Capítulo 60
—¿Lo dejaste morir?
El relato cruel de Victoria deja a Aurora derrotada. Le confirma que el amor de Roberto hacia Fabiola nunca fue fingido. La amó hasta su muerte. Se dejó embaucar por el monstruo que tiene ante ella. Una mujer capaz de cruzar los límites con tal de conseguir sus objetivos.
—Lo ayudé a morir, acabé con su sufrimiento y con el mío —afirma rotunda, convencida de que su acto miserable fue compasivo.
—Ahora sé que Alexandro te contó la existencia del diario desde el primer momento. No guardó el secreto como le pidió Rodrigo.
—Para él soy más que una madre, me adora, me venera… Y Lo que has oído es cierto, antes de que su padre enfermase, Francisco era mi amante.
—Si tanto amabas a Roberto, ¿cómo pudiste traicionarlo? —Aurora siente repulsión solo de imaginarlo.
—Él me traicionó mucho antes —aclara—. Con Francisco me siento una mujer completa.
Con Roberto compartí la devoción por los negocios o el placer de cerrar un buen trato.
Éramos socios, estrategas, cómplices en la ambición.
Con Francisco, además de todo eso, disfruto en la cama.
¿Por qué voy a renunciar a ello? Nada nos impide estar juntos.
—Sin embargo, se acostó con Inma, una mujer más joven y exuberante. ¿Por qué crees que lo hizo? Quizá, la atracción no es mutua y solo lo hace por complacerte o porque desea tu dinero.
—Ja, ja, ja. No lo conoces y, en cuanto a ella, lo hizo con un objetivo. Nada más. Nunca se lo he reprochado.
—Por lo que veo, con Francisco no eres celosa. Y tu hijo Alexandro, ¿jamás sospechó nada?
Victoria niega con la cabeza.
—¿Por qué le dijiste a Roberto que se reuniría con Fabiola? ¿Sabes a ciencia cierta que murió?
—Recibí una llamada de mi padre aquel veintiocho de enero por la noche.
Estaba alterado. Había admitido la visita de Fabiola en su mansión de Málaga, aunque la relación abogado-cliente estaba rota, me imagino que inventó un pretexto para que él la dejase entrar.
Lo confrontó mostrándole unas fotos con Lyov Popov y quiso chantajearlo para recuperar la custodia de los mellizos.
Mi padre la noqueó en un descuido y no sabía qué hacer con ella.
Su cambio físico era notable, hasta a mí me costó reconocerla.
—¿La viste antes de su desaparición?
—Sí, viajé a Málaga esa misma noche, pero me hospedé en un hotel. No sabía si Fabiola había actuado con un cómplice para captar las imágenes y seguía al acecho. Llamé a Lyov Popov, se la llevó a un lugar de tránsito, donde algunas mujeres eran vendidas al mundo árabe.
—¿La naviera mantuvo negocios con Lyov Popov?
—Directamente no, solo con el despacho Esparza.
Nos debía algunos favores y accedió a deshacerse de Fabiola.
Pero antes, fui a visitarla, quería mirarla a los ojos y decirle que Roberto se casaría conmigo, y que nunca volvería a ver a sus hijos.
Por desgracia, estaba drogada y, aunque intenté comunicarme con ella, fue inútil.
Unos días después, embarcó junto a otras mujeres en el puerto de Málaga.
Cuando llegó a su destino, la buscaron por el barco; había desaparecido.
Supongo que se tiró en altamar. Y así terminó la historia de Fabiola Mariscal; ahogada en el estrecho. Nunca se encontró su cuerpo.
Al escuchar el triste final de Fabiola, en Aurora se instala la desilusión. Siempre albergó la esperanza de que estuviera viva. Los sentimientos, que nacen en su interior, se confunden. Primero, angustia; luego, tristeza, y por último, una rabia desmedida.
—Bien, ahora dime dónde guardas el diario y las pruebas. Es tu última oportunidad.
—Sé que de igual modo acabaré en el Manzanares, así que no te entregaré nada.
—¿Ni siquiera por Rodrigo? Si no colaboras, él sufrirá las consecuencias.
—¿Harías daño a tu hijo? No te creo, solo es una amenaza vacía.
Victoria camina hacia a ella, se inclina y la encara. Las separan unos centímetros, con las miradas enfrentadas, ninguna de las dos parpadea.
—No es una amenaza —pronuncia acentuando cada palabra.
—Entonces, seguro que Rodrigo me perdonará —susurra, y en ese instante, se lanza contra Victoria.
El impacto la derriba. Caen al suelo enredadas en un amasijo de brazos, piernas y rabia. Victoria queda atrapada bajo el peso de Aurora, quien empuña su arma improvisada.
Victoria forcejea, intenta zafarse, pero la furia de Aurora es pura adrenalina.
Sin embargo, las ataduras en los pies de Aurora, aún sin deshacer, le impiden estabilizarse sobre ella.
Ese detalle le da a Victoria una ventaja.
Con un giro brusco, logra invertir la posición.
Ahora está encima. Apoya las rodillas a cada lado de su cuerpo y consigue inmovilizarla.
Victoria no lo duda. La agarra del cuello con ambas manos y aprieta, con el rostro desencajado y los ojos fijos en su víctima.
—¿Crees que puedes vencerme? —escupe Victoria, mientras presiona con más fuerza—. ¡Muere, maldita zorra!
Aurora patalea, el objeto punzante ha caído lejos, inútil. Sus manos buscan las muñecas de su atacante, intenta aflojarlas, sin éxito. Apenas puede respirar. El mundo se reduce a un zumbido, a la mirada de Victoria, a la certeza de que no midió bien su fuerza.
De repente, la puerta se abre de golpe, produciendo un sonido seco contra la pared.
Aurora desvía la mirada, siente que se desmaya.
Dos agentes irrumpen en la escena con las armas desenfundadas y adoptan una posición de contención táctica, con las piernas separadas.
Uno se adelanta con el brazo extendido, apuntando con firmeza, mientras el otro cubre el flanco e inspecciona cada rincón de la habitación.
—¡Suéltela ahora mismo! —grita el primero, con voz firme, sin margen de negociación. Victoria no se mueve. Aprieta más fuerte—. ¡He dicho que la suelte! ¡Al suelo, las manos donde pueda verlas!
El otro agente se acerca con rapidez, sin esperar reacción. Aurora apenas logra girar los ojos hacia ellos, su cuerpo está aún atrapado. La presión en su cuello cede solo cuando uno de los policías se lanza sobre Victoria, separándola con fuerza.
Aurora jadea. El aire vuelve, áspero, como si tuviera que aprender a respirar de nuevo.
La pesadilla ha terminado.