La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 54
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Capítulo 54

Rodrigo está cansado, a la vez que impaciente. Solo ha parado en una gasolinera para repostar y comprar un tentempié.

La entrevista le dejó sentimientos encontrados, de esperanza, incertidumbre y rencor.

Un rencor vengativo que nunca había experimentado, solo que dos de los culpables no recibirían su castigo, y uno de ellos era su padre, Roberto Sanz.

No llegaba a entender cómo pudo actuar con tanta crueldad.

No solo por privarlos del amor de una madre, sino por abandonarla a un destino oscuro, sin memoria, sin recuerdos.

Treinta días de espera le parecían una eternidad, más que los años robados sin haberla conocido.

En cuanto salió de Málaga hizo dos llamadas, y ambas fueron infructuosas.

Quería contarle la conversación con el inspector Banderas tanto a su hermano como a Aurora, ninguno contestó.

Optó por preguntarle a Victoria sobre el paradero de Alex; no lo había visto en todo el día, ni siquiera comió en casa.

El teléfono de Aurora dio señal, pero no contestó.

En un principio supuso que lo tendría en silencio, pero no se fiaba.

Así que le pidió a Dimitri que lo acompañase.

Aparca en el garaje del edificio. Ambos suben en el ascensor y entran en el ático con cautela. Todo parece estar en orden, y la alarma conectada. Aun así, Rodrigo recorre las dependencias una a una.

—¡Aurora! ¿Por qué no coges el teléfono?

—¿Habrá salido? —pregunta Dimitri cuando vuelve al salón.

—Le dije que no se moviera de aquí hasta que llegase el sobre. ¿Qué hora es? —Rodrigo ha perdido la noción del tiempo.

—Las ocho —dice consultando el móvil.

El sonido del telefonillo los interrumpe. Rodrigo pulsa el botón del intercomunicador.

—¿Sí?

—Ha llegado un paquete, ¿puede subir el repartidor? —Es la voz del portero.

—Sí, por favor.

Rodrigo aguarda junto al ascensor, se frota las manos, nervioso. Unos segundos después, la puerta se abre.

—¿Aurora Durán? —pregunta un chico joven.

—Está en el baño, yo firmaré la entrega. —«¿Dónde demonios te has metido?», se pregunta mientras echa un garabato en la pantalla digital—. Gracias —lo despide sin apartar la vista del sobre.

—¿Es lo que esperabas?

—Sí, el remitente es el profesor Arthur Bronson.

Camina hasta el sofá, se sienta y lo deja sobre la mesa. Lo observa en silencio.

—¿Por qué no lo abres?

—Porque si lo hago, y no hay nada, se acabó.

Llevo, mejor dicho, llevamos casi un mes buscando, preguntando, siguiendo pistas, algunas más útiles que otras, con el deseo de encontrar al verdadero culpable de la desaparición de mi madre.

Ahora, que cabe la posibilidad de que esté viva, quiero pasar página.

Centrarme en rellenar esa solicitud y encontrarme con ella, nada más.

Aunque sea dentro de un mes. Ni mi padre, ni Antón Esparza, ni Lyov Popov, ni siquiera Francisco Bataller me importan. Solo ella.

—Sería injusto que no pagaran por sus crímenes.

—Llamaré a la policía y les contaré lo que Aurora y yo hemos averiguado. La vida de Fabiola Mariscal puede seguir en peligro. Si se descubre su nueva identidad, no me perdonaría que le sucediera algo. Otra vez no.

—Te entiendo, pero no pierdes nada por abrirlo —Dimitri insiste.

—De acuerdo.

Rodrigo rasga el papel y vuelca el contenido en la mesa. Son sobres con negativos.

—¿Y esto?

Dimitri los coge y los examina con atención. Saca uno y lo mira al trasluz.

—Estas fotos son descartes. Las hice yo, cuando Fabiola me encargó vigilar a Antón Esparza. Solo revelé y le entregué las que relacionaban al abogado con Lyov, pero ella me pedía siempre todos los negativos.

—¿Por qué se los envió a Arthur?

—Quizá averiguó algo más que desconocemos.

—Es probable que… Tenemos que revelarlos. Aunque a esta hora será complicado.

—Puedo ayudarte. Un amigo tiene un estudio en su piso.

—¡Genial! ¿Cuánto tardará?

—No tengo ni idea. Si quieres, lo llamo. No creo que tenga inconveniente en que nos acerquemos a su casa.

—Sí, por favor; mientras, intentaré localizar a Aurora.

En esta ocasión, salta la locución: «El teléfono está apagado o fuera de cobertura».

—Es extraño, no me huele bien. Quizá su compañero Pepe sepa dónde está —se dice a sí mismo. Marca el contacto del periodista.

—Hola, Rodrigo. ¿Buenas noticias? —Está al tanto de su viaje a Málaga.

—Creo que sí. Hay una mujer que coincide con la descripción de Fabiola. El único inconveniente es que tendré que esperar para corroborarlo.

—Me alegro.

—Te llamaba por otro motivo. ¿Sabes dónde puede estar Aurora?

—No, ni idea. ¿Por qué me lo preguntas?

—Está ilocalizable desde esta mañana.

—Ayer estuvo en el periódico, me lo comentó su jefa.

—Sí, lo sé, fue la última vez que hablamos. Hazme un favor, si contacta contigo, dile que venga al ático cuanto antes.

—Tranquilo, se lo diré, y si aparece o necesitas mi ayuda, dímelo.

—Gracias.

Rodrigo se queda con la mirada perdida en la pantalla del teléfono.

—¿Qué pasa? —Dimitri termina su llamada y advierte la preocupación en el rostro de Rodrigo.

—Debo hacerlo.

—¿El qué?

—Espiarla, soy ingeniero, ¿recuerdas? Le regalé una chapa para la mochila, le instalé un rastreador GPS. Lo controlo con una aplicación en el móvil. Hasta ahora, no lo he utilizado.

—¿Y a qué esperas? —pregunta impaciente Dimitri.

Rodrigo se rasca la nuca. Desliza la pantalla, busca el icono y lo abre. La aplicación le da ubicación de Aurora en tiempo real.

—¿Qué coño hace en Getafe?

—Déjame ver. —Dimitri amplía la imagen—. Es un polígono industrial, lo conozco. La nave fue una antigua discoteca… No me gusta.

—¿Qué quieres decir?

—Como sabes, soy portero y confidente de la policía. La discoteca en cuestión cerró hace unos años, debido a una redada. Los propietarios estaban vinculados al tráfico de drogas, mujeres y armas. Aurora no está allí por voluntad propia, la han secuestrado —afirma con seguridad.

Rodrigo se levanta como un resorte del sofá. Se pasa las manos por el pelo y comienza a caminar de un lado a otro.

—¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! Avisaré a la policía. No debimos dejarla sola. Francisco estaba al acecho.

—¿Y los negativos?

—¡Me importan una mierda los putos negativos! Su vida puede estar en peligro.

—Escúchame, piensa un poco, ¿por qué crees que la tienen retenida?

—¿Porque sabe más de la cuenta?

—Sí, y porque tiene el diario de Fabiola Mariscal o imaginan que ha recopilado pruebas. Permanecerá con vida mientras no las entregue. Si avisas a la policía, no podremos negociar con él o ellos.

—¿Pretendes que tú y yo nos presentemos solos? ¿A negociar? Es absurdo.

—Tenemos esto. —Dimitri alcanza uno de los negativos—. Veamos lo que esconden y luego, actuaremos. Confía en mí, si no hay nada, llamaremos a la policía.

—¿Dónde vive tu amigo?