Capítulo 49
Son las ocho de la tarde. Aurora no ha encontrado nada en El Diario Sur.
Le lloran los ojos, permanece con la mirada fija frente a la pantalla del portátil.
—No puede ser, tiene que haber alguna noticia —se dice a sí misma—. Piensa, Aurora, piensa. ¿Y si la encontraron en otro sitio? ¡Lo tengo!
Solo le queda una opción, recurrir a la única persona que puede ayudarla. Coge el teléfono del soporte y desliza la pantalla, busca el contacto de Pepe y lo llama.
—Dime —su voz suena tristona, echa de menos su «Enana».
—¿Estás bien?
—Sí, estoy en el hospital. La han ingresado, quieren operarla lo antes posible. Y tú, ¿cómo estás?
—Deja de preocuparte por mí, mañana hablamos. No quiero molestar.
—No molestas, ahora está la enfermera en la habitación. Estoy fuera, en el pasillo.
—¿Sabes si Paco tiene algún contacto en la policía?
—Me imagino que sí, como todos los que nos dedicamos a sucesos. ¿A qué viene esa pregunta?
—¿Crees que, si lo llamo, me hará un favor?
—¿Qué tipo de favor?
—Necesito que hable con la policía sobre el caso…
—No te rindes, ¿verdad? —la interrumpe—. Olvida el tema, es peligroso. ¿Quieres acabar como Inma?
—Eso no va a suceder, aquí estoy segura.
—Haz lo que quieras, Aurora. Te dejo, tengo que entrar.
—Gracias, avísame cuando la operen…
Pepe cuelga antes de que Aurora termine la frase.
Sabe que se preocupa por ella, aunque lo disimule con frases cortas y secas.
La conversación le deja un sabor amargo, y le confirma que es un buen amigo, el único amigo en el que puede confiar.
En medio de la incertidumbre, de esa obsesión que la empuja a seguir investigando, hay alguien que, a su manera, sigue pendiente de su bienestar.
Y eso, aunque no lo diga en voz alta, le da fuerza. Así que no lo duda, llama a Paco.
—¿Dígame? —contesta al tercer tono.
—Buenas tardes, soy Aurora.
—Sí, perdona, ando despistado. ¿Qué tal va todo? ¿Encontraste lo que buscabas?
—No he tenido suerte. Necesito tu ayuda, de nuevo —recalca.
—Sin problema.
—¿Podrías recabar información de casos de mujeres asesinadas, maltratadas o desaparecidas en Málaga en el año 1996?
—¡Uff! Complicado, si no lo has visto publicado, es que no hubo ninguno.
—¿Y en la policía?
—Si hace más de treinta años y los expedientes están cerrados, lo dudo.
—De igual modo, ¿tienes posibilidad de averiguarlo?
—Será inútil, pero dame datos, fecha aproximada y descripción, y lo intento.
—Gracias, te los paso por el móvil. Te debo dos favores.
—Por ahora uno. Mañana hablaré con mi contacto.
Con la esperanza de recibir buenas noticias, deja el móvil sobre el escritorio. Se recuesta en la silla.
—Ringo, tengo un pálpito, la encontraré y pronto volveremos a casa, ¿echas de menos los muebles de la abuela? Yo no, pero no podemos quedarnos aquí. Algún día te compraré una pecera de cristal, con conchas de colores. ¿Te gusta la idea?
El pececillo parece que la entiende, abre y cierra la boca.
—Sí, eso también, un compañero, o dos, los que tú quieras.
Aurora sonríe. El sonido de un mensaje en el móvil la distrae de esa conversación tan interesante. Es Rodrigo.
—He encontrado a Arthur, ahora no puedo hablar. Te paso un enlace, ábrelo.
—¿Arthur? —se pregunta. Tras los últimos acontecimientos, había olvidado preguntarle a Rodrigo sobre él.
Pincha el enlace. Es la página web de la Universidad de Yale, aparece la foto de un hombre sentado en un despacho moderno, de mediana edad, vestido informal, con vaqueros y una camisa azul marino, sonríe.
Sobre la imagen, Aurora lee: «Arthur Bronson, Profesor de Inglés y de Estudios Americanos, Jefe de Departamento.
Licenciado en Filología Inglesa, Universidad de Yale, 1994».
Luego habla en primera persona de sus logros académicos, publicaciones y su actual cometido como profesor titulado.
También muestra su correo electrónico y un teléfono de contacto.
Aurora calcula la diferencia horaria.
—Allí serán las dos de la tarde. Buena hora para una llamada.
— Hello?
— Hello, Professor Bronson, my name is Aurora Durán. I'm calling from Spain. I hope I'm not interrupting. I wanted to speak briefly with you regarding a classmate you had at university. I Know that she estudied with you. 3
— I speak Spanish. You can talk slowly, or we can continue in English if you prefer. 4
—Perfecto. Gracias. ¿Recuerda a Fabiola Mariscal?
—Sí, por supuesto, ¿la conoce? —Su acento es híbrido; inglés y mexicano.
—No exactamente. Soy periodista, su hijo me ha pedido que investigue su desaparición.
— Oh! My God! ¿Cuándo ha desaparecido?
—Hace aproximadamente treinta años. Encontré, por casualidad, el libro que usted le dedicó y supuse que podrían haber mantenido el contacto desde que ella terminó sus estudios en Yale.
—Debí suponerlo, fui un estúpido.
—¿Qué quiere decir?
—Me llamó, creo recordar, a principios del noventa y seis.
Quería volver a EE. UU., pero antes debía resolver unos asuntos en España.
Incluso me envió un sobre con documentación.
Me hizo prometer que no lo abriría hasta que ella o su abogado se pusieran en contacto conmigo, pero nunca recibí esa llamada.
Pensé que se habría arrepentido de su decisión y no hice nada —su voz suena pesarosa.
—Aún está a tiempo, quizá pueda ayudarla. ¿Guarda ese sobre?
—Sí, estoy seguro.
—¿Podría mandármelo?
—Por supuesto, si lo envío por correo urgente, puede llegarle entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas.
—Le mandaré mi dirección por email , ¿le parece bien?
—Sí, of course , y si averigua dónde está, comuníquemelo.
—Así lo haré, mil gracias.
—A usted. Good luke .
Aurora no puede evitar una sonrisa.
—¡Ringo! Te lo dije.