Capítulo 57
Rodrigo entra como un energúmeno, Dimitri lo sigue por las dependencias de la mansión.
—¡Fidel! ¡Fidel! ¿Dónde coño está?
El mayordomo aparece por el pasillo de servicio en pijama, alertado por los gritos.
—¿Qué ocurre? —pregunta sorprendido.
—¿No tienes nada que contarme?
—No entiendo, señor.
—Avisa a Alex, creo que le gustará escuchar nuestra conversación.
—No ha llegado.
—¿Y Victoria?
—Acostada.
—De acuerdo, acompáñanos al despacho.
—Voy a vestirme…
—No es necesario.
Rodrigo entra primero, luego Dimitri y, por último, Fidel.
—No me andaré con rodeos. ¿Qué hacías en Málaga en enero del noventa y seis?
—En… enero… del noventa y seis… —Sus palabras suenan a duda.
—Fidel, habla, sé que lo recuerdas.
—La fiesta.
—¿Qué fiesta?
—El día de Reyes de aquel año, Roberto le pidió a Victoria que se casara con él.
Ella aceptó, pero quería organizar una fiesta en la mansión de su padre.
Roberto autorizó a que la acompañase a Málaga, dada mi experiencia, y viajamos en varias ocasiones.
Sin embargo, un día… ahora lo recuerdo bien, fue un viaje inesperado, en plena noche.
—Pero ella no se solía alojar con su padre. —Rodrigo lo deduce porque no había ninguna foto de Victoria en los carretes que Leo había revelado saliendo o entrando de la finca.
—No, es cierto. Siempre nos quedábamos en un hotel, con el que quería concertar el catering .
—¿Se reunió con alguien más?
—Con su padre, por supuesto.
—¿Nadie más? —insiste Rodrigo.
—Quizá… bueno, no podría asegurarlo. Se ausentó de la cita con el jefe de comedor del hotel. Me extrañó porque, aunque yo supervisaba, ella tomaba las decisiones sobre la organización.
—¿Qué día fue?
—El veintinueve de enero por la mañana, regresamos esa tarde a Madrid.
—¿Cómo puedes recordarlo?
—El treinta es mi cumpleaños, y había pedido el día libre, como siempre.
—Está bien, Fidel, eso es todo. Perdona si te he asustado. —Se disculpa colocándole la mano sobre el hombro.
—¿Puedo preguntarle algo, señor?
—Sí, claro —dice mientras aparta la mano.
—¿Por qué era tan importante esta información?
—Porque ese día, el veintinueve de enero, Fabiola, mi madre, desapareció; y me temo que Victoria… —A Rodrigo se le rompe la voz, aprieta los labios e intenta calmar no solo la decepción, sino la ira—. ¿Cómo he estado tan ciego?
Sin pensarlo, sale del despacho, sube los escalones de dos en dos y abre la puerta de la habitación de Victoria. Enciende la luz dispuesto a pedirle una explicación coherente de lo que acaba de escuchar. Quiere que no sea cierto. Quiere que ella no sea culpable. Quiere…
La cama está vacía.