La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 58
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Capítulo 58

—Debí imaginarlo, has engañado a Rodrigo todo este tiempo. Siempre fuiste tú. ¿Por qué? —Aurora la reconoce, es Victoria Esparza. Ahora, el puzle comienza a encajar.

Victoria camina hacia ella con elegancia, demasiada para la situación. Está vestida con un traje de chaqueta negro, camisa blanca y unos tacones de aguja. Sus pasos hacen crujir la arenilla del suelo, y su perfume a rosas camufla el olor viciado de la estancia.

—Ya estoy viendo los titulares —no contesta a su pregunta. Dibuja con los dedos un rectángulo—. «El cuerpo de Aurora Durán, periodista de Enhora.es, aparece en el río Manzanares. Se especula que asesinó a su compañera y la culpabilidad pudo con ella».

—Muy sensacionalista, ¿así es como pretendes deshacerte de mí?

—Se cerraría el caso. Con tus antecedentes, sería creíble. ¿No te parece? ¿Le has contado al imberbe de Rodrigo que intentaste suicidarte? —Aurora supone que ha indagado en su historial médico. Excepto su familia, nadie conoce sus antecedentes.

—Eres una desequilibrada. —Opta por no entrar en su juego.

—No, soy inteligente —dice con la ceja ligeramente levantada.

—¿Roberto participó en tu siniestro plan? —Aurora necesita respuestas, y comienza con su interrogatorio.

—¿Roberto? ¡Qué estupidez! Ja, ja, ja —ríe con la cabeza echada hacia atrás.

—Pudiste tenerlo todo, solo tendrías que haber aceptado su proposición. ¿Por qué no te casaste con él?

Victoria abandona la risa exagerada, y sus labios se endurecen.

—Él quería descendencia, y yo no podía dársela. Con dieciocho años me vaciaron por dentro. —Se toca el vientre y baja la mirada; por un instante, pierde la arrogancia, no obstante, Aurora no siente ni un mínimo de compasión por ella—. Yo lo quería, deseaba hacerlo feliz, y lo hice.

—¿Qué hiciste?

—Buscar una madre para nuestros hijos.

—¿Nuestros? Eran de Fabiola y Roberto, no tuyos.

—Fue tan fácil convencerlo —continúa su explicación ignorando el comentario de Aurora—, con la fusión y un contrato prematrimonial muy beneficiosos para ambos. Incluso me dio las gracias. El plan hubiera sido perfecto si… —Se queda con la mirada ausente.

—Si Roberto no se hubiera enamorado de Fabiola —Aurora termina la frase.

—¡Esa zorra! —estalla, tras unos segundos—. Con sus encantos de niña buena, lo fastidió.

—Por eso provocaste la muerte de sus padres, para debilitar su unión.

—Eres lista. No solo eso, también le hice creer que Roberto había sido el culpable —dice altiva.

—Tú preparaste la cita con la agencia de viajes.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta, incrédula.

—He leído el diario, por eso estoy aquí, ¿no?

—La idea de la luna de miel también fue mía, aunque le aconsejé a Roberto que si Fabiola preguntaba, no se lo dijera. La cita la concertó su secretaria con mi llamada previa a la agencia. Él nunca sospechó.

—¿Quién contrató a Francisco?

—Demasiadas preguntas que no te servirán de nada. —Aurora aprecia un cambio de actitud, si no reconduce la conversación, perderá la oportunidad de saber la verdad.

—Dentro de unas horas estaré muerta, concédeme un último deseo y cuéntamelo. Soy una periodista curiosa.

Victoria se gira en dirección a la puerta, da un par de pasos lentos clavando sus tacones en cada uno de ellos.

—¿Tienes miedo a que pueda salir de aquí? —Aurora lanza una última pregunta.

La reacción no se hace esperar, la enfrenta de nuevo.

—¿Miedo?, ¿de ti? Ja, ja, ja —. Su risa es forzada.

—¿Quién contrató a Francisco? —insiste.

—Mi padre, unos meses antes de que Fabiola regresara a Valencia.

En principio, solo debía informarnos de los movimientos de Vicente, sus actividades y relaciones, pero el hecho de que se acostase con ella fue un plus.

Cuando se casó con Roberto no era virgen, por lo que su embarazo temprano sembró dudas sobre su paternidad.

—Pero no sirvió de nada.

—No, se habían enamorado. No podía soportar estar junto a ellos, observar esas miradas cómplices, los manoseos debajo de la mesa o cuando se levantaban de una comida para follar en el baño.

Luego, volvían con las caras henchidas de placer, acalorados…

A veces, pensé en estrangularla con mis propias manos y borrar esa sonrisa bobalicona.

La odiaba, claro que la odiaba. Yo la superaba en altura, en belleza y aún no entiendo cómo Roberto pudo enamorarse de esa gorda —dice de forma despectiva.

Aurora siente una punzada de dolor al oír hablar así de Fabiola, sin embargo, no expresa ni un ápice de ira. Mantiene la calma.

—La destrozaste con la muerte de sus padres.

—Bueno, en cierto modo, también la ayudé, le busqué una buena psiquiatra —dice irónica.

—La misma que en caso de ir a juicio testificaría en su contra —afirma Aurora.

—Así es.

—¿Y Roberto nunca sospechó nada?

—No. Después del divorcio, se arrepintió de no haber luchado más por ella. Pero… estaba su amiga Victoria para consolarlo, y lo convencí, por el bien de los niños, para que nos casásemos.

—¿Él te quiso alguna vez?

—¿A qué viene esa pregunta? Por supuesto.

—¿Cómo a ella?

Victoria permanece a un par de pasos de Aurora. Necesita que se acerque. Su plan es barrerle los pies, tumbarla en el suelo y amenazarla con el objeto punzante. Es delgada y podrá con ella. Si la deja inconsciente, lanzándole la mochila, no podrá obligar a Francisco a que abra la puerta.

—¡Eres una insolente! —grita endemoniada, sus ojos felinos se agrandan.

Se escucha el cerrojo de la puerta. Victoria se acerca hasta a ella, la abre y le dice a Francisco que todo está bien. Aurora duda si actuar en ese momento, lo descarta. No puede con los dos y necesita rellenar las lagunas de la verdadera historia de Fabiola.

—¿Cómo supo Francisco mi nombre cuando lo visitamos en Paiporta? —le pregunta cuando cierra.

—¡Será imbécil! —El desliz de su cómplice irrita a Victoria—. Yo lo avisé. El día anterior, Rodrigo envió un escrito fechado en Valencia. Solo tuve que hablar con la recepcionista de nuestra sede.

—La rubia —murmura Aurora.

—Gracias a la bragueta fácil de Rodrigo, me dijo donde os habíais hospedado. Con el pretexto de pedir la factura detallada para la empresa, el hotel no tuvo inconveniente en darme tu nombre.

—¿Sabes quién soy?

—Además de una periodista mediocre de sociedad, sí, la nieta de Elvira.

—¿Por qué la despidió Roberto? Ella le pidió expresamente que mi abuela cuidase de sus hijos.

—No la quería en mi casa. Me recordaba a Fabiola.

Francisco se encargó de seguirla y descubrió sus encuentros con los niños.

Roberto montó en cólera, gracias a mí, por supuesto.

La echó. A partir de ese momento, solo fuimos él y yo, aunque la sombra de Fabiola siempre estuvo ahí, incluso el día en que murió.

—¿El día en que murió?