era una fantasía decirle a Ronald lo que realmente pensaba de él y de su capacidad de gestión.
Mientras conducía hacia la cabaña, seguí pensando en Mike. ¿Qué le estaba pasando a mi marido? Andaba por casa con cara larga la mayor parte del tiempo. Éramos menos íntimos de lo habitual. Aunque tampoco discutíamos más, lo cual era algo poco frecuente.
Era casi como si estuviera sacando la bandera blanca. Rindiéndose.
Lo peor era que no conseguía que hablara del tema. Cuando le preguntaba qué le pasaba, respondía con frases cortas. Estoy cansado. Ha sido un día duro en el trabajo. O mi respuesta favorita: «No me pasa nada».
Haría cualquier cosa menos hablar conmigo de lo que estaba pasando.
Por primera vez en mi matrimonio, estaba preocupada por nosotros. ¿Seguía queriéndome? ¿Quería seguir en este matrimonio? Era lo que me preguntaba a diario cuando estaba con él.
Lo peor era que yo había creído que éramos felices. Pensaba que nuestro matrimonio era… perfecto.
Mike solo parecía feliz cuando jugaba con Junior últimamente.
Independientemente de cómo se sintiera en realidad, era un buen padre.
Cuando pasaba tiempo con su hijo, daba la impresión de que eran las dos únicas personas en el mundo.
Junior era pequeño todavía y seguía viendo a su padre como a Superman.
Agradecía que no viera la faceta de Mike que me preocupaba a mí.
Crisis de los cuarenta, me recordé a mí misma. Yo soy cinco años menor que Mike. Quizá me sienta igual cuando me acerque a los cuarenta y mis treinta queden en el retrovisor.
Mike no era el tipo de persona que se mostraría receptiva a la terapia. Su padre era un hombre duro, y la terapia te hacía débil. Por lo visto, solo las mujeres podían tener emociones.
Era fácil entender por qué su hermano Rick era como era cuando conocías a su padre.
La verdad es que nunca disfruté de la compañía de Albert Nelson.
Las noches en que Mike se abría conmigo y me hablaba de su infancia, podía percibir que su padre era un hombre frío.
La madre de Mike abandonó a la familia cuando él tenía seis años y nunca regresó.
Solo tenía a su padre para apoyarle. Mike prácticamente crió a Rick él solo.
Cuando Albert murió de un infarto hace tres años, Mike lo llevó sorprendentemente bien. Ahora apenas mencionaba a su padre.
Me sonó el móvil, arrancándome de mis pensamientos. Era el protagonista del cumpleaños en persona.
—¡Hola! —dije emocionada.
—Hola —respondió Mike—. Me alegra que me hayas convencido para tener una noche de pareja. Tengo muchas ganas de que esta noche estemos solo tú y yo.
Respiré hondo. —¿Mal día?
—¿Te he dicho que odio los números?
—Eso es un problema serio si eres contable.
Mike se rió. —Y tanto que lo es.
Sonreí, a punto de no tomar la curva con el coche. A pesar de decir que solo quería pasar tiempo conmigo, hoy parecía juguetón. Quizá le había pillado en un mejor momento. Quizá, con su cumpleaños de verdad la semana que viene, había llegado a un acuerdo consigo mismo sobre lo que le preocupaba.
—¡Hola, mamá! —gritó Mike Junior.
—¡Hola, Junior! —grité al teléfono—. ¿Estás emocionado por ir a casa de la abuela hoy?
—¡Sí! El abuelo ha dicho que mañana me lleva a un partido de hockey. Me ha dicho que juegan The Flames contra los malditos Oilers.
—¡Oye! —le dijo Mike—. Le doy la razón al abuelo, pero nada de palabrotas, jovencito.
—Lo siento —dijo Junior en voz baja.
—Está emocionado —dijo Mike—. Y yo estoy emocionado por esta noche.
Toqué el claxon al coche de delante cuando se metió en mi carril y casi me choca. —¡Perdona! Yo también estaré lista pronto. Solo necesito preparar las cosas y estaremos—
—¿Preparar? —repitió Mike—. ¿Adónde vas?
Suspiré en voz alta. —No soy muy buena guardando secretos. ¡Vamos a la cabaña familiar el fin de semana!
—¿Qué? —dijo, ligeramente molesto—. Creía que íbamos a la ciudad para una noche de pareja.
—¿Qué pasa? —pregunté—. Si te encanta ir a la cabaña. No hemos ido en unas semanas.
—Se supone que este fin de semana va a nevar mucho. ¿No has mirado el tiempo?
—No… —admití—. Solo quiero que tengas un fin de semana divertido.
—Pues vayamos a la ciudad en lugar de ir a la cabaña —dijo—. Tenía ganas de probar ese restaurante italiano nuevo.
Volví a suspirar. —Es que ya casi he llegado —mentí.
—¿A la cabaña? —preguntó Mike.
—¿Es que estás enfadado conmigo, o qué? —pregunté—. Pensé que estarías más contento. Quería darte una sorpresa.
—No tenías que sorprenderme yendo a la cabaña.
—Es que vienen Sarah y Vic. Quería que lo pasáramos bien juntos.
—Diles que vengan a cenar —dijo Mike—. Podemos quedarnos en casa después. Tengo que vengarme de Vic por ganarme al póquer la última vez, de todas formas.
Sentí cómo mis planes se desmoronaban ante mis ojos. Quería un fin de semana divertido en nuestra cabaña familiar, y eso es lo que íbamos a tener. Un fin de semana entero con amigos y buenos momentos era justo lo que necesitaba mi matrimonio.
—Es que Vic y Sarah también están de camino —mentí—. ¿Por favor?
—¡Dejad de pelearos! —gritó Junior en tono juguetón.
—No nos estamos peleando, campeón —dijo Mike. Esta vez fue él quien suspiró audiblemente—. Bueno. Nos vemos pronto. —Antes de que yo pudiera decir nada, Mike colgó la llamada.