Capítulo 61
La salida de la nave está rodeada de coches de policía y una ambulancia. Las luces rojas y azules giran en mitad de la noche, y sus reflejos deslumbran a Aurora, quien sale custodiada por los agentes que la han rescatado de una muerte segura.
Aurora se detiene y mira a su alrededor, localiza a Victoria.
Está esposada. Un policía la obliga a entrar en la parte trasera de uno de los vehículos.
Antes, le dedica una última mirada malévola, como si dijera: «Esto no ha terminado».
Aurora se lleva la mano al cuello y lo masajea instintivamente, más por calmar la sensación de angustia que porel dolor marcado en su piel.
—Será mejor que la atienda el médico —le dice un agente, mientras otro la cubre con una manta térmica.
Ella no dice nada. Se deja guiar por la pareja hasta que una silueta sale a su encuentro. En principio, le cuesta reconocerlo, pero el bigote es inconfundible.
—¿Estás herida? ¿Te encuentras bien? —la tutea el inspector Gómez.
—Sí, gracias. En esta ocasión, me alegro de verte. —Le contesta de igual modo—. He pasado de sospechosa de asesinato a víctima. —Se atusa el pelo.
—El forense nos confirmó que había mantenido relaciones sexuales con un hombre antes de su muerte. Descartamos tu implicación en las primeras horas. Aunque el asesino limpió a conciencia el cuerpo, se halló resto de semen en su barbilla. —Hace un gesto con su dedo indicándoselo.
—¿En la barbilla? ¿Cómo es posible…? Déjelo, es una pregunta estúpida. —Niega con la cabeza por su torpeza—. ¿Dónde está Francisco Bataller?
—¿Quién? —Gesticula frunciendo el ceño.
—El cómplice de Victoria Esparza y el asesino de Inma, si comparan los restos de ADN tendrá a su asesino.
—Espera un momento. ¡Sargento! —llama al agente, quien se persona de inmediato—. Orden de busca y captura para Francisco Bataller…
—Roso —le indica Aurora.
—No debe andar lejos, la furgoneta sigue en la nave. Ha debido de huir a pie. —El hombre asiente y se dirige a uno de los coches—. Ella estaba sola, alguien había dejado la llave en la puerta de donde estabas retenida. Nos dejó el camino libre para entrar.
—Entonces… —Ahora entendía la mirada de Victoria—. Esto no ha terminado —sentencia con la voz ahogada.
—Luego me lo contarás. Antes, debes recibir asistencia sanitaria. La ambulancia te llevará al hospital para hacerte un reconocimiento médico exhaustivo.
—Gracias.
—A mí no me las des, sino a ellos. —Señala hacia uno de los coches patrulla.
Detrás del cordón policial distingue a Rodrigo, Dimitri y Pepe, con las caras desencajadas, expectantes.
—Necesito unos minutos.
—Tranquila, lo entiendo.
Aurora se encamina hacia ellos. Intenta disimular la preocupación. Rodrigo no espera a que llegue hasta él, sale a su encuentro.
—¿Puedo abrazarte? —pregunta rascándose la nuca.
—No estoy en mi mejor momento, mi olor corporal es vomitivo.
—Quizá para tu olfato sí, yo podré soportarlo.
La abraza con fuerza. Aurora, cobijada bajo la manta, no puede devolvérselo; sin embargo, se deja envolver por su perfume y el calor corporal de quien ahora considera un amigo.
Apoya la cabeza en su pecho y libera la tensión acumulada de las últimas horas.
Hasta este instante, no es consciente de que podría haber sido la siguiente víctima del plan maquiavélico de Victoria Esparza.
La fortaleza mental con la que ha soportado su cautiverio se desmorona. Deja aflorar las lágrimas.
—Ya pasó —la consuela Rodrigo al escuchar su gimoteo.
—Francisco Bataller… ha huido —consigue decir entre sollozos.
—Lo sé, solo he visto salir a Victoria.
Rodrigo mantiene su abrazo hasta que comprueba que Aurora está calmada. Ella se separa de él.
—¿Le has dado de comer a Ringo?
—Sí, está nadando feliz en su pecera.
—Gracias. Tengo que decirte algo… —Aurora no sabe cómo explicarle el trágico final de Fabiola y la forma en que murió su padre.
—Yo también, y son buenas noticias. Puede que mi madre esté viva. —La sonrisa de Rodrigo no le deja lugar a dudas.
—Pero ¿en serio?, ¿viva?, ¿seguro? —omite contarle la versión de Victoria.
—Sí, aunque tendremos que esperar treinta días para saberlo. El inspector Banderas no quiso revelarme su identidad.
—¡Cuánto me alegro! Después de todo, lo hemos conseguido.
Ahora sí, lo abraza sin reparos, dejando caer la manta hacia atrás. Ya encontrará la oportunidad para contarle la confesión de Victoria.
—Vale, vale, será mejor que no lo celebremos antes de tiempo. Trae mala suerte, y deja de achucharme, hueles raro. —Deshace su agarre, y Aurora lo mira a los ojos.
—¿Has hablado con Victoria?
—No me han dejado. Quiero mirarla a los ojos y… —Rodrigo baja la cabeza.
—Entiendo que debes estar mal. —Él guarda silencio—. ¿Y Alexandro? ¿Lo sabe?
—No me coge el teléfono, lleva todo el día desaparecido.
Aurora es incapaz de revelarle que su hermano había confiado el secreto del diario a Victoria.
—¿Cómo me habéis localizado? —pregunta por cambiar de tema.
—Te instalé un GPS en la chapa que te regalé —confiesa rascándose la nuca, esperando una regañina por su atrevimiento.
—¡No jodas! ¿Por qué no me lo dijiste? La destrocé.
—Me lo imaginé, tu localización se perdió hace unas horas. Confié en que no te hubieran movido y llamé al inspector Gómez. Pero dejemos la charla, necesitas que te vea un médico, y esos dos —señala a Dimitri y Pepe—, me temo que también quieren darte un achuchón.
—Creo que podré soportarlo.