Capítulo 62
La detención de Victoria Esparza copó por unos días las portadas de las noticias, incluida la del periódico Enhora.es.
Aurora redactó un artículo desgranando la implicación de la abogada con la mafia rusa en los años noventa, así como los motivos que la llevaron a ejecutar cada uno de sus crímenes, aunque omitió detalles sobre la verdadera historia de Fabiola Mariscal, por expreso deseo de Rodrigo y Alexandro.
El motivo de la ausencia del mellizo no fue otro que una escapada con la innombrable.
Victoria siempre había manejado los hilos, su ambición no tenía límites.
Deseaba ese matrimonio a toda costa, para fortalecer el imperio Sanz-Mariscal.
Rodrigo se enfrentó a la difícil tarea de contarle a su hermano que la mujer que los crio como madre ejemplar y esposa devota era una farsante.
El encuentro, cargado de silencios, incredulidad y miradas esquivas, le reveló a Alexandro que todo lo que admiraba de ella: su dulzura, su dedicación, sus valores y el amor había sido un plan meticuloso cargado de ambición y venganza.
La conversación terminó con un abrazo sincero.
Fueron conscientes de que había llegado el momento de reconstruir su historia familiar desde las grietas de las mentiras.
A Francisco se lo había tragado la tierra; sin la ayuda económica de Victoria, el inspector Gómez dudaba que hubiera salido de España.
Aurora abre la puerta del domicilio de sus padres.
—¡Ya estamos aquí! —grita, le extraña que su madre no salga a recibirla.
—Estoy en la cocina.
—Pasad —les indica a Dimitri y Rodrigo, quienes han sido invitados a degustar la paella de Dolores.
Tanto ella como Antonio los conocieron en el hospital, después de que Aurora pasase un día en observación.
Tras saber lo ocurrido con Fabiola, y que nunca abandonó a sus hijos por propia voluntad ni dejó en la calle a la abuela, su nombre ya no era tabú.
Entran en el salón. La mesa está dispuesta con la vajilla de los días especiales.
—¿Dónde están papá e Irene?
Dolores sale de su lugar favorito vestida y maquillada como para una boda. Se limpia las manos con un trapo.
—Tu padre, en el baño, y tu hermana estará a punto de llegar. ¿Tenéis hambre? Porque he cocinado para un regimiento.
—Gracias por la invitación —dice Rodrigo, se acerca a ella y le da dos besos.
—Nada, nada —se ruboriza.
Dimitri, sin embargo, se mantiene a unos pasos.
—Y tú, hombretón, ¿no saludas?
—¿Cómo está, señora Dolores?
—¡Ay! Madre mía, ¿me has llamado señora? Pero si seremos, más o menos, de la misma edad.
El comentario provoca una risita de Antonio, quien se reúne con ellos.
—No seas melodramática. —Le ofrece la mano a los dos, y ambos se la estrechan—. ¿Una cerveza?
—Pero ¿qué dices?, he comprado una botella de verdejo para los invitados.
—Prefiero cerveza —dice Rodrigo.
—Yo también —añade Dimitri.
—Ya estamos, siempre llevándome la contraria. —Sale renegando del salón,
—Por favor, sentaos.
La entrada de Irene no se hace esperar, los saluda a todos con un beso.
—Mamá, ¡qué bien huele!
—Mejor sabrá —dice engreída, sirviendo los platos a cada uno de ellos.
—Tengo que daros una noticia —Aurora dirige una mirada culpable a Rodrigo—. Pepe ha pedido una excedencia para cuidar de su mujer. Desde mañana, lunes, ocuparé su puesto en el periódico. Dejo la sección de sociedad.
—¡Ay! ¡Qué alegría, hija! Esto se merece un brindis. —Dolores alza su copa e invita a los demás a chocarlas—. Por mi Aurora.
—Te debo una disculpa, te mentí —le confiesa a Rodrigo.
—Lo sabía —dice rascándose la nuca.
—¿Cómo?
—Después de leer el diario y conocer tu relación familiar con Elvira, husmeé en el periódico antes de aquella llamada. Leí algunos de tus artículos, me gustaron —admite—. Tuve una intuición, y no me confundí. Tienes madera de periodista de sucesos.
—¿Por qué no me dijiste nada?
—Esperaba que tú lo hicieras.
—Gracias, de nuevo, por confiar en mí.
La comida es amena hasta que el móvil de Rodrigo suena. Lo saca del bolsillo, y la expresión relajada de su rostro se tensa.
—Tengo que atender esta llamada, si me disculpáis —se dirige a los comensales.
Se aleja caminando por el pasillo, y vuelve unos minutos después.
—Era el inspector Banderas. Gracias a la confesión de Victoria, la solicitud ha sido aceptada. Nos vamos a Extremadura —dice con una sonrisa.