La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 48
74%

Capítulo 48

Rodrigo teme enfrentarse a la verdad.

Al entrar en el salón, encuentra a Alex con el postre; una macedonia de frutas con crema de limón, especialidad de la cocinera. Lo observa mientras rebaña con la cuchara el plato y lo deja limpio.

—Buenas tardes. —Rodrigo escucha la voz de Fermín a su espalda, como siempre, se ha acercado hasta él con sigilo—. ¿Ha comido ya? —pregunta educado.

—No.

—Ahora mismo le traigo un cubierto.

—Gracias, Fermín.

—¿Qué pasa, Rodri? ¿La chica te ha dado plantón? —pregunta Alex, con una mezcla de burla e ironía. Sigue sentado a la mesa, alcanza la fuente de la macedonia y se sirve otro cucharón.

—¿Por qué supones que había quedado con una chica? —dice, quitándose la chaqueta, y se acomoda frente a él, en su lugar habitual.

—Te vi guardando una cajita en el bolsillo al salir de la oficina. ¿Te ha dicho que no?

—No era un anillo, era… ¿Y Victoria? —Evita dar explicaciones.

—Le ha surgido un problema en la oficina, no vendrá a comer.

—Perfecto, quiero hablar contigo a solas.

Fermín entra en el salón con la bandeja y le sirve un buen plato de cocido madrileño.

—Que aproveche —dice con un leve movimiento de cabeza.

—Gracias. Por favor, que nadie nos moleste.

Asiente y sale del salón.

—¿A qué viene tanto misterio?

—Eso debería preguntártelo yo a ti. Antes de nada, ¿tienes algo que contarme?

—¿Referente a qué?

—A la desaparición de nuestra madre, Fabiola Mariscal —dice Rodrigo sin rodeos.

Alex deja la cuchara sobre el plato y lo mira con extrañeza.

—¿De qué coño estás hablando? Esa mujer no desapareció, se largó con nuestro dinero. Estás obsesionado con ella desde que descubriste ese maldito diario. ¿Aún lo tienes?

—Sí, ¿te interesa leerlo?

—No tengo tiempo para estupideces. —Niega con la cabeza. Coge la cucharilla y come con gula, nervioso.

—¿Sabes quién es Francisco Bataller?

—Ni idea —contesta, indiferente. Rodrigo no observa ningún gesto que delate una mentira. Lo conoce bien.

—Quiero que seas sincero conmigo, ahora eres quien dirige la naviera, con los consejos de Victoria, por supuesto. Antes de que papá enfermara, me imagino que te pondría al corriente de sus clientes, ¿te habló alguna vez de Lyov Popov?

Alex se queda con la cuchara suspendida y la boca abierta. Tarda unos segundos en reaccionar.

—¿El ruso que te dio la paliza?

—No has contestado a mi pregunta, y no me refiero a él, sino a su padre. Sé que mantuvo negocios con la naviera en los años noventa.

—No, nunca me habló de él —contesta con indiferencia fingida.

—Está bien, si no me lo cuentas tú, lo haré yo, así te refrescaré la memoria.

Lyov Popov fue acusado de trata de blancas en 1996, justo después de la desaparición de Fabiola Mariscal, nuestra madre —recalca—.

Mantenía contacto con Antón Esparza, el padre de Victoria.

Supuestamente, era él quien le facilitaba el transporte de mujeres desde Rusia…

—Espera, espera, ¿insinúas que papá ofrecía nuestros servicios a la mafia rusa? Es descabellado.

—Déjame terminar, hay más. Nuestros abuelos maternos murieron en un accidente de helicóptero, o así nos lo hicieron creer, porque, en realidad, Francisco Bataller los asesinó.

La última persona que estuvo con nuestra madre, antes de desaparecer, fue Antón Esparza, buscaba pruebas para incriminarlo y así recuperar nuestra custodia.

Nunca nos abandonó, incluso el dinero está en una cuenta bancaria. No lo tocó.

—¿Y toda esa información está en el diario?

—No, he investigado por mi cuenta. Hay dos muertes más relacionadas con Fabiola Mariscal; la de un abogado en Valencia y una periodista. Si esto sale a la luz, el imperio Sanz-Mariscal se irá a la mierda y nosotros con él. Cuéntame lo que sepas ahora o no podré ayudarte.

Alex se humedece los labios, se peina con las manos y cierra los ojos. Rodrigo intuye que está dispuesto a hablar. Tras un silencio, le clava una mirada difícil de definir entre rabia y resignación.

—No permitiré que manches el nombre de la familia.

Nunca te has preocupado por el negocio, has sido y eres antojadizo.

¿Y sabes qué es lo más curioso? Siempre fuiste el preferido de papá.

—Rodrigo intenta hablar—. No me interrumpas.

Cuando lo ingresaron, y tú estabas dónde coño fuera, al abrir los ojos, después de estar dos días en la UVI, por la primera persona que preguntó fue por ti.

Yo siempre estaba a su lado… y ¡preguntó por ti! ¡Joder! En ese instante, te odié.

—¿Me odias todavía?

—Te envidio, lo reconozco.

—¿Envidia? Tienes todo lo que siempre deseaste, serás la nueva cabeza visible de la naviera. ¿Qué tengo yo que tú desees?

Rodrigo lo escudriña con la mirada.

—Tu puta libertad —dice al fin—. Tu capacidad para largarte y no mirar atrás, tu indiferencia. Yo heredé la responsabilidad, el peso del legado familiar y tú…

—¿Y yo?

—Tú heredaste el privilegio de no cargar con nada —responde. Sus palabras suenan a reproche y melancolía.

Alex lo observa, y por primera vez en mucho tiempo, no hay sarcasmo o evasiva en su rostro.

—Jamás imaginé lo que sentías.

—Porque nunca te preocupaste, y ahora me vienes con esa historia sin pies ni cabeza.

—¿Le has contado a Victoria algo sobre el diario?

—No, cumplo lo que prometo.

—De acuerdo, te creo. ¿Quieres ayudarme? Si piensas que lo que te he contado es incierto, no tienes nada que perder.

Alex cabecea, pensando una respuesta.

—¿Qué necesitas?