Capítulo 63
La plaza está casi vacía. No hay terrazas ni transeúntes, salvo un reducido grupo de turistas que, junto a Rodrigo, Dimitri y Aurora, esperan la llegada de la guía turística para la ruta nocturna; Los mitos y leyendas de Augusta Emérita .
El Templo de Diana se alza sobre sus columnas iluminadas, solemne.
Rodrigo observa la fachada, sabedor de la historia que guarda desde la valla que la rodea.
No oculta su impaciencia, se frota las manos.
Ese gesto no pasa desapercibido para Aurora. Lo agarra del brazo.
—Tranquilo, no olvides que ella desconoce tu existencia. Compórtate con normalidad o pensará que eres un acosador.
—No tengo ni idea de qué hacer o decir.
—Somos turistas, no lo olvides, cuando termine el recorrido, hablaremos con ella.
—Buenas noches, mi nombre es Evelyn Richards, seré vuestra guía en este apasionante viaje al pasado —escuchan una voz dulce a sus espaldas—. ¿Estáis preparados para el recorrido?
—Sííí —contesta entusiasmado el grupo, excepto ellos.
Las miradas de los tres se dirigen hacia la mujer.
Sin duda, es Fabiola. Su atuendo es desenfadado, con vaqueros, deportivas y una trenca.
En su cuello luce un pañuelo rosa con lunares blancos.
Lleva un bolso en bandolera y un paraguas, también rosa.
Conserva los rizos de su pelo negro, aunque con canas salteadas.
Aurora se queda embobada, así como Dimitri, a quien los ojos, grandes de por sí, parecen salírsele de las órbitas.
Rodrigo no puede apartar la mirada del rostro de su madre.
—Es ella —susurra Aurora. «Debí suponerlo, es el nombre de la novia del protagonista de American psycho », piensa.
Rodrigo no responde. No puede. Siente el peso de los treinta años sin verla en su garganta.
Fabiola gira hacia el templo y comienza a caminar.
Él la sigue, como los demás, con una diferencia, se deja envolver por su voz, olvidada en la memoria y que ahora reconoce.
La hora y media de la caminata parece que nunca acaba.
Entran por un pasaje que da acceso a las traseras del Templo de Diana. Un aplauso de los turistas les indica que ha terminado la visita. Aurora toma la iniciativa.
—Ha estado muy interesante. Soy Aurora Durán, periodista de Enhora.es. ¿Te importaría que te hiciera algunas preguntas? Me gustaría publicar un artículo detallado sobre tu trabajo.
—Claro, cuando quieras.
—¿Ahora?
—Son las diez y media de la noche, un poco tarde. Si pernoctas hoy en Mérida, quedamos mañana para desayunar —contesta amable.
—Aún no hemos cenado, si quieres, puedes acompañarnos.
—¿Hemos? —pregunta mirando a los dos hombres.
—Sí, perdona. Ellos son Rodrigo Sanz Mariscal —exagera la pronunciación del último apellido. No observa ninguna reacción en el rostro de Fabiola— y Dimitri Sokolov. —Tampoco percibe un signo que evidencie recordarlo.
—Os agradezco la invitación, pero ya he cenado y me esperan. —Aurora advierte cierta desconfianza en sus palabras.
—Evelyn —interviene Rodrigo—, el inspector Banderas nos indicó donde localizarte. Sabemos cuál es tu verdadera identidad. No soy un simple turista. He venido por ti —dice, sin levantar la voz, con una calma que hasta a él le asombra.
Ella lo observa durante unos segundos, incrédula, y retrocede unos pasos.
—Aunque ahora te llames de otra forma —continua—.
Aunque no sepas quién soy. Por favor, escúchame, no tienes nada que temer.
Tu nombre real es Fabiola Mariscal Soto.
Desapareciste en Málaga en febrero de 1996.
Llevas un tatuaje de géminis, por dos razones.
Es tu horóscopo y diste a luz a mellizos, y yo… soy uno de ellos. Tu eres mi madre.
—Eso no… —Fabiola se aferra al pañuelo.
Rodrigo extiende la mano, sin tocarla. Ella niega con la cabeza, y se aleja de nuevo.
—No es verdad, nunca pude tener hijos. Me ligaron las trompas cuando estuve retenida; o, al menos, es lo que me dijeron en el hospital.
«Puta Victoria», piensa Aurora. No descarta la posibilidad de que, aprovechando el parto por cesárea, se las ingeniara para que Fabiola no volviera a darle más hijos a Roberto.
—Entonces, dime si esta no eres tú.
Rodrigo saca un sobre del bolsillo. Tras la entrevista con el inspector Banderas, sabía que era necesario adjuntar una foto con su madre en la solicitud para demostrar el interés legítimo.
Volvió a Los Monasterios un día después de la detención de Victoria y, como imaginaba, sus abuelos sí guardaban un álbum familiar.
En la imagen aparece Fabiola con los mellizos.
Ella camina indecisa hasta él. Coge la fotografía con recelo y manos temblorosas. Aprovecha la luz de una farola para examinarla, la aleja. Aurora intuye que por la presbicia propia de la edad. Fabiola alterna la mirada entre la imagen y el rostro de Rodrigo. Es innegable la emoción en sus ojos.
—Mi hijo… —alcanza a decir en un susurro.
—Tu hijo.
Están tan absortos en la escena que no advierten que una sombra los acecha desde el pasaje.
El silencio que les rodea se rompe con el sonido de unos pasos.
Aurora apenas tiene tiempo de girar la cabeza cuando una mano enguantada la sujeta por el cuello con fuerza.
De nuevo el olor delata a Francisco. Aurora intenta deshacerse de su agarre, pero siente como el frío metálico de una pistola se clava en su sien.
Dimitri hace el amago de acercarse hasta ellos.
—Ni un paso más. Caminad hacia la valla —dice con voz seca.
Rodrigo y Dimitri se miran cómplices. Ambos saben que deben obedecer, la vida de Aurora está en juego. Fabiola se queda inmóvil, ajena a lo que está ocurriendo.
—Muy bien —continúa, una vez que los tiene donde quiere—. Ya estamos todos juntitos —habla irónico, con la rabia dibujada en sus ojos—. La muerta, que no está muerta, el ruso, el niño mimado y la periodista cotilla.
—¿Qué quieres? —pregunta Rodrigo.
—Lo que me prometió Victoria, mi dinero y una nueva identidad. No acabaré en la cárcel por culpa de esa zorra. ¿Sabías que era mi amante? —suelta, consciente del daño que pueden causarle sus palabras.
—Las mentiras no te sacarán de esta.
—Ja, ja, ja, ¿mentiras? —Arrima su boca al oído de Aurora—. ¡Cuéntaselo! Tú lo sabes, Victoria te lo confesó antes de que la detuvieran, ¿verdad?
—No sé de qué hablas. —Fue incapaz de contárselo a Rodrigo, no así la forma en que murió su padre.
—¡Suéltala! Te daré lo que quieres.
—De eso nada, esta viene conmigo. Mañana te llamará desde su móvil y te diré cómo haremos el intercambio.
Aurora, con la mano que tiene libre, saca tres dedos.
Dimitri advierte su indicación. Ella guarda el primero, cuenta tres segundos, y pliega el segundo, y con el tercero, aprovecha la diferencia de altura para lanzar la cabeza hacia atrás, golpeando la mandíbula de Francisco.
El impacto lo desconcierta lo suficiente para que ella levante la rodilla y le propine un golpe seco en la entrepierna, que lo dobla de dolor.
Para entonces, Dimitri ha acortado la distancia que los separa, tira de Aurora para protegerla antes de que Francisco se recupere.
Sin embargo, no evita la detonación de la pistola.
La bala perdida atraviesa el hombro de Dimitri.
Aun así, su fortaleza física lo soporta con estoicismo.
Antes de que Francisco reaccione, le suelta un puñetazo en la cara cargado con la fuerza de los treinta años sin Fabiola.