Capítulo 51
Entra en el periódico sin prestar demasiada atención y evita mirar hacia la mesa de Inma. Se dirige directamente al despacho de su jefa. Golpea con los nudillos en el cristal, aunque la puerta está abierta. Marisa levanta la vista por encima de las gafas.
—Pasa, cierra y siéntate —ordena señalándole la silla.
Aurora obedece. «Si ella no saluda, yo tampoco», piensa.
—La muerte de Inma nos ha conmocionado. ¿Cuándo es el entierro?
—No lo sé, su cuerpo sigue en el depósito.
—Avísanos cuando lo sepas. La policía ha interrogado a tus compañeros sobre ti y la relación que mantenías con ella. ¿La mataste? —suelta a bocajarro.
—No, claro que no. ¿Cómo se te ocurre ni siquiera pensarlo? Éramos amigas.
—Entonces necesito una explicación lógica. Si erais amigas, ¿tienes idea de quién pudo hacerlo?
—Sí, lo sé, pero no puedo decírtelo hasta que consiga pruebas para la policía. Mi olfato no serviría para demostrarlo —dice esta última frase en un susurro.
—¿Qué quieres decir?
—Su muerte está relacionada con la investigación que estoy llevando a cabo.
—¿El caso por el que te cogiste las vacaciones?
—Así es. Si todo va bien, pillaré a ese malnacido y lo entregaré a la policía.
—Quizá pueda ayudarte. Después de interrogar a la becaria, la encontré muy alterada y la hice pasar a mi despacho. Me contó lo mismo que a la policía. Parece ser que el día dieciséis de octubre…
—¿Cómo recordó la fecha con exactitud?
—Hubo una manifestación en el centro de Madrid ese mismo día. Llegó tarde y, antes de entrar, se cruzó con un hombre en el acceso a la redacción. Este le preguntó por Inma, ella le dijo que la siguiera y después de señalarle su mesa, se largó.
—¿Cómo era?
—Me dio una descripción vaga: un hombre de unos sesenta años, con entradas y atractivo para su edad.
—Es él —afirma Aurora. No tiene ninguna duda.
Ordena los acontecimientos; fue el mismo día que estuvieron en Paiporta.
Francisco pudo escuchar la conversación que mantuvo por teléfono con Pepe, indicándole que le dejaría las llaves a Inma.
Los siguió desde Valencia, localizó a Inma y esperó a que se las entregase.
Cuando agredieron a Pepe, le dijo que era tarde y que había cenado fuera, cabía la posibilidad de que se encontrase con Inma en el bar de siempre, al lado del periódico.
Las preguntas que merodean en su mente son otras: ¿por qué entabló una relación con ella? y, sobre todo, ¿por qué la mató?
—Aurora, ¿te encuentras bien?
—Sí, sí, perdona, gracias por la información.
—Si estuviera en tu lugar, acudiría a la policía.
—El supuesto asesino está en la lista de desaparecidos de la DANA, no creerían mi versión.
—Es listo. ¿Qué piensas hacer?
—¿La verdad? Seguir hasta el final.
—Aquí tienes tu mesa de siempre para cuando vuelvas. La becaria es muy eficiente y, hasta el sábado, llevará tu sección y la de Inma, luego ocupará su puesto. La tendrás de compañera.
Aurora no siente alivio por las palabras de Marisa.
—Gracias —dice por no contradecirla. No es lo que desea, ahora no.
—Ten mucho cuidado ahí fuera y, si necesitas mi ayuda, aquí estaré. —Sus palabras parecen sinceras, así como la expresión de su rostro.
—Lo tendré, nos vemos el sábado.
—Eso espero —dice, empujándose las gafas hacia arriba con el dedo índice, y dirige la mirada a la pantalla del ordenador con su indiferencia habitual.
Aurora sale del periódico igual que entró. Camina hacia el coche; lo ha dejado aparcado a una manzana, en un callejón estrecho. No encontró un sitio más cerca. Antes de localizarlo, su móvil suena. Es Rodrigo.
—¿Algo nuevo?
—Sí y no. Esta mañana no te lo he contado; le pedí ayuda a mi hermano.
—¿Por qué confías ahora en él? Desde el principio no quiso saber nada de vuestra madre.
—Hablamos, se sinceró conmigo y lo conozco bien. Además, él fue quien localizó a Arthur, y hay más. La única forma de averiguar quién firmaba los contratos con Lyov Popov era investigar en los archivos históricos de la naviera, solo se han digitalizado desde 2005 en adelante. ¿Sabes por qué?
—2005… ¡Fue cuando ardió el edificio Windsor!
—Exacto, el despacho donde se supone que comenzó el incendio, en la planta 21, pertenecía a la consultora Deloitte, sin embargo, un segundo fuego horizontal acabó afectando a todo el edificio, incluidas las oficinas de la naviera y de Esparza.
—Sin pruebas, no hay delito.
—Así es, cuestión de casualidad, supongo. ¿Dónde estás?
—Acabo de salir del periódico. Francisco estuvo aquí, me lo ha confirmado mi jefa por el testimonio de la becaria que ocupa mi lugar. Nos siguió desde Valencia y estoy segura de que escuchó la conversación, cuando le dije a Pepe que le entregaría las llaves a Inma.
—¡El muy cabrón!
—Aunque… —Aurora sigue sin saber por qué la llamó por su nombre cuando se entrevistaron con él.
—¿Aunque?
—Nada, nada, cosas mías. Espero que mañana tengas más suerte.
—Yo también. Vuelve al ático y no te muevas de allí. Llámame si recibes el sobre.
—Buen viaje y dale recuerdos a Dimitri, ese tío me cae bien.
—Se los daré. Nos vemos el viernes.
Aurora cuelga y guarda el móvil. Se dirige al coche, abre la puerta de atrás y deja caer la mochila, como siempre. Entra en el Peugeot, mete la llave y no arranca.
—¡Otra vez no! ¡Maldito trasto!
Lo intenta de nuevo en un par de ocasiones.
Está tan concentrada que no advierte que la puerta se abre con violencia.
Antes de que pueda reaccionar, una mano firme le cubre la nariz y la boca con un trapo húmedo.
Percibe un olor penetrante, extraño, que no reconoce.
Intenta apartárselo, pero sus movimientos cada vez son más torpes.
Luego, un mareo súbito la envuelve, como si flotase.
No siente las extremidades, los párpados se hacen pesados y, aunque el corazón le late con fuerza, su cuerpo no le responde.
En cuestión de segundos, pierde el conocimiento.