La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 55
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Capítulo 55

—¡Socorro! ¡Ayuda! ¡¿Alguien puede oírme?!

Aurora ha perdido la cuenta de las veces que ha gritado las mismas palabras.

Siente sequedad en los labios y un escozor agudo en la garganta.

No sabe si es de día o de noche. La luz de la bombilla sigue ahí, vigilante.

No se ha apagado desde que Francisco la encerró.

Tampoco ha bebido ni comido desde entonces, aunque no siente hambre, solo sed.

Le duele todo el cuerpo. Ha dormido poco y mal, porque sigue atada de pies y manos.

El olor a orín es insufrible, no le ha quedado otra que hacerse sus necesidades encima.

Está tumbada, sin desviar la mirada de la puerta y de su mochila.

—Tienes que hacer algo. —Echa de menos la música. Su música; la terapia que la mantuvo a flote en sus días más oscuros.

Intenta aflojar la cuerda que rodea sus muñecas, moviéndose de un lado a otro en el suelo.

—Lo hiciste más de una vez, no seas cobarde. Allí era para vomitar, aquí para salvarte la vida. —Recuerda sus primeros días ingresada en el hospital, hasta que una enfermera la pilló.

Respira hondo y aprieta los dientes. Fuerza el dedo pulgar de la mano derecha, y este se curva de forma antinatural.

El dolor es inmediato, punzante, y siente como si una corriente eléctrica le recorriera el brazo.

No ahoga el grito, el cual retumba en las paredes vacías.

Con un movimiento lento, logra dislocar la articulación y, con un último esfuerzo, la mano se desliza por la cuerda. No lo suficiente para librarse de ella.

—Vamos, tú puedes.

Un grito desesperado la ayuda a dar un tirón seco del brazo, y sonríe entre lágrimas de dolor al comprobar que lo ha conseguido. Luego, la mano izquierda sale sin necesidad de forzarla.

—Ahora, tienes que volver a tu sitio —habla con el dedo dislocado.

Antes, se desata las ataduras de los pies.

Se levanta agarrándose la mano derecha con la otra y camina hasta la puerta.

Pega el oído. Ningún sonido. Mira a su alrededor, necesita una superficie firme.

Encuentra una estantería metálica justo detrás de dónde había estado tumbada, no la ha visto hasta ahora.

Coloca la mano con cuidado, alineando el pulgar contra el borde.

—Una, dos… y tres. —Con un movimiento rápido y decidido, empuja. Siente un crujido—. ¡Me cago en…!

Se queda unos segundos presionando el dedo para calmar el dolor.

—Ahora, piensa, Aurora, piensa.

Con la mano aún resentida, se dirige a la mochila. Rebusca en su interior cualquier objeto que le sea de utilidad. Encuentra un caramelo, no sabe desde cuándo está ahí, lo abre, se lo mete en la boca y el sabor a café la hace salivar.

—¿Por qué nunca llevo una botella de agua? —se amonesta a sí misma.

Entonces, ve la chapa prendida en el interior. La destraba y, como puede, desengancha el imperdible. Lo extiende, a duras penas, ayudándose del pie. Luego, lo dobla por la mitad y camina decidida hacia la puerta. Mete el gancho improvisado en la cerradura. Hurga en ella sin conseguir nada.

—Esto en las películas parecía fácil. De acuerdo, no puedo salir de aquí, pero puedo defenderme.

Coge una de las cuerdas, la ata a las correas de la mochila y comprueba el peso.

—La usaré como una boleadora. Cuando entre Francisco, solo tendré que lanzársela con fuerza. Funcionará —se anima convencida.

De repente, siente una vibración. Intuye que es el motor de la furgoneta.

Vuelve a sentarse en el mismo lugar. Se ata los pies, sin doble nudo.

Luego, esconde la mochila tras su espalda y, para no realizar ningún movimiento que delate que está libre, introduce las dos manos en el coletero con la punta del imperdible bien sujeto.

«Con un pinchazo certero le haré perder mucha sangre», piensa.

La puerta se abre, lo suficiente para comprobar que la nave está iluminada con luz artificial. Es de noche.

Francisco entra y cierra. En la mano lleva una bolsa de plástico.

—Me imagino que tendrás hambre y sed. He sido un desconsiderado. ¿Quieres? —Le muestra una botella de agua.

Aurora asiente. Él le coloca la boca de la botella en los labios y deja caer el agua. Ella bebe, y tose a la vez.

—Tranquila, no quiero que te ahogues. —Cierra la botella y la deja en el suelo—. ¿Has recapacitado? ¿Hablarás?

—¿Ha venido tu cómplice?

—Te he dicho que estoy solo. ¿Por qué no me crees?

—No eres tan inteligente, tú solo cumples órdenes.

Como lo has hecho siempre. Si hubieras sido listo, habrías aceptado la ayuda de Fabiola.

¿Quién sabe? Incluso podrías haber sido el heredero de la fortuna de Constanza a su muerte.

¿Nunca lo has pensado? Sin embargo, prefieres recibir limosnas de alguien…

—¡Cállate! No tienes ni idea.

—Claro que la tengo. Esa gente para la que trabajas tiene mucho poder. ¿Qué crees que pasará si se descubre la verdad? Ellos saldrán indemnes y tú serás el único culpable. Nunca saldrás de España y, por tu edad, morirás en la cárcel. Te utilizaron, te utilizan…

—¡He dicho que te calles! —grita enfurecido abofeteando la mejilla izquierda de Aurora. La fuerza del golpe la tira al suelo.

Francisco se gira, sin un ápice de arrepentimiento, y abre la puerta. Se queda un instante quieto.

—Vendrá —asegura sin mirar atrás.

Aurora escucha cómo echa la cerradura.

Sonríe, a pesar del calor que siente en la mejilla.

No sabe lo que tardará en volver. Se desata de nuevo, alcanza la bolsa y encuentra un bocadillo envuelto en papel de aluminio.

Huele a tortilla de patatas. Lo abre y engulle con rapidez, apura lo que queda de agua en la botella y, una vez que ha terminado, lo recoge todo dentro de la bolsa y la deja en el mismo sitio.

Se levanta y pasea de un lado a otro. Cada cierto tiempo, coloca las palmas de las manos en la puerta por si siente la vibración.

—¿Cuánto ha pasado, media hora, una hora?

El corazón le late con fuerza.

—Estás a punto de descubrirlo.

Una mezcla de impaciencia y excitación se adueña de su interior.

—Ha llegado el momento, vuelven.

Se coloca de nuevo en su postura fingida de cautiverio.

Cuando la puerta se abre, no puede evitar un gesto de sorpresa. Abre los ojos, incrédula.

—¿Tú? —pregunta.

—¿A quién esperabas?