La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 52
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Capítulo 52

No sabe cuánto tiempo ha pasado.

Al abrir los párpados, Aurora descubre que no es una mala pesadilla.

Solo ve oscuridad, debido a la banda que le cubre los ojos.

Siente el cuerpo entumecido, está tumbada, intenta revolverse o gritar, sin éxito.

Tiene los brazos inmovilizados en la espalda, las muñecas le arden por las ataduras y los tobillos se resienten con cada traqueteo del vehículo.

La mordaza le oprime la mandíbula, húmeda por su propia respiración.

El aire está viciado de un olor rancio a goma caliente y gasolina.

El espacio es amplio, no cree que viaje en el maletero de un coche, deduce que puede ser una furgoneta.

El suelo bajo ella vibra y el sonido del tráfico le da una pista; siguen en la ciudad.

Escucha el pitido de los coches, el rugido de las motos e incluso una sirena lejana.

El vehículo se detiene por momentos, breves pausas que ella interpreta como semáforos.

Después de unos minutos, se mueven con un ritmo constante, como si estuvieran en una autovía.

Intenta memorizar el trayecto, los giros y los cambios de velocidad.

Finalmente, la furgoneta se detiene con un frenazo seco.

Escucha cómo el supuesto secuestrador sale del vehículo, pasos, el sonido de una puerta corredera y de nuevo el motor.

«Estamos en una nave», intuye por el eco.

Se sobresalta cuando la puerta trasera se abre.

Por las manos fuertes que la agarran de los tobillos y la arrastran fuera, deduce que es un hombre.

La endereza hasta que sus pies tocan el suelo, no opone resistencia, desconoce si está solo.

La coge del brazo y la obliga a andar, la atadura solo le permite dar pasos torpes y pequeños.

Tropieza, y el tipo se ve obligado a llevarla en brazos.

Aurora apoya la cabeza entre el hueco del hombro y su cuello.

«Este perfume… Francisco Bataller», piensa y siente náuseas. Traga saliva o vomitará. No solo es el olor lo que hace que su cuerpo reaccione, sino saber que está en brazos del asesino de Inma.

Él no dice nada. La mueve como si fuera un objeto. Cuenta las zancadas. Calcula que la acarrea a unos cincuenta metros desde el vehículo. Luego, el eco de las pisadas se amortigua.

«Estamos en un espacio más reducido».

De repente, la lanza contra la pared con brusquedad. No lo esperaba y siente dolor en las manos al golpearse contra ella. Por último, escucha el sonido de una cerradura y los pasos de Francisco acercarse.

—Voy a quitarte la venda y la mordaza. Es inútil que grites, este sitio está insonorizado. Aquí nadie te va a oír. ¿Me has entendido? —su pregunta suena a amenaza.

Aurora asiente.

Primero le arranca de un tirón la venda de los ojos.

Le cuesta adaptarse a la luz amarillenta de una bombilla solitaria que cuelga del techo, parpadea.

La sala es pequeña, sin ventanas, con paredes desnudas de hormigón.

El silencio es absoluto, no percibe ningún sonido del exterior.

Alza la vista hasta alcanzar la mirada de Francisco.

Sonríe con cinismo, como aquel que ha cazado a su presa.

Se agacha y le desata la mordaza. El aire entra en su boca, seco, áspero, con sabor a polvo.

Mueve la mandíbula, aún entumecida. Es consciente de que no hay posibilidad de escapar, aunque el sentimiento de rabia es más fuerte que el miedo y explota.

—¡¿Y ahora qué?! ¡¿Te vas a deshacer de mí como lo hiciste con Inma?

! ¡Eres un monstruo! ¡Un asesino sin escrúpulos!

¡No entiendo cómo Fabiola confió en una persona tan miserable como tú!

¡Sé que fuiste el culpable de la muerte de sus padres y del accidente de su abogado! —escupe sin medir las consecuencias.

—¿Has terminado? —pregunta sin cambiar su actitud y enciende un cigarro. La observa a unos pasos de distancia.

—Si me ocurre algo, Rodrigo entregará las pruebas para inculparte —miente.

—Lo dudo, sigo en la lista de desaparecidos de la DANA —contesta con arrogancia.

—Haber sido engullido por el lodo es el final que te merecías.

—Pero… aquí estamos, tú y yo. —Con gesto pausado, lleva el cigarrillo a los labios, inhala con lentitud, retiene el humo en sus pulmones y lo exhala despacio—. ¿Dónde está el diario?

—En mi mochila —dice con la esperanza de que se le haya olvidado recogerla.

—Mientes, la he registrado.—Dirige la mirada a la entrada. Está tirada en el rincón—. ¡Ah! Por cierto, el móvil lo dejé en el coche, nadie podrá localizarte.

Aurora tiene que ganar tiempo. Francisco lleva un reloj de pulsera digital, necesita ver la hora, la distancia se lo impide. Quedó con Rodrigo el viernes en el ático, si no ha intentado contactar con ella, no sabrá que ha desaparecido.

—¿Puedes aflojarme la atadura de los pies?

—¿Para qué? No tienes que ir a ningún sitio.

—¿No querrás que me desmaye o me dé una trombosis antes de hablar?

Francisco se toma su tiempo en valorar la petición de Aurora. Apura el pitillo, lo tira al suelo y lo pisa con fuerza. Se acerca hasta ella y, agachándose, tira de la cuerda el tiempo necesario para que ella pueda leer la hora. Son las cuatro de la tarde.

«Salí de casa de mi madre a la una y media, del periódico sobre las tres, y el trayecto no ha durado más de media hora. Estamos cerca de Madrid, a unos veinte o treinta kilómetros», razona.

—Ahora que he sido amable contigo, ¿me dirás dónde está el diario?

—A ti no, a la persona para quien trabajas.

—Estoy solo en esto —contesta seguro.

—No es cierto, sabías quien era cuando nos entrevistamos contigo en Paiporta. Alguien nos vigilaba. ¿Quién es tu cómplice? Además, en cuanto te diga dónde está, no te seré útil. Antes, quiero saber toda la verdad.

La escudriña con la mirada durante unos segundos.

—De acuerdo, pregúntame lo que quieras.

—¿Por qué mataste a Inma?

—¡Ay, pobre chica! Era débil, enamoradiza y celosa. La utilicé para que me hablase de ti, de tus costumbres y de tu familia. Así conseguí la dirección de tu hermana. Debiste hacer caso de los anónimos, y lo habrías evitado.

—No me culpabilices a mí, yo no le destrocé la cabeza.

—Debió ser duro encontrarla, ¿tienes pesadillas? —pregunta con una sonrisa de medio lado.

Ella le devuelve una mirada llena de ira. Templa los sentimientos que la envuelven, no caerá en su trampa.

—No me has contestado.

—Estábamos en su casa y después de echar un buen polvo, recibí una llamada.

Fui al baño para hablar con tranquilidad y cuando terminé, dejé el teléfono sobre el lavabo para darme una ducha.

Al salir, la encontré fisgoneando en las fotos.

Había un reportaje bastante amplio de ti, montó en cólera, pensaba que tú y yo estábamos liados.

Fue un accidente, cayó y se golpeó la cabeza contra el filo de la bañera.

—No te creo.

—Así fue, lo mío son los accidentes.

—¿Como el del helicóptero?

La pregunta no le causa sorpresa a Francisco.

—Salió mejor de lo que esperaba. Llegamos al aeropuerto, y acompañé a Vicente y a Carmen hasta la zona de embarque.

El piloto que estaba contratado tenía una buena, o mala costumbre, según se mire; ir al baño antes de cada vuelo.

Con el pretexto de buscarlo, lo esperé. Al entrar, lo sorprendí por la espalda, le di un golpe seco y cayó al suelo.

No sé si lo maté —aclara con cierta ironía—.

Me coloqué su uniforme y el casco, y el señor Mariscal ni se percató del cambio.

—¿Por qué nunca encontraron su cuerpo?

—Buena observación, alguien se encargó de hacerlo desaparecer.

—¿Quién?

—No importa. En altamar, antes de estrellar el helicóptero, salté en las coordenadas dónde una lancha me recogió —explica con la vanidad de quien sabe que fue un plan perfecto.

—¿Y el abogado?

—Lo contrató Fabiola, no solo para gestionar la tutela de Constanza, sino para la demanda contra Roberto.

El muy imbécil me llamó preocupado. Había recibido una llamada de Fabiola advirtiéndole de que si no daba señales de vida en veinticuatro horas, denunciase su desaparición y entregase las pruebas que había conseguido.

Lo del coche fue pan comido, ardió y con él su maletín.

—Dejaste a Fabiola en manos de la mafia rusa.

—Pensábamos que, cuando pillase el dinero de la venta de las acciones, comenzaría una nueva vida en América. No se conformó con la pasta, tuvo que fisgonear.

—¿Pensábamos? ¿Acostarte con ella también estaba en el trato?

—No, pero le seguí la corriente.

—Sé que tu entrada en la residencia Mariscal no fue una casualidad. ¿Quién te contrató?

—Ya lo sabes.

—¿Antón Esparza, Roberto Sanz o Lyov Popov?

—¡Ah, sí! El ruso, nunca contacté con él directamente. Han pasado treinta años, yo lo único que quiero es encontrar el maldito diario y largarme de España.

—¿Qué piensas hacer conmigo?

—Todavía no lo sé, quizá… ¿un accidente?

—Quiero hablar con tu cómplice —sentencia Aurora.