La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 56
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Capítulo 56

—Aquí es —le indica Dimitri a Rodrigo.

Están frente a un estudio de tatuajes en la calle Barquillo; es estrecha, con un toque elegante y bohemio.

Aunque técnicamente pertenece al barrio de Justicia, en la práctica y en el imaginario madrileño, Barquillo se siente muy Chueca.

En los años ochenta pasó de ser una zona marginal para convertirse en el epicentro de la comunidad LGBTIQ+ en Madrid.

La fachada del edificio es clásica, con balcones de hierro forjado y molduras decorativas. Al lado del local está la portería de entrada al bloque, conserva su robustez y el tallado de la madera.

Dimitri pulsa el botón del telefonillo.

—¿Sí? —contesta la voz de un hombre.

—Soy yo, abre.

No es necesaria ninguna indicación más. Escuchan un zumbido, y Dimitri empuja. Busca el interruptor y enciende la luz del portal. Las paredes están recubiertas de grandes espejos envejecidos. Justo en frente, hay un ascensor con puertas de rejillas.

—Subiremos andando, es el primero.

Al llegar al piso, los recibe un hombre de unos sesenta años, lleva gafas de pasta, cuatro greñas canosas y viste un chándal retro de nailon azul marino, cremalleras grandes y puños elásticos.

—¡Cuánto tiempo sin verte! —saluda a Dimitri con una sonrisa imperfecta, sin dos dientes en la parte inferior—. ¿Y tú eres…? —pregunta con voz pausada y leve silboteo final debido a su falta.

—Rodrigo —dice escueto, y le ofrece la mano. En lugar de estrechársela, le da una palmada, y chasquea la lengua.

—Yo soy Leo. Bienvenido. Pero pasad, pasad —les indica hacia el interior.

La decoración transporta a Rodrigo a otra época: los años ochenta. Las paredes están empapeladas con figuras geométricas y el salón no se queda atrás; con un juego de sofás de terciopelo rojo y alfombra sintética de estampados abstractos.

—Y bien. ¿Dónde están esos negativos?

—Tienen unos años, espero que no tengas problemas para revelarlos —manifiesta Dimitri entregándole el sobre.

—Si estuvieron guardados en un lugar seco, fresco y sin exposición a la luz, hay muchas probabilidades de que estén en buen estado.

—¿Cuánto tardarás?

—Dos carretes en hora y media, más o menos.

—Que equivale…, ¿a cuántas fotos? —pregunta Rodrigo, ante su desconocimiento. No se quita de la cabeza el tiempo que lleva Aurora secuestrada. Incluso sigue dudando que haya sido una buena idea no avisar a la policía.

—Setenta y dos fotos. —Examina el material—. Aquí hay más. ¿Tenéis interés por algunos en especial?

—Sí, estos dos últimos —le aclara Dimitri.

—¿Por qué? —indaga Rodrigo.

—Son los más cercanos a su desaparición.

—De acuerdo, entraré en el cuarto oscuro. ¿Veis esa luz roja de allí? En cuanto se apague, podréis pasar. No antes.

Los dos asienten. Observan a Leo caminar hasta que cierra la puerta.

—Menudo personaje —comenta Rodrigo.

—Es un buen tío. ¿Nos sentamos?

—Ese terciopelo no me da mucha confianza, tendrá chinches.

—Ja, ja, ja —ríe con tono grave.

—Es la primera vez que escucho tu risa.

—Me río cuando algo me hace gracia —contesta seco, como siempre, y con su acento ruso españolizado.

Rodrigo echa un vistazo a su alrededor. Hay una pared repleta de retratos, se acerca hasta ella para observarlos. La mayoría son en blanco y negro, de drag queens , músicos y personajes tan excéntricos como Leo. Una foto le llama la atención en particular.

—¿Esta es Alaska?

—Sí. Lo que ahora es un estudio de tatuajes fue su tienda de fotos. Cerró a consecuencia de la era digital, no supo adaptarse. «Foto Barquillo», así se llamaba el establecimiento, fue punto de encuentro. Leo revelaba carretes de fiestas clandestinas, bodas diversas, y performances underground .

—¿Y de qué vive ahora?

—Del arrendamiento del local y de algún trabajo que otro. Es discreto y económico. Nunca pregunta. Conserva miles de negativos archivados cronológicamente que podría utilizar para sacarse un dinero, sin embargo, no lo hace.

—¿Cómo lo conociste?

—Viví con él unos meses, cuando llegué a Madrid, hasta que encontré un piso de alquiler.

—¿En serio? ¿Aquí? —pregunta con una mueca de repulsión.

—Sí, además, dormí en ese sofá.

—¡Joder! Supongo que estaría recién comprado. —Dimitri sonríe—. ¿Le contaste la historia de Fabiola?

—No, nunca. Ni a él ni a nadie —puntualiza.

—¿Estabas enamorado de ella?

—Sí.

—¿Por qué no se lo dijiste? Quizá hubiera cambiado de opinión.

—Yo no era para ella. Voy al baño. —Dimitri huye de una conversación incómoda.

A su vuelta, ambos permanecen en silencio. Rodrigo pasea de un lado a otro del salón, mientras Dimitri opta por sentarse en el sofá. El tiempo transcurre despacio, demasiado.

—Son las diez y media. ¿No debería haber terminado? —pregunta Rodrigo, impaciente.

—Todavía faltan unos minutos.

—¿Y si es tarde para Aurora? ¿Por qué Francisco no ha venido a por mí?

—Tu familia es poderosa, ella solo una periodista joven en busca de un titular.

—¿En busca de un titular? Vaya, estoy copiando su costumbre de repetir las últimas palabras —confiesa rascándose la nuca.

—Me imagino que aceptó el trabajo para luego publicar la historia de Fabiola.

—No, no lo creo. Al menos, nunca hablamos de ello.

—Si se resuelve, y tiene la oportunidad de publicarla, podría salir de su anonimato. Le serviría para lanzar su carrera. Es buena chica, sí, un poco rara también, pero las personas nos movemos por lo que deseamos.

—No la conoces lo suficiente.

—¿Y tú sí?

La pregunta de Dimitri no obtiene ninguna respuesta de Rodrigo. A pesar de haberle confesado sus debilidades, es cierto que, para él, Aurora es una desconocida.

«¿Por qué no le pregunté qué esperaba conseguir en su vida? ¿Cuál era su mayor deseo?», piensa.

—La luz se ha apagado —anuncia Dimitri.

—Entremos.

El cuarto oscuro mantiene una luz tenue y huele a ácido.

En las paredes cuelgan cuerdas tensadas de lado a lado.

De ellas penden las fotografías, sujetas con pinzas metálicas.

Algunas imágenes aún gotean, dejando rastros sobre el suelo de linóleo, otras ya están secas, rígidas, con los bordes ligeramente curvados.

En una esquina hay un secador de aire en marcha, que emite un ruido apagado.

Sobre una mesa están las bandejas vacías de revelado, el líquido aún se mueve.

—Os dejo a solas para que las examinéis, no toquéis nada —les advierte.

—Gracias, Leo.

Rodrigo se detiene en cada una de las fotografías, en casi todas, el protagonista es Antón Esparza; saliendo de la mansión, en el campo de golf con unos amigos, en salas de fiestas… hasta que una de ellas le llama la atención.

—¿Dónde se hizo esta foto? —pregunta a Dimitri.

—En un hotel, el mismo dónde lo pillé con Lyov Popov.

—¿Hay una lupa por ahí?

Dimitri, a pesar de la advertencia de Leo, rebusca en uno de los cajones de la mesa.

—La tengo. —Se la entrega a Rodrigo, quien la acerca a la imagen.

—¡Joder! ¿Y este qué hace aquí?

—¿Quién?

—Te lo explico por el camino. Nos vamos a La Moraleja.