Capítulo 59
La enfermera, después de asear a Roberto, sale de la habitación.
Victoria lo visita, como cada mañana, antes de irse al despacho.
Lo observa desde la puerta. Está tumbado en la cama, con los ojos cerrados y aún aprecia los estragos de su último ictus: la boca, torcida hacia la izquierda, y el brazo derecho engarrotado, el cual reposa sobre su pecho.
Camina hacia él con pasos medidos y de puntillas, no quiere despertarlo.
Le irrita sobremanera su forma de expresarse, ya no tiene paciencia para traducir sus palabras deformadas o ver cómo la saliva mana de la comisura de sus labios.
Una tos seca lo sacude y abre los ojos. Advierte la presencia de Victoria.
Roberto frunce el ceño y levanta la mano temblorosa, como si le ayudara a verbalizar lo que necesita.
—A… gua —consigue decir.
—Ahora mismo, cariño —le contesta con amabilidad fingida.
Le acerca el vaso con una pajita, se lo coloca en los labios y espera hasta que Roberto separa la cabeza, saciado.
—Me voy, hay mucho trabajo. Volveré tarde.
—Es… pe… ra —dice con la voz entrecortada—. La al… mo… mo
—¿Quieres que te coloque la almohada? —Roberto asiente—. Tienes que colaborar un poquito, cuando yo te diga, inclina el cuerpo hacia adelante. ¿De acuerdo?
—Sí.
Victoria coge la almohada desde el lateral, avisa a Roberto y la mueve.
Al hacerlo, algo cae al suelo, detrás del cabecero.
La cama es articulada y con ruedas, así que no tiene dificultad para separarla unos centímetros de la pared.
Alcanza el objeto; es una fotografía. Al girarla, descubre a una pareja feliz, y no son ellos, sino Fabiola con Roberto.
—¡¿Qué hace esto aquí?! Se supone que las destruiste todas. ¿Cómo puedes seguir pensando en esta mujer? Han pasado treinta años, seguro que ella te habrá olvidado. Ni siquiera regresó a por sus hijos.
—Dá… me… la —suplica con la mirada llorosa. Levanta la mano hasta lo que le permite su invalidez.
—¿La quieres? Cógela. —Victoria alza la fotografía.
Roberto hace un esfuerzo sobrehumano para erguirse en la cama. Su cara se contrae por el dolor y la impotencia. Victoria se aleja un par de pasos más.
—Mira en lo que te has convertido. Me das asco.
Rezo cada día para que tu corazón deje de latir.
Ya no te necesito. Los tengo a ellos, y en especial al chófer que desvirgó a tu querida Fabiola, Francisco.
¿Sabes por qué? Porque él me folla como nunca lo hiciste tú.
Ella, siempre ella. Te oía en sueños llamarla: «Fabiola, Fabiola» —parodia su voz—. Ahora no eres nada.
La mirada de Roberto está clara, no así el balbuceo que sale de sus labios.
—¿Cómo? ¿Qué dices? No te entiendo.
—E… res… u… na —incapaz de terminar la frase, se mueve hacia un lado de la cama. No puede controlar el peso de su cuerpo y cae al suelo de forma aparatosa. Queda tendido bocarriba—. A… yu…
—¿Que te ayude? Claro que sí, ahora mismo. —Mira la foto de nuevo—. Qué bien saliste, cariño, mejor que ella. Es una pena que no puedas hablar, me quedaré con la duda de saber por qué te enamoraste de una mujer sin estilo.
Luego, despacio, la rasga en dos mitades. Después, en cuatro.
Roberto arrastra la mano izquierda al pecho, como si pudiera detener su corazón descompensado. Su mandíbula se tensa y gira el cuello levemente hacia Victoria, buscando su ayuda. Pero lo único que encuentra es su indiferencia. Dos lágrimas recorren su rostro en un llanto silencioso.
—No llores, pronto estaréis juntos. ¿No es lo que querías?
Victoria lo observa impasible. No se mueve. No llama a la enfermera. No pide ayuda. Se queda quieta. Cree que él se merece ese dolor, el mismo que ella sufrió durante su matrimonio. No hay lágrimas. No hay compasión. Solo espera.