Capítulo 50
Aurora resopla. Está en la puerta del piso de sus padres. Huele a comida, como siempre. Irene le ha contado todo a su madre. Sabe lo que le espera.
Esta mañana despertó con la llamada de Paco.
Se tomó una pastilla para conciliar el sueño, estaba eufórica, ansiosa y, a la vez, asustada.
Temía soñar con Inma. Así que, se revolvió en la cama al escuchar el sonido del móvil y tardó unos segundos en ubicarse.
Las primeras palabras del periodista: «Hay una mujer que concuerda con la descripción que me pasaste», la hicieron incorporarse como un resorte.
Solo había un problema. El acceso a expedientes como el fichero PERPOL (Personas de Interés Policial) es un derecho personalísimo, reservado al afectado o a su representante.
Habría que presentar una solicitud formal y esperar al menos treinta días para recibir la autorización.
Con el poder que Fabiola firmó a favor de sus hijos se demostraría la causa legítima, pero el tiempo acuciaba y sus vacaciones se terminaban.
Paco le comentó que la policía no podría entregarle el expediente, pero sí aceptaría darle cierta información si el interesado acudía personalmente.
Después de hablar con Rodrigo, este decidió que viajaría a Málaga al día siguiente, acompañado por Dimitri.
Aurora permanecería en Madrid, porque el correo del profesor Bronson estaba en camino.
Se atusa el pelo e introduce la llave.
—Te he escuchado, llevas en la puerta plantada cinco minutos. —Dolores la recibe con su peor sonrisa, porque sí, su madre tiene una sonrisa especial para cuando está enfadada.
—¿Y por qué no has abierto? —Aurora entra, le da un beso de refilón y deja la mochila en el sofá. Echa un vistazo a su alrededor—. ¿Dónde está Irene?
—Ha ido al ginecólogo con su marido. Siéntate —le ordena.
Aurora obedece. Su madre se acomoda frente a ella, en el sillón de su padre—.
Eres una inconsciente, te dije que tu abuela desterró el nombre de Fabiola Mariscal de esta familia y, sin seguir mi consejo, has puesto en peligro no solo tu vida, sino la de tu hermana. ¿Por qué lo has hecho?
—Mamá, su hijo me lo pidió y estamos a punto de saber la verdad. Ella nunca quiso hacerle daño a la abuela, todo lo contrario, cuando desapareció…
—Así es, desapareció, dejó abandonados a esos pobres niños, y a tu abuela en la calle.
—Entonces, ¿por qué me entregó el sobre? —Advierte un gesto de sorpresa en el rostro de su madre—. Sabes de lo que hablo, ¿verdad?
—El sobre… —Dolores permanece en silencio durante un instante, como queriendo recordar—. Me dijo que se había deshecho de él.
—Pues no lo hizo. Ella quería que la encontrase, ¿no lo entiendes?
—No, no lo entiendo. ¿Por qué?
—Porque la quería como a una hija. Imagínate que Irene o yo desapareciéramos sin dejar rastro. ¿Te quedarías sentada llorando o moverías cielo y tierra para encontrarnos?
—No es lo mismo, Fabiola no era de la familia, nunca lo fue. Era una niña mimada, egoísta y malcriada.
—No es cierto. El sobre nos llevó hasta un diario, el cual he leído.
Fabiola no era la típica niña rica y, sobre todo, quería a la abuela o a «la tata», como ella la llamaba.
Cuando se separó de Roberto Sanz, delegó el cuidado de sus hijos a la mejor persona del mundo y en la única en quien confiaba. Sus padres fueron asesinados...
—¿Asesinados? ¡Ay, hija mía! ¿Dónde andas metida? Ahora sí que sí, te pido que lo dejes.
—No puedo, mamá, la encontraré. Te prometo que no me pasará nada. Estoy viviendo en el ático del paseo de La Castellana de Rodrigo Sanz. Es seguro.
—¿Estás liada con él?
—¡Mamá!, nooo. ¿Cómo se te ocurre? Me ha contratado, y vivo sola hasta que termine la investigación. Para tu consuelo, el sábado me incorporo al trabajo.
—¿No vas a cambiar de opinión?
—No, mamá. —Aurora advierte un brillo en los ojos de Dolores, y una mueca en sus labios—. No llores, por favor. Tres días más y todo habrá acabado, la encuentre o no. Te lo prometo.
—¿Me lo prometes? —dice compungida.
—Te lo prometo.
Aurora se levanta y la rodea con los brazos con ternura. Dolores se deja envolver por el cariño de una hija que pocas veces se lo demuestra. Es un abrazo que ambas desean.
—Te quiero mucho, cariño.
—Yo también, mamá.
Deshacen el momento de intimidad.
—Ten mucho cuidado, y no corras riesgos innecesarios, llama a un taxi. No quiero que andes sola por ahí —desiste de convencerla secándose las lágrimas.
—Lo tendré y, tranquila, he venido en coche.
—¿Quieres comer antes de irte? Irene está a punto de llegar.
—Me encantaría probar tu guiso de patatas, pero tengo que acercarme al periódico. Mi jefa me ha dejado un mensaje, supongo que querrá hablar conmigo antes de incorporarme.
«Si no me despide», piensa.
—Ese olfato tuyo no falla. Tú te lo pierdes. ¿Quieres un táper? Estás más delgada. ¿Comes bien?
—Rodrigo se encarga de hacer la compra, y sí, como muy bien.
—¡Uy! Cuanta confianza, Rodrigooo —imita la voz de su hija, con un deje final—. ¿Seguro que no hay nada entre vosotros?
—No seas pesada, no es mi tipo.